Tercer Domingo de Adviento.

 ¿SOMOS TESTIGOS DE LA LUZ O DE LA OSCURIDAD?

“No era él la luz, sino testigo de la luz”. Jn 1,7

 

La oscuridad se ha venido apoderando de nuestras posibilidades de decisión, pues en la medida que avanza este tiempo de pandemia el pesimismo y la desesperanza son sentimientos que se convierten en una verdadera simbiosis que está llevando a las personas a diversas actitudes que quisiéremos poder explicar. Ante el peligro de perder la vida por el contagio de este virus hay quienes por desespero se han aventurado a vivir en un continuo desafío y otros se han encerrado en sus lugares de habitación esperando la luz al final del túnel.

Vivimos en medio de la oscuridad de la enfermedad, de la inestabilidad, de la falta de garantías, de la muerte que nos rodea, de la impotencia frente a todo aquello que vivíamos en la relación con Dios, tal vez se nos acabaron las fórmulas aprendidas en nuestras prácticas religiosas y nos quedamos suspendidos en el tiempo esperando un milagro, una vacuna, una pócima milagrosa o alguien que nos saque de esta oscuridad.

Nos acostumbraremos a vivir en la oscuridad, en las tinieblas, ¿en la incertidumbre? Parece que una de las tendencias humanas irracionales es la de ser un animal de costumbres. ¿Quiénes quieren pasar de las tinieblas a la luz?

Si pensamos en nuestra vida espiritual, este tiempo nos ha venido ayudando a preguntarnos si aún está encendida la luz de nuestra fe, si la luz que teníamos antes de la pandemia la tomábamos de otra persona, si éramos dependientes de su predicación, oración y manera de asumir su cristianismo, si caminábamos con la luz de otro u de otros, ¿si la recarga de luz me la hacía una institución o una persona a la cual le había delegado alumbrar mi camino?

La oscuridad es un tema recurrente en la Palabra de Dios para presentar el caos, el miedo, la desconfianza, la muerte, el pecado, el reino del mal y la incertidumbre, hasta tal punto que se habla del reino de las tinieblas. Dice San Pablo, que el Señor Jesucristo nos ha recatado del reino de las tinieblas (Col, 1,13)

En éste domingo, tercero del tiempo de adviento escucharemos el Evangelio de San Juan, en donde es presentado Juan el Bautista, el precursor del Señor, aquél que nació de dos personas de avanzada edad, el primo del Señor, un anacoreta, una persona alimentada por el Espíritu en oración, libre de cualquier poder humano, no pertenecía a ninguna clase sacerdotal dominante de la época, se alimentaba de saltamontes, de miel silvestre y se vestía con la piel de los animales, su casa estaba en medio del desierto y en medio de la incertidumbre oscura del pueblo de Israel, dominado por los Romanos, en espera del Mesías, irrumpe como el testigo de la luz.

Juan el Bautista es el que nos dice: preparen el camino del Señor, pero ese enderezar lo que está torcido está basado en un testimonio profundo de la luz. Dice san Juan en el Evangelio: “Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz.” (Jn 1,6)

La presencia de Juan el bautista es testimonio de la luz, él no es la luz, él está preparando el camino a la Luz, al sol de justicia, al Señor Jesucristo, pero su testimonio nos ha de poner en camino para regresar a la fe.

Este tiempo tan hermoso, especialmente este domingo de adviento conocido como el domingo de la alegría ha de interpretarse como un tiempo para volver a la fe. Todas las luces que hemos encendido en nuestras casas, barrios, templos no es otra cosa que la espera alegre del Señor para que alumbre en medio de esta oscuridad en la cual nos encontramos. Pero hay que tener mucho cuidado porque el exceso de las luces artificiales nos puede enceguecer y no ver la verdadera luz. Pienso en tantas personas que durante este tiempo están atentas a las luces artificiales de la pólvora, instalaciones eléctricas, fiestas, vestidos, grandes comelonas, pero viven en una total oscuridad, en su horizonte no está Dios, no está el prójimo, menos los preferidos del Señor.

En Isaías, este domingo encontramos una gran profería referida al Señor Jesucristo: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Me ha enviado para dar la buena noticia a los que sufren, para vendar los corazones desgarrados, para proclamar la amnistía a los cautivos, y a los prisioneros la libertad, para proclamar el año de gracia del Señor. Desbordo de gozo con el Señor, y me alegro con mi Dios: porque me ha vestido un traje de gala y me ha envuelto en un manto de triunfo, como novio que se pone la corona, o novia que se adorna con sus joyas” (Is 61.1-2). El profeta presenta al Señor Jesucristo como el que vienen a implantar la justicia, como la luz que trae gozo en el Señor, la plenitud de la luz en medio de tanta opresión para los sin tierra, los desplazados, los abusados, los que han perdido su dignidad por el reino de las tinieblas encarnado en las príncipes de la oscuridad.

El próximo 16 de diciembre el pueblo santandereano cristiano le va a apostar nuevamente a congregarse en los templos muy de madrugada, muy a oscuras para que durante nueve días podamos ver el clarear de un nuevo día. Explicar porqué en ciertas regiones de Colombia tenemos esta práctica religiosa no es más que ir meditando en la alegría de la salida el sol después de una noche larga de oscuridad. Pero, cuidado, ¿Cuántas amanecidas sin ver la luz? ¿Tantos rezos, cánticos de villancicos y aún no hemos visto la luz? Seguramente porque no hemos ido a la verdadera luz, nos ha faltado ir a la Palabra de Dios, meditarla, permitir que ella nos ilumine. Juan el Bautista necesitó dejarse conducir por el Espíritu, en condiciones de oscuridad, rumiando día y noche la Torá, la profecía Judía para así ser testigo de la luz.

En estos días necesitamos ser testigos de la Luz, ayudar a volver a la fe, pero para cumplir con este cometido hay que ir al desierto de la lectura diaria y asidua de la Palabra de Dios, de entrar en la austeridad, el ayuno de muchas prácticas religiosas que no nos han permitido ver la Luz: al Señor Jesucristo. Dice el Salmo 119; “Lámpara es tu palabra para mis pasos”.

Feliz Domingo.

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