SEGUNDO DOMINGO DE NAVIDAD
SI ACOGEMOS LA LUZ TRANSFORMAREMOS LA CASA COMUN
El Verbo era la
luz verdadera, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo. Juan 1,1-18
Hemos alcanzado
un nuevo año, una gran oportunidad para tomar buenas decisiones teniendo en
cuenta las enseñanzas que nos ha dejado el 2020. Hemos visto a muchos hermanos
ver con tristeza despedir el año anterior y recibir con esperanza un nuevo año.
De cada uno de nosotros depende que esa esperanza se vea colmada en nuestras vidas, en la de nuestras familias, instituciones y especialmente en la “casa común,” como ha venido llamando el Papa francisco a nuestro planeta.
Dios Padre nos ha
creado libres, con libre albedrío, capaces de decidir, de enmendar y corregir
nuestros errores, sin intervenir mágicamente ni abusivamente en nuestros
proyectos ni realizaciones.
La gran enseñanza
que tal vez todos hemos podido acopiar en nuestro haber de inteligencia es
descubrir que como criaturas somos libres, con capacidad de decisión, pero a su
vez nos hacemos responsables de nuestros actos que nos llevan a vivir en la
oscuridad o por el contrario vivir en armonía con nosotros mismos, la
naturaleza, con Dios y la casa común.
En éste segundo
domingo de Navidad, el Evangelio que leeremos, escucharemos y pasaremos por el
filtro de nuestros corazones nos habla de la Palabra por la cual fueron hechas
todas las cosas, la que existía desde siempre, la que vino a nosotros como luz,
acogida por algunos y rechazada por las tinieblas.
En San Juan el
Evangelista es oportuno saber interpretar su estilo literario cargado de
metáforas y alegorías, su cultura y los destinatarios de su Evangelio. Su
estilo literario es muy diferente a los tres sinópticos que narran de manera
histórica la vida de Jesucristo como una crónica sin dejar escapar, lugares,
personajes, fechas y detalles que fueron recogidos en la tradición oral de la
época y llevados luego a los manuscritos.
En San Juan
encontramos otra manera de presentarnos el nacimiento del Señor, tal vez más
profundo, que requiere de nosotros los lectores mayor atención y capacidad de
interpretación, con mayor simbología, pero a su vez nos coloca frente a
decisiones concretas en nuestra existencia.
Dice San Juan que,
en el Logos, es decir en la Palaba estaba la vida y la vida era la luz, Ella
vino a nosotros y las tinieblas la rechazaron; pareciera un simple juego de
palabras, pero no, en realidad es el presentar desde la cultura Helenista al
Dios de los Hebreos que ha creado todas las cosas, el Sempiterno que se ha
hecho hombre, que ha venido a nosotros y cuyo efecto de luz y vida está en la
medida o grado de aceptación.
Tal vez el estilo
y mentalidad de San Juan en nuestra cultura inmediatista de querer salir
milagrosamente de las enfermedades, pobrezas, tristezas y situaciones límites de
manera milagrosa no aparece muy llamativa. Hemos venido asistiendo a una
cristiandad que espera soluciones inmediatas pero que no advierte la
importancia de aceptar la Palabra, la Luz y experimentar las consecuencias de
vivir bajo la luz y no bajo las tinieblas.
Somos un pueblo
que social, política, económica y religiosamente pide, se queja, se lamenta,
clama a sus gobernantes, a Dios incluso, poniendo confianza en sus mediadores,
pero no ha logrado aún hacer una reflexión concienzuda de la consecuencia de
sus actos.
Toda la oscuridad
entendida como tristeza y angustia que viven nuestras comunidades no ha logrado
entenderse como fruto de nuestras decisiones y esperamos aún la mano milagrosa
de personas, de intermediarios, eludiendo nuestra responsabilidad y
protagonismo real en la luz u oscuridad que estamos generando.
No hemos logrado
reconocer que la solución a las pandemias, la pobreza, la corrupción y otros
males que nos aquejan no depende ni de nuestros gobernantes, ni de otras
personas que toman decisiones sino de la suma de nuestros actos.
Parecemos niños,
exigiendo, reclamando a los gobernantes, a los dirigentes, al mismo Dios, queriendo
que todo gire en torno a nosotros y nos hemos convertido en el centro de todo
sin tener en cuenta a los otros, a la casa común y especialmente sin tener en
cuenta que el egoísmo está ahondando los grandes males de la humanidad.
El Papa Francisco
nos auguró y bendijo éste año invocando la solidaridad, el cuidado de nuestros
hermanos, el hacernos uno con los otros, invitación que se traduce en una
búsqueda continua del bien común.
Toda la
indisciplina social a la cual estamos asistiendo frente a las medidas de
bioseguridad y de cuidado solidario de nuestros hermanos los más débiles nos presenta
un escenario egoísta que está generando gran oscuridad cuyas consecuencias ya
las estamos viviendo.
Nos dice San juan
que la Luz, es decir Cristo vino a nosotros y las tinieblas la rechazaron. Este
nuevo año ha de ser para encender la luz de nuestra inteligencia, de valorar la
vida, de aprender a vivir sin atentar contra la casa común y especialmente
desde la fe empezar a aceptar, conocer y hacer vida la Palabra. Aún hay muchos
Cristianos, especialmente Católicos que viven de magias, supersticiones,
tradiciones, búsqueda de milagros generados por personas pero la Palabra de
Dios no aparece como Luz en las celebraciones de la fe, en la vida y si aparece
es mediante una lectura dominante para favorecer instituciones o querer
preservar tradiciones que no le permiten a la persona recibir la Luz en sus
corazones.
De la apertura a
Dios en su Palabra por la cual fueron creadas todas las cosas depende que podamos
recrear el mundo o casa común en la cual vivimos.
Feliz año nuevo y
feliz Domingo para acoger la luz y rechazar las tinieblas.
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