Reflexión de Evangelio. Domingo 14 de Febrero
EN EL SILENCIO ESTAMOS ABIERTOS A CONTINUAR EL MILAGRO.
“No se lo digas a nadie” Mc 1, 40-45
POR: Mag. Sady Espinel Aldana
Pbro.
Youtube: Mensajes P. San José
Gritar de rodillas como nos lo presenta hoy Evangelista San
Marcos es aún más fuerte, es abajarse frente al que es verdaderamente grande y
esperar sólo en El, en su capacidad de amar y renovar todas las cosas.
Jesús el Señor está nuevamente frente a un hombre cuyo grito
es más fuerte que cualquier otro gesto o actitud que pueda tener cualquiera de
los que lo rodean, su enfermedad, su dolor lo han llevado a buscar sanación en
aquel que no quiere ser rotulado como el que sana, o el famoso. La fama es
propio del Infierno de Dante, quien describe en su obra literaria a los dioses
de la adulación y la mentira. Si el Señor hubiese caído en ése infierno de
la fama humana, no tendría su corazón afinado para escuchar el grito de los que
salían al borde del camino de Galilea o el grito de los discípulos que están en
el lago y le dicen a viva voz: “Señor nos hundimos”. El Señor escucha a los que
se hunden, a los que sienten cómo su corazón está abatido por el dolor y han
sido excluidos de la sociedad y de las instituciones consecuencias de sus
lepras.
“Si quieres, puedes sanarme”, es el grito de un leproso, es
el grito de todos los que quieren salir del infierno que nos narra Dante en su
obra literaria, de los que han tocado fondo, que se han hundido y no podrán
sino confiar en el Señor del camino de Galilea que ha renunciado a la adulación
y la mentira, alimento de los dioses de Dante. Este es un Señor libre, sin
ataduras, alejado de la fama y el poder, con el Espíritu que lo lleva al
desierto y lo fortalece, le permite no abandonarse en los brazos atractivos de
la fama y termina diciéndole a sus discípulos: “conviene que no nos detengamos,
sino que vayamos a predicar el Reino de Dios a Galilea” Es un Señor que está en
camino, no tiene palacio con súbditos que lo adulan, sino que es libre para ir
a dar a conocer e instaurar el Reino de su Padre.
Quiero, dice el Señor, quiero sanarte porque he escuchado tu
grito, el mismo grito que escuchó su Padre cuando el pueblo de Dios estaba
cautivo en Egipto, quiero sanarte de esa fe, fría y anónima, sin compromiso con
el otro y en búsqueda de individualidades, empobrecida e incapaz de ir en
búsqueda; quiero sanarte de la prepotencia
que ha degenerado tu vida en una mente cerrada, sin horizontes; quiero sanarte
de la oscuridad que oscurece la fe, de lo tradicional que apaga y sofoca la
esperanza; de la indiferencia que mata el amor, del odio que se ha anidado en
el corazón pero que ha entrado por los ojos y los oídos; quiero sanarte de la
herida de la impaciencia y del enemigo que hunde y separa del amor para
encadenarte en la institución, quiero sanarte de la lepra que has llevado
tatuado en tu piel durante años y no te ha permitido incorporarte a la
sociedad, esa lepra que te llevó a vivir
en las montañas empuñando un fusil, o de carcelero de tus propios hermanos,
quiero sanarte de haberte hecho elegir para un cargo público en el cual te
estas enriqueciendo y engordando la maquinaria de la corrupción. ¿De qué
quieres que el Señor te sane? ¡Grítale de rodillas!
El Señor Jesús está aún en medio de nosotros para escuchar nuestros
gritos, no para juzgarnos, al igual que el Señor también podremos cambiar la
historia de muchos que gritan a nuestro alrededor, talvez las personas más
cercanas, nuestros prójimos necesitan ser escuchados, no juzgados.
Tantos juicios han llevado a nuestros hermanos a refugiarse
en lugares apartados, iguales a los lugares en donde vivían los leprosos, otros
han sido confinados después de un juicio en muchas ocasiones bajo los
sentimientos humanos a la expulsión de las instituciones o a ser recluidos en
reformatorios, cárceles y lugares de rehabilitación.
No juzgar, es la mejor manera de salvar; escuchar el grito de
los nuevos leprosos es la mejor manera de incorporar a las personas al Reino de
Dios. ¿Estamos escuchado el grito de la Pacha mama? ¿De la madre tierra? ¿Ya entendimos
ésta pandemia como el grito de la naturaleza, de la tierra porque está asfixiada
de tanta contaminación? ¡Los ríos, los afluentes, los páramos, los bosques, los
animales y toda la creación gimen con dolores de parto!.
Si en ésta pandemia no hemos logrado afinar nuestro corazón
y nuestros oídos para escuchar el grito de la creación entera de nada nos ha
servido. El Papa francisco ha dicho que terminada la pandemia no saldremos igual,
algo debe suceder, alguna novedad buena o mala, pero debe haber algo, debe enseñarnos
algo, ¿o seguiremos tan insensibles que queremos que la creación esté a nuestro
servicio incluso pagando el precio de su destrucción? Advertimos cómo por
encima de la vida, del dejar descansar el aire, la naturaleza, el verde,
seguimos reuniéndonos físicamente para dar rienda suelta a nuestra falsa
concepción de socialización, fomentando el desequilibrio entre los humanos, los
animales y las plantas. ¿Cuándo aprenderemos a buscar la armonía con todo lo creado?
Dios creó las plantas y los animales, pero al ver que el hombre se sentía solo
le permitió que éste les diera nombre, para que administrara bien, no para que
destruyera y aniquilara. ¿En nuestra falsa socialización hemos incluido el
resto de los seres vivos e inanimados que Dios creó?
La armonía que podemos advertir en el Evangelio de éste
domingo es sorprendente, pues en el camino de Galilea, el Señor pasa haciendo
el bien y restaurando todo aquello que se ha oxidado por el mal. No permite que
el leproso salga a hablar sino que en armonía lo invita a guardar silencio, a
permitir que el misterio de su vida pase primero por el corazón.
Cuantos predicadores tenemos definiciones que aprendimos
obligados en nuestro tiempo de formación, pero no hemos tenido el tiempo para
callar y dejar que el misterio inunde nuestros corazones. La definición debe
ser una construcción continua en el silencio al cual nos obliga el Señor. A no
a contárselo a nadie antes de que haya pasado por nuestros corazones. No vale
la pena asistir a predicaciones en donde es engrandecido el predicador o las
instituciones, no vale la pena asistir a tanto ruido, vale la pena construir en
el silencio, en el estar callados e interiorizando la experiencia de sanación
que está haciendo el Señor, vale la pena guardar silencio para escuchar el
latido del corazón de la madre tierra. Toda palabra que salga de la boca del
predicador debe haber pasado por el silencio de la vida para que sea Evangelio,
buena noticia. Los noticieros de los canales privados están en crisis porque en
las tres emisiones diarias presentan las mismas noticias. Si el predicador hace
silencio, está callado y deja pasar por su corazón la experiencia de Jesús siempre
tentará una buena y nueva noticia para contar. Son las narraciones que salen del
corazón las que nos involucran en el camino de Galilea.
Hagamos silencio, callemos, no juzguemos para ayudar a los
nuevos leprosos a incorporarse a la vida e Dios.
Ferliz Domingo.
q mensaje tan poderoso El Senor nos ayude a no seguir siendo esos leprosos.amen
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