Reflexión Domingo 10 enero 2021.
El cielo se abrió y vio bajar el Espíritu Santo.
“Acto seguido el Espíritu impulsó
a Jesús al desierto” (Mc 1, 7-11)
Así como en la fiesta de Navidad, en la del Bautismo del Señor, el cielo viene a la tierra, baja el cielo para juntarse con la tierra, Dios se hace uno como nosotros, coloca su tienda entre nosotros, se hace carne. (Jn 1, 1-11)
El tiempo litúrgico de navidad en la Iglesia trae consigo una propuesta desde la Palabra de Dios muy oportuna en éstos días en que por la pandemia estamos en casa, a puertas cerradas. Tal vez nos hemos preguntado qué haremos, a qué nos dedicaremos, por lo tanto, propongo a los lectores del periódico el frente y a los hermanos que siguen el estudio Bíblico los viernes y domingos en la Parroquia San José una oportunidad para reflexionar en nuestro propio bautismo y en sentir que tenemos un dulce huésped en nuestras almas: el Espíritu Santo.
La liturgia de la
Iglesia nos propone el pasaje del Bautismo del Señor que encontramos en el
Evangelio de San Marcos en el capítulo 1 de los versos 7 al 11.
En ésta ocasión
los invito para que ustedes ojalá en su propia Biblia lo lean y descubran en
las Palabras de Juan el Bautista la presentación del que verdaderamente había
de venir, pues hasta el momento Juan venía siendo el centro de atracción
religiosa y las multitudes iban al Jordán a escuchar sus predicaciones y
quienes deseaban enderezar su vida, allanar sus caminos se hacían bautizar con
agua, signo de purificación.
Si hemos leído
con atención el texto encontramos dos partes (vv. 7 y 8), la primera es la
presentación del Señor por parte de Juan el bautista como el más poderoso que él,
como el que debía venir, a quien él a pesar de su fama y empoderamiento en el mundo
religioso de Israel no era digno de agacharse a desatarle una de las correas de
sus sandalias, es decir ante El, ante el Señor que el bautizaría sólo ante El,
toda rodilla se dobla con tanta reverencia que no es ante un rey humano, ni
principado terrenal sino ante el Hijo de Dios, ante el Mesías. Y la segunda
parte del texto (vv. 9-11) corresponde al bautismo del Señor Jesucristo en el Jordán
en done el cielo se une con la tierra el venir el Espíritu Santo y se diera la
gran epifanía o manifestación del Padre: “este es mi hijo, muy amado, mi
predilecto, escúchenlo”.
Pocos versículos,
muy sintéticos y profundos para redescubrir el misterio de la Trinidad, del
Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo en nuestras vidas, en la vida de la
Iglesia, de la cristiandad y de cada bautizado.
Lo primero que podemos
hacer hoy y tal vez mañana que vamos a estar con las puertas cerradas es ver el
cielo que se abre, permitir escuchar la voz de Dios, a pesar de estar a puertas
cerradas, permitir que ya no haya días oscuros, tristes, de lamentos en miedo
de enfermedades, de virus, de violencia y muerte sino sentir la luz que viene
de lo alto y nos libera, nos hace nuevos, renueva y repuebla la faz de la
tierra.
El encierro, el
desierto se hacen necesarios para ver el clarear de un nuevo día. Aún no hemos
entendido la importancia del dejar descansar la tierra, de permitir que
nuestros cuerpos se reposen, del descanso, de la noche para el sueño que repara
nuestras fuerzas, del retiro de las actividades materiales para dejar que el
Espíritu Santo nos llene de su presencia siendo en verdad nuestro dulce huésped
del alma.
Los que han hecho
grandes revoluciones pacíficas han permanecido a puertas cerradas durante
muchos años, haciendo desierto, en intimidad con su conciencia, escuchando la
voz interior, permitiendo que sus corazones se acrisolen para poder salir y ser
luz entre los suyos, aquellos que esperan una respuesta a la falta de luz en el
mundo pero la buscan en la ciencia, en el poder humano, en el alcohol, en el
frenesí y en el desafío a la vida sin tener compasión ni de sus hermanos
humanos, ni animales, ni el verde, mucho menos de la madre tierra.
Basta pensar en
el mismo Juan Bautista que se retiró al desierto como un anacoreta y de allí
salió con el poder de Dios a predicar la conversión; de Mahatma Ghandi,
revolucionario que no disparó un arma para liberar a su pueblo, sino que su
revolución fue totalmente pacífica, su discurso no fue violento, pues tenía una
discapacidad vocal, pero su presencia sin palabras aglutinaba miles de
personas, fuerza que venía del haber meditado, de haber hecho oración y contemplación
a puerta cerrada abriendo su corazón para que el cielo se abriera e iluminara
su revolución y el gran líder premio de paz, Nelson Mandela conocido como
Mandiba en referencia a su tribu, quien estuvo tras las rejas y desde allí
forjó su pensamiento y su voluntad para salir a luchar por los derechos humanos
dando fin al apartheid en Sudáfrica.
Jesús y Juan el
Bautista son los protagonistas de éste domingo, dos grandes del Nuevo
Testamento que estuvieron retirados en el desierto, a puerta cerrada para salir
y experimentar como se abre el cielo para que el Espíritu Santo se derrame
sobre sus vidas y les de la fuerza para ir a transformar el mundo de oscuridad
en luz. “vio Jesús que el cielo se abría y que el Espíritu descendía sobre El
como una paloma”. (V.10)
El Bautismo de
Jesús, nuestro bautismo también es dejar que el Espíritu Santo baje a nosotros desde
el cielo abierto, del Dios que se abaja para entrar en nuestra humanidad.
Cuando esto
sucede superando lo social y folclórico de nuestro bautismo es el Espíritu el
que nos lleva a alabar, a contemplar la grandeza de la naturaleza a hacer cosas
nuevas, a llevar el dolor y la enfermedad como ofrenda al creador, lo material
como consecuencia de la santificación de nuestras vidas y a ser referentes
entre los hermanos: “sal de la tierra y luz del mundo”.
Bendecidos estos días
en que tenemos la oportunidad de permitir que el cielo se abra para sentir la
presencia de Dios, pero si nuestro estar a puertas cerradas va a ser de
lamento, de protesta, de llevar la contraria como niños malcriados, seguramente
no aprovecharemos el retiro de lo cotidiano como lo hiciera Ghandi o Mandela
para salir siendo mejores. El Papa francisco ha dicho que de esta pandemia
saldremos diferentes, unos empeorarán y otros crecerán; el estar a puertas
cerradas, retirados de lo cuotidiano no es signo de que ya todo va a estar
bien, pues he conocido personas que fueron a la cárcel y salieron peor,
Presbíteros que fueron a retiros espirituales y se llevaron el libro de
contabilidad y siguieron con su rutina, el formato de retiro fue repetir sus
años de formación, y no vieron al Espíritu bajar sobre sus vidas, personas que
fueron secuestradas y cayeron en el síndrome de Estocolmo, personas que
estuvieron en desintoxicación por su dependencia a las drogas y al alcohol y
salieron con un mayor síndrome de ansiedad a consumir más sustancias psicoactivas.
El mejor
encierro, el mejor desierto, el mejor retiro espiritual como lo he venido
escuchando del Cardenal Cantalamesa es sentir la voz del Dios, en el silencio;
cuando calla el predicador es que se abre el cielo y baja Dios a la Tierra,
necesitamos silencio, permitir que la tierra descanse, dejar los afanes, pues
hay tiempo para todo dice el Qohelet, tiempo de reír y de llorar, de tirar piedras
al rio y luego de sacarlas.
¿Qué podemos
hacer éstos días si queremos que se sane la tierra? Permitir que el cielo se
abra y ver el Espíritu Santo que viene a sanar la tierra. “Ven Espíritu y sana,
fortaleciendo nuestros cuerpos enfermos.
Feliz Domingo.
Cada lectura y explicación nos deja el enriquesimiento de tomar lo bueno y enterder que debemos sacar de cada situación la importancia de buscar de la palabra y tener presente que todo lo que estamos viviendo es para que volvamos los ojos a Dios y tengamos temor de el
ResponderEliminarCambiar nuestra vida y dejar lo mundano atras, estos meses de pandemia y cambios que hemos vivido es señal que Dios nos esta hablando nos envia señales para que doblemos las rodillas a el.
Que este encierro es para mirar lo mal que hemos estado viviendo.
Y le busquemos
Asi como también quiere que la unión familiar se recupere
Y que padres e hijos se reunan en la mesa a orar.
Los fanatismos y las idolatrias no son lo que debemos buscar si no el verdadero amor, fe hacia el espiritu santo que lo recibimos cuando nos bautizaron.