El Domingo para bajar del éxtasis a servir.
Evangelio: Mateo 17,1-9
17,1: Seis días más tarde llamó Jesús a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña elevada. 17,2: Delante de ellos se transfiguró: su rostro resplandeció como el sol y su ropa se volvió blanca como la luz. 17,3: De pronto se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. 17,4: Pedro tomó la palabra y dijo a Jesús: Señor, ¡que bien se está aquí! Si te parece, armaré tres carpas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. 17,5: Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa les hizo sombra y de la nube salió una voz que decía: Éste es mi Hijo querido, mi predilecto. Escúchenlo. 17,6: Al oírlo, los discípulos cayeron boca abajo temblando de mucho miedo. 17,7: Jesús se acercó, los tocó y les dijo: ¡Levántense, no tengan miedo! 17,8: Cuando levantaron la vista, solo vieron a Jesús. 17,9: Mientras bajaban de la montaña, Jesús les ordenó: No cuenten a nadie lo que han visto hasta que el Hijo del Hombre resucite de entre los muertos. – Palabra del Señor
Es curioso, sobre todo en el evangelio de san Mateo, que cuando Jesús quiere decir algo verdaderamente importante sube a un monte: la última tentación tiene lugar en un monte (cf. Mt 4,8); las bienaventuranzas son proclamadas en un monte (cf. Mt 5,1); es en un monte donde se realiza la multiplicación de los panes (cf. Mt 15,29) y, al final del evangelio, cuando los discípulos se encuentran con el Resucitado y son enviados al mundo entero, están “en el monte que les había indicado Jesús” (Mt 28,16).
Basta recorrer las páginas del Antiguo Testamento para comprender tanta insistencia. El monte, en la Biblia como también en la mayoría de los pueblos antiguos, era el lugar del encuentro con Dios: fue en el Sinaí donde Moisés tuvo la manifestación de Dios y recibió la revelación que después transmitió a su pueblo, y fue en la cima del Oreb donde Elías tuvo el encuentro con el Señor. Es más: en Éxodo 24 leemos que Moisés subió “después de seis días” al monte, acompañado de Aarón, Nadab y Abihu (cf. Ex 24,1.9.), y fue envuelto por una nube. En el monte, incluso su rostro se transfiguró por el esplendor de la gloria divina (cf. Ex 30,34). A la luz de estos textos queda claro el objetivo del evangelista: intenta presentar a Jesús como el nuevo Moisés, como el que entrega al nuevo pueblo, representado por los tres discípulos, la nueva ley; Jesús es la revelación definitiva de Dios.
El rostro resplandeciente y la ropa blanca como la luz (v.2). Estos son también motivos recurrentes en la Biblia. “Te revistes de belleza y esplendor. Te vistes de luz como de un manto” (Sal 104,1-2). Son imágenes con que viene afirmada la presencia de Dios en la persona de Jesús. Idéntico es el significado de la nube luminosa que envuelve a todos con su sombra (v. 5). En el libro del Éxodo se habla de una nube luminosa que protegía al pueblo de Israel en el desierto (cf. Ex 13,21), signo de la presencia de Dios que acompañaba a su pueblo en el camino. Cuando Moisés recibió la ley, el monte quedó envuelto en una nube (cf. Ex 24,15-16) y él descendió con el rostro resplandeciente (Ex 39,29-35). Nube y rostro resplandeciente son, por tanto, el reflejo de la presencia de Dios.
Sirviéndose de estas imágenes Mateo afirma que Pedro, Santiago y Juan, en un momento particularmente significativo de sus vidas, han sido introducidos en el mundo de Dios y han gozado de una iluminación que les ha hecho comprender la verdadera identidad del Maestro y la meta de su camino: no había de ser el mesías glorioso que ellos esperaban, sino un mesías que, después de un duro conflicto con el poder religioso, sería hostigado, perseguido y matado. Se han dado cuenta también de que sus destinos personales no serían diferentes del destino del Maestro.
La voz del cielo (v. 5). Es una expresión literaria utilizada frecuentemente por los rabinos cuando, para concluir una larga discusión sobre un tema, querían presentar el pensamiento de Dios.
Ya en el momento de su bautismo fue oída esta “voz” pronunciando las mismas palabras: Este es mi Hijo predilecto” (Mt 3,17); ahora, se añade la exhortación: “¡Escúchenle!”. Escúchenle aun cuando parezca que propone caminos demasiado comprometidos, estrechos y escabrosos, elecciones paradójicas y humanamente absurdas.
En la Biblia, el verbo “escuchar” no significa solo “oír” sino que frecuentemente equivale a “obedecer” (cf. Ex 6,12; Mt 18,15-16). La recomendación que el Padre dirige a Pedro, Santiago y Juan y, a través de ellos, a todos los discípulos, es de “poner en práctica” lo que Jesús enseña. Es una invitación a orientar la vida de acuerdo con las propuestas de las bienaventuranzas.
¿Quiénes son Moisés y Elías? El primero es quien ha dado la ley a su pueblo; el otro era considerado como el primero de los profetas. Estos dos personajes representaban las sagradas Escrituras para los israelitas. Todos los libros santos de Israel tienen el objetico de dialogar con Jesús, están orientados hacia él. Sin Jesús, el Antiguo Testamento es incomprensible, pero también Jesús permanece en el misterio sin el Antiguo Testamento. En el día de Pascua, para hacer comprender a sus discípulos el significado de su muerte y resurrección, Jesús recurre al Antiguo Testamento: “Y comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que en toda la Escritura se refería a él” (Lc 24,27).
El significado de la imagen de las tres tiendas no es fácil de determinar. Ciertamente hacen referencia al camino del éxodo e indican, quizás, el deseo de Pedro de pararse para perpetuar el gozo experimentado en un momento de intimidad espiritual con el Maestro. Quien construye una tienda intenta fijar su morada en un lugar y no moverse, al menos por un cierto tiempo. Jesús, por el contrario, está siempre de camino: se dirige a una meta y los discípulos deben seguirle.
Nuestra misma experiencia espiritual nos puede ayudar a entenderlo mejor: después de haber dialogado largamente con Dios, no deseamos volver a la rutina de cada día. Los problemas, conflictos sociales, divisiones familiares, los dramas que tenemos que afrontar nos dan miedo; sabemos, sin embargo, que la escucha de la palabra de Dios no lo es todo. No podemos pasar la vida en la iglesia ni en los oasis de retiros espirituales: es necesario salir para servir a los hermanos, para ayudar a quien sufre, para estar cerca de quien tiene necesidad de amor.
Después de haber descubierto en la oración el camino a recorrer, es necesario seguir a Cristo que sube a Jerusalén para dar la vida.
Resumamos el significado de la escena: todo el Antiguo Testamento (Moisés y Elías) cobra su significado en Jesús, pero Pedro no sabe el significado lo que está sucediendo. Aunque proclame de palabra que Jesús es “el Cristo” (cf. Mt 16,16), sigue totalmente convencido de que sea solamente un gran personaje, un hombre del nivel de Moisés y Elías, por esto sugiere que se construyan tres tiendas iguales.
Interviene Dios para corregir esta falsa interpretación de Pedro: Jesús no es solo un gran legislador o un simple profeta sino el “Hijo predilecto” del Padre.
Los tres personajes no pueden ya continuar juntos: Jesús se destaca netamente de los otros dos, es absolutamente superior. Israel había escuchado la voz del Señor a través de Moisés y los profetas. Ahora, esta voz –declara el Padre– llega a los hombres a través de Cristo. Es a él y solo a él a quien los discípulos deben escuchar, por eso el relato hace notar que, cuando los tres discípulos abren los ojos, no ven a otro que Jesús. Moisés y Elías han desaparecido, han cumplido ya su misión, es decir, han presentado el Mesías, el nuevo legislador, el nuevo profeta, al mundo.
Se ha realizado de modo sorprendente la promesa hecha por Moisés al pueblo antes de morir: “El Señor tu Dios te suscitará un profeta como yo, lo hará surgir de entre ustedes, de entre tus hermanos; y es a él a quien escucharán” (Dt 18,15).
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