“Luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel.» Domingo de la Sagrada Familia.

“Este está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten” Lc 2, 22-40

Estamos asistiendo a una Navidad muy diferente a las que viviéramos en años anteriores, pero desde la fe, todos aquellos que han querido vivir el misterio de la natividad del Señor según el Evangelio han logrado regresar a la primera Navidad: en el silencio de la noche, en compañía de los más íntimos, en oración, con la mirada puesta en la estrella que nos conduce al pesebre en donde se ha de cumplir la profecía: “encontraran en un pesebre a un niño envuelto en pañales”.


Tal cual como nos lo ha repetido en ocasiones el Papa Francisco estamos advirtiendo el grado de conciencia y compromiso en favor de la vida y una mirada a la estrella de que nos conduce a la luz que vence las tinieblas: “de esta pandemia no saldremos iguales”, talvez un puñado de la humanidad tome conciencia de la necesidad de cuidar y fomentar la limpieza del verdadero pesebre de la humanidad: la madre tierra, a donde ha querido venir Dios, haciéndose hombre y haciendo su casa entre nosotros y tal vez otro puñado permanecerá indiferente frente a la casa común, como llama el Papa Francisco la que habitamos y tal vez los más inconscientes ahondarán su frenesí en las acciones sin control y en contra de sus hermanos y de la madre tierra, pero no saldremos iguales, dicen el Santo Padre Bergoglio.

En esta navidad vale la pena recordar las palabras de un Teólogo de la liberación, ahora comprometido con el medio ambiente: “el niño quiere ser hombre, el hombre quiere ser rey y el rey quiere ser Dios, pero sólo Dios quiso ser niño” (Leonardo Boff). Navidad es contemplar a un Dios omnipotente, Sempiterno que para liberar al hombre de la opresión del pecado ha tomado la decisión de venir a nosotros en pobreza y humildad como fue profetizado: “encontrarán a un niño en un pesebre, envuelto en pañales”

Quienes en ésta navidad no hayan contemplado al Niño Dios envuelto en un pesebre, en el silencio de la noche iluminada por una estrella, en el calor de la naturaleza, en el reposo de unas humildes pajas después de que sus padres hayan tenido que golpear puertas para encontrar una posada para que naciera su Hijo, contemplaron entonces el sin sentido de la pólvora que está contaminando aún mas el aire enfermo por la covid 19, y que causa desbandada de aves, taquicardia en los ancianos, personas en sus lechos de enfermos, niños que acaban de nacer y animales compañía de muchas personas que han decidido adoptarlos como compañeros de vida; algunos también fueron iluminados por sustancias psicoactivas que no les permitió ver la Estrella de Belén sino dejar viendo estrellas a niños pequeños y personas llorando porque hasta la muerte causaron como el accidente que registraron los medios y redes sociales en donde le fue arrebatada la vida a una servidora de la salud y dejó herido a su esposo. Accidente tan fuera de contexto en una noche en que nos habían pedido las autoridades mesura, estar en casa, cuidando la vida; pero la inconsciencia nos está llevando a concluir que la navidad no es el nacimiento de la luz que disipa las tinieblas sino la oscuridad que nos invade dejándonos sin la luz que debería brillar en nuestros corazones.

La Iglesia en esta navidad nos invita a contemplar a la familia de Nazareth en el pasaje Bíblico de San Lucas 2, 22-40. Una familia cumplidora de sus deberes que va al templo a presentar a su Hijo cumpliendo con la Ley de Moisés, momento importante en donde aparece en escena Simeón un anciano que aguardaba que se cumpliera la promesa y poder ver al Salvador. Simeón conoce las promesas, ha estado en meditación en el templo, ha leído a los profetas, sus sentimientos judíos y su fe lo llevan a ver en los brazos de la familia que entra al Templo al Salvador.

Simeón es el hombre que su fe, su ejercicio espiritual a diario en el contacto con la Palabra lo llevan a admirarse a conmoverse a alabar a cantar a un humilde niño que escasamente podrá sólo balbucear o llorar de hambre o frío, pero la fe de éste anciano le permite ver al Salvador de Israel.

Simeón se siente feliz, en un gesto atrevido arrebata al Niño de los brazos de María para ponerlo en alto y bendecir al Dios de sus Padres en la persona del Salvador que ahora contempla en sus brazos.

Este Evangelio es profecía realizada y profecía expresada porque en medio de la alegría de ver al Salvador también proclama que María experimentará el dolor de madre al asistir a muchos momentos en que a su Hijo lo cercarán los grandes de la religión Judía, los Romanos que lo verán como un revolucionario y a los piadosos que les incomodarán sus palabras de instauración del Reino de Dios: “a ti María una espada traspasará tu alma” , sin dejar de lado que ese Pequeño será una bandera discutida que traerá enemistad entre pueblos, entre justos e injustos, ricos y pobres, fanáticos religiosos y adoradores en Espíritu y Verdad. Unos lo acogerán en su vida y les traerá una dignidad nueva: serán rescatados de las drogas, de la corrupción, la inconsciencia frente a la Madre Tierra, las prácticas religiosas repetitivas y alienantes, y de toda esclavitud humana para llenarse de luz, alegría y vida nueva; otros en cambio lo rechazarán y su vida al igual de aquellos a quienes influencien seguirá en tinieblas esperando ser iluminados por las luces que aun más nos hacen más ciegos. El rechazo de Jesús será su ruina.

En cuanto más nos acerquemos a Jesús como lo hiciera Simeón o la profetiza Ana que no dejó de cantar alabanzas al ver al Salvador, más podremos ver nuestras incoherencias y desviaciones para empezar a vivir un verdadero cristianismo.

Feliz Domingo.

  

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