El Domingo de los Bienaventurados.
Evangelio: Mateo 5,1-12
Al ver a la multitud, subió al monte. Se sentó y se le acercaron los discípulos. Tomó la palabra y comenzó a enseñarles del siguiente modo: Felices los pobres de espíritu, porque el reino de los cielos les pertenece. Felices los afligidos, porque serán consolados. Felices los desposeídos, porque heredarán la tierra. Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. Felices los misericordiosos, porque serán tratados con misericordia. Felices los limpios de corazón, porque verán a Dios. Felices los que trabajan por la paz, porque se llamarán hijos de Dios. Felices los perseguidos por causa del bien, porque el reino de los cielos les pertenece. Felices ustedes cuando los injurien y los persigan y los calumnien [falsamente] de todo por mi causa. Alégrense y pónganse contentos porque el premio que les espera en el cielo es abundante. De ese mismo modo persiguieron a los profetas anteriores a ustedes. –
Palabra del Señor
Mateo coloca el primer discurso de Jesús en un monte, identificado por la devoción cristiana con la colina que domina Cafarnaún. Las religiosas que custodian el lugar lo han transformado en un oasis de paz, de recogimiento, de reflexión, de oración. Paseando bajo los árboles majestuosos, envueltos en el susurro de las hojas movidas por la brisa que desciende de las cumbres nevadas del Líbano, contemplando desde lo alto el lago, tantas veces surcado por la barca de Jesús y sus discípulos, uno se siente naturalmente impulsado a elevar la mirada al cielo y el pensamiento a Dios.
Por más sugestiva que sea esta experiencia, el monte del que habla Mateo no hay que entenderlo en sentido geográfico, sino en su significado teológico. Más que un lugar concreto, el “monte” es cualquier lugar o momento en que nos abrimos a la palabra de Dios.
Podemos visualizar la escena: Jesús abandona la llanura. Es como si abandonara la tierra donde se mueven las personas “normales” que siguen la lógica de este mundo, es decir, aquellas que se rigen por la “sabiduría” y la astucia mundana, esa “sensatez” maligna que lleva a razonar así: “la salud lo es todo”; “lo que cuenta es el éxito”; “dichoso aquel que posee una abultada cuenta bancaria”; “feliz quien puede viajar, divertirse, quien no se priva de ningún placer”; “a mí lo que me interesa es el sexo”; ¿sacrificarse, practicar renuncias en favor de los demás? !Ni pensarlo!”.
¿Podrá llegar a ser una “persona realizada” quien hace suyas semejantes propuestas de vida? ¿Qué piensa Dios de todo esto?
Para no correr el riesgo de desperdiciar nuestra existencia es necesario también conocer la opinión de Dios. Subamos hoy, pues, con Jesús al monte para escuchar sus propuestas de felicidad, de éxito, de bienaventuranza. Serán propuestas desconcertantes, incluso insensatas para quienes tienen la mente absorbida por las propuestas sugeridas por la “sabiduría” de este mundo. Escuchémosle y tratemos de comprenderle.
Bienaventurados los pobres de espíritu.
Es casi imposible enumerar las diversas interpretaciones de esta bienaventuranza. Algunos la han banalizado sosteniendo que se refiere a los miserables, a los pordioseros, a los mendigos. Serían éstas las personas ideales en que Dios se complace y, por tanto, habría que dejarlas en las condiciones en que viven; es más, todos tendríamos que llegar a ser como ellas. Se trata evidentemente de una interpretación absurda, desviada, contraria a todo el resto del Evangelio. La comunidad cristiana ideal no es aquella en que todos son indigentes, sino aquella en la que “no hay ya ningún pobre” (Hch 4,34).
Otros piensan que los “pobres de espíritu” son aquellos que, aun poseyendo bienes materiales, no están apegados a ellos. Hay quien cree que los pobres son bienaventurados porque dejarán pronto de serlo. Entre tantas posibles interpretaciones, las hipótesis serias, sostenidas por diferentes y óptimos estudiosos, son al menos una docena. ¿Cuál es la justa?
Sabemos lo que significa ser pobre, es decir, no poseer cosa alguna. ¿Sabemos, sin embargo, lo que significa de espíritu? Frente a la riqueza, Jesús nunca ha mostrado actitud de desprecio. Para él, incluso la “riqueza deshonesta” se convierte en buena cuando es distribuida entre los pobres (cf. Lc 16,9). No obstante, aunque no la haya nunca condenado, Jesús la ha considerado siempre como un obstáculo peligroso para entrar en el reino de los cielos (cf. Mt 19,23). A quien quería seguirlo, le ha pedido la renuncia a todos los bienes: “quien no renuncie a sus bienes no puede ser mi discípulo” (Lc 14,33).
Es, pues, en este contexto de exigencia irrenunciable de dejar todo y de compartir con los pobres lo que se posee, donde hay que leer y entender esta bienaventuranza.
Jesús no exalta la pobreza como tal. Añadiendo lo específico de espíritu, aclara que no todos los pobres son bienaventurados. Deben considerase tales solamente aquellos quienes por decisión libre se despojan de todo. Pobres de espíritu son aquellos que deciden no tener nada para sí mismos y de poner todo a disposición de los demás.
Pero, atención: pobre según el evangelio no es aquel que nada posee, sino quien no retiene nada para sí, que no es lo mismo. Quizás algunos ejemplos nos puedan ayudar a comprenderlo. El propietario de una gran empresa puede ser rico o pobre. Será rico si utiliza todo lo que gana de su actividad empresarial en satisfacer sus caprichos y los de sus familiares. Es pobre (aun poseyendo grandes capitales) si vive de manera digna; no derrocha nada en cosas superfluas; gestiona su riqueza preocupándose de las necesidades de los más débiles; invierte su dinero para crear nuevos puestos de trabajo…
Quien ha alcanzado una posición social de prestigio es rico si se comporta con arrogancia y altivez; humilla a los menos afortunados; piensa solamente en sí mismo. Si, por el contrario, pone su capacidad y sus dotes al servicio de los demás, si está disponible para quien tenga necesidad de su ayuda es pobre de espíritu.
Aunque sea miserable, una persona puede no ser “pobre de espíritu”. No lo es si se maldice a sí mismo y a los otros; si intenta mejorar su posición social por medio de la violencia, la zancadilla y el engaño; si piensa liberarse en solitario, desinteresándose de los demás; si sueña llegar a ser rico o suplantar a los que ya lo son.
La pobreza voluntaria, la renuncia al uso egoísta de los bienes que se poseen (inteligencia, buen carácter, conocimientos, títulos académicos, posición social, dinero, tiempo libre…) no es asunto de libre opción o consejo reservado solo al algunos con vocación de héroes o para quienes quieren ser más perfectos que los demás. Es una exigencia para todo cristiano, pues esto es justamente lo que nos distingue como cristianos.
Hay que tener en cuenta que la promesa que acompaña a esta bienaventuranza no se refiere a un futuro lejano; no asegura la entrada en el paraíso después de la muerte, sino que anuncia una alegría inmediata: de ellos es el reino de los cielos. Desde el momento en que se decide ser y permanecer pobre, se entra “en el reino de los cielos”, en el mundo nuevo inaugurado por Cristo.
Esta bienaventuranza no significa un mensaje de resignación sino de esperanza. No habrá ya ningún necesitado cuando todos se conviertan en “pobres de espíritu”, cuando todos pongan los bienes que han recibido de Dios a disposición y servicio de los hermanos, al igual hace el mismo Dios quien, poseyendo todo, es infinitamente pobre: no retiene nada para sí, es don total, es amor sin límites.
Bienaventurados los que sufren.
El sufrimiento no es cosa buena. Dios no se complace en el dolor de los hombres; no es él quien envía desventuras y tribulaciones. Definitivamente Dios no quiere que las personas sufran.
Cuando Jesús declara bienaventurados a los “afligidos”, emplea un término bien conocido para quienes están familiarizados con la Biblia. En el libro de Isaías se habla de los “afligidos”, es decir, de aquellos que no tienen casa donde refugiarse ni campos que cultivar porque la heredad de sus padres les ha sido usurpada por extranjeros; los que se ven obligados a ponerse al servicio de propietarios sin escrúpulos; los que tienen que sufrir injusticias, abusos y humillaciones (cf. Is 61,7).
A estas personas con el corazón destrozado, que se sientan en la ceniza y se visten de luto (cf. Is 61,3), el profeta dirige un mensaje de esperanza. Dios está a punto de intervenir, asegura Isaías, de cambiar radicalmente la situación eliminando las causas del luto: “alegrará a los afligidos de Sión; les dará una corona en vez de la ceniza; el aceite de los días alegres en lugar del atuendo de luto y cantos de felicidad en vez de duelo” (Is 61,3).
En la sinagoga de Nazaret Jesús se aplica a sí mismo esta profecía (cf. Lc 4,21). Ha venido a dar cumplimiento a las profecías de Dios. Los “afligidos”, aquellos que experimentan profundo dolor frente a una sociedad todavía dominada por la injusticia, aquellos que se sienten insatisfechos y esperan de Dios la salvación, serán consolados. La venida del Reino ha comenzado ya a eliminar todas las situaciones causantes del dolor y de las lágrimas.
Bienaventurados los mansos, pacientes y humildes de corazón.
El adjetivo “manso” sugiere la idea de una persona resignada; que no reacciona ante las provocaciones; que acepta pasivamente y sin lamentarse las injusticias. ¿Es, pues, esta persona que huye de todo conflicto (quizás por debilidad de carácter) la que es proclamada bienaventurada? Ciertamente no.
El término “manso” usado por Jesús, está tomado del Antiguo Testamento, en concreto del Salmo 37. En este texto son llamados “mansos” aquellos que han sido privados de sus derechos, de su libertad, de sus bienes. Son pobres porque los poderosos les han arrebatado el campo, la casa, los pocos ahorros que tenían e incluso les han quitado hijos o hijas. Soportan injusticias sin ni siquiera poder protestar. No se resignan, pero rechazan recurrir a la violencia para restablecer la justicia. No se dejan guiar por la ira, no alimentan sentimientos de odio ni de venganza. Confían en Dios y esperaban la venida de su reino.
Jesús se ha presentado como “manso” el paciente y humilde de corazón (cf. Mt 11,29; 21,5) no en el sentido de “débil, tímido, pusilánime”. Ha vivido conflictos dramáticos, pero los ha afrontado con las disposiciones de corazón que caracterizan a los “mansos”: ha rechazado el recurso a la violencia, ha sido paciente y tolerante, se ha convertido en siervo de todos.
¡Bienaventurados aquellos quienes, frente a las injusticias, asumen la misma actitud de Jesús! Estos recibirán de Dios la posesión de una tierra nueva; estrenarán una nueva condición donde florecerán las relaciones humanas pacíficas, donde ya no habrá más abusos ni violencias que caracterizan a un mundo todavía a merced de las patéticas “bienaventuranzas” de la “llanura”.
Todos conocemos situaciones semejantes a las descritas en el Salmo 37. Sabemos que en este mundo abunda la prepotencia y la injusticia a las que hay que poner fin. Queremos dejar en herencia a nuestros hijos “una tierra” nueva, mejor que la tierra en que vivimos. Por desgracia, el ansia de justicia conduce a veces cultivar pensamientos y actitudes impropias de los “mansos”. Jesús recuerda a sus discípulos que la herencia de la “tierra” ha sido prometida a los mansos, no a los violentos.
Bienaventurados lo que tienen hambre y sed de justicia.
El hambre y la sed son las necesidades más apremiantes que el hombre experimenta. Con esta ansia incontenible es como los discípulos de Cristo deben buscar “la justicia”. Pero ¿de qué justicia se trata? ¿De la que se administra en nuestros tribunales? ¿Son, por tanto, bienaventurados aquellos que se alegran cuando a un criminal le viene impuesto el merecido castigo?
No es ésta, ciertamente, la justicia de la que debemos estar hambrientos. Muchas veces esta justicia no es otra cosa que retribución, venganza, represalia, crueldad, sadismo, alegría de ver sufrir a quien ha hecho el mal. Jesús está hablando de otra justicia, la de Dios. Dios es justo no porque retribuye según los méritos de cada uno, sino porque con su amor “hace justos” a los malvados. Es justo porque “quiere que todos se salven y lleguen a conocer la verdad” (1 Tim 2,4).
La expresión: “se ha hecho justicia”, significa en nuestro lenguaje común que el culpable ha sido castigado, “ajusticiado”. Para Dios, “se ha hecho justicia” quiere decir que un malvado se ha convertido en justo. Su justicia es siempre, sola y únicamente “salvación”, es la recuperación del que hace el mal cometiendo el pecado. Quien experimenta esta hambre y esta sed, “será saciado”. Compartirá la alegría misma de Dios “que no quiere que nadie se pierda” (Jn 6,39), “¿Acaso quiero yo la muerte del malvado—oráculo del Señor—y no que se convierta de su conducta y que viva?” (Ez 18,23).
Bienaventurados los que hacen obras de misericordia.
Esta bienaventuranza parece inserirse en la contraposición entre magnanimidad y el deseo de castigar al culpable. Se presenta como una invitación a hacer prevaler siempre el perdón y la compasión. Es éste ciertamente uno de los aspectos de la “misericordia”. “Sean compasivos como es compasivo el Padre de ustedes. No juzguen y no serán juzgados; no condenen y no serán condenados. Perdonen y serán perdonados” (Lc 6,36-37). Todo esto, sin embargo, no agota la riqueza del término bíblico “misericordia”.
En la Biblia, “misericordia”, más que un sentimiento de piedad, es una acción en favor de quien tiene necesidad de ayuda. El ejemplo más claro es del samaritano, de quien dice el texto griego que ha hecho misericordia a un hombre agredido por los bandidos (cf. Lc 10,37).
Los rabinos del tiempo de Jesús enseñaban que Dios es misericordioso porque hace obras de misericordia, y especificaban: “Dios vistió a los desnudos (cuando cubrió con hojas a Adán y Eva, cf. Gn 3,21), así ustedes deben vestir a los desnudos. Dios visitó a los enfermos: lo hizo con Abrahán cuando sufría a causa de la circuncisión; también cuando visitó a la estéril Sara (cf. Gn 18,1); así deben ustedes visitar a los enfermos. Dios confortó a los que estaban de luto: cuando lo hizo con Isaac después de la muerte de su padre; así ustedes deben consolar a los que están de luto. Dios dio sepultura a los muertos: fue Dios quien dio sepultura a Moisés (cf. Dt 36,6), así ustedes deben dar sepultura a los muertos”.
Misericordiosos son los que, como Dios, hacen obras de misericordia; son aquellos que se comprometen a que las personas necesitadas encuentren siempre lo que necesitan. Son bienaventurados porque en el mundo nuevo, en el Reino ya presente, encontrarán siempre quien les tienda la mano cuando tengan necesidad de ayuda.
Bienaventurados los puros de corazón.
La pureza era una de las características más destacadas de la religiosidad judaica. Cualquier contacto con cultos paganos, con todo aquello que se relacionara con la muerte, debía ser evitado. De esta exigencia de pureza surgieron las prohibiciones, como las minuciosas disposiciones de los Rabinos; la vigilancia obsesiva; el esfuerzo continuo de mantenerse alejados de todo aquello percibido como contrario a la santidad de Dios. Puesto que las transgresiones eran inevitables, los judíos se veían obligados a realizar incesantemente ritos de purificación: abluciones, aspersiones, lavados, sacrificios (cf. Mc 7,3-4).
A Jesús no le interesaban estas prácticas exteriores, su preocupación eran la lealtad y la rectitud. No hay nada de externo al hombre que pueda contaminarlo: “¿No ven que lo que entra por la boca pasa al vientre y después es expulsado fuera del cuerpo? En cambio lo que sale de la boca brota del corazón; eso sí que contamina al hombre. Porque del corazón salen las malas intenciones, adulterios, fornicación, robos, blasfemia. Esto es lo que hace impuro al hombre y no el comer sin lavarse las manos” (Mt 15,17-20).
Los puros de corazón son bienaventurados porque tienen un comportamiento ético que concuerda con la voluntad de Dios, son aquellos que tienen el corazón íntegro sin divisiones porque son aquellos que no aman contemporáneamente a Dios y a los ídolos.
No tiene un corazón puro aquel que sirve a dos patrones, aquel que tiene una conducta que no coincide con la fe que profesa, aquel que ama a Dios, pero mantiene en su corazón el rencor hacia el hermano, aquel que no comete acciones malas pero que comete adulterio en su corazón (Mt 5,28).
Los puros de corazón son bienaventurados porque a ellos, y solo a ellos, les será concedida una profunda experiencia de Dios.
Bienaventurados aquellos que se comprometen por la paz.
Entre las obras de misericordia más recomendadas por los rabinos del tiempo de Jesús, la más meritoria era poner paz, reconstruir la armonía entre las personas. Toda obra dirigida a restablecer la paz—se decía—atrae sobre el hombre las bendiciones de Dios.
Es bienaventurado ciertamente quien, sin recurrir a la violencia y al uso de las armas, se empeña con todas sus fuerzas en poner fin a las guerras y conflictos; es bienaventurado quien, mediando entre adversarios y personas en conflicto, intenta convencerles a que dialoguen y lleguen así a la concordia y la paz.
Comentarios
Publicar un comentario
Construye comentando.