A DIOS NO SE LE COMPRA PORQUE EL ES AMOR, EL AMOR NO SE COMPRA NI
SE VENDE, SE DA.
«Quiten esto de aquí; no conviertan en un mercado la casa de mi
Padre.» Jn 2. 13-25
Continuamos haciendo un Camino interesante intenso, reflexivo: el
camino de Galilea. Hoy el Señor Jesús nos conduce a uno de los lugares más
importantes de los judíos: el templo. En este domingo la Palabra de Dios nos
coloca frente a lo sagrado, la Palabra de Dios nos coloca frente a la relación
que existe entre Dios y el hombre. Dios que habla a los hombres, el hombre que responde
a Dios, ese Dios que ha querido colocar su tienda entre nosotros y el hombre
que ha querido retener su presencia.
En todas las religiones se han dedicado lugares para el encuentro con el trascendente: bosques, ríos, montes, edificios o templos, se ha querido geolocalizar a Dios en una casa, lugar o templo.
Esta localización fue muy importante en el Antiguo Testamento. Dios se reveló a su pueblo en el Sinaí y habitó en una tienda (Ex 28, 8.22) y lo siguió por sus desplazamientos en el desierto. Cuando el Pueblo de Dios se convierte en Reino le construye un edificio (1 R 6, 7-9), destruido y reedificado varias veces. Fue expresión del Dios que vivía con su pueblo.
Bienvenidos a este tercer domingo de cuaresma, domingo en el cual
el Señor Jesús está en el templo, El como buen judío el día sábado va a
encontrarse con su Padre, con sus hermanos. El Señor Jesús entra al lugar más
importante de los judíos: el templo, edificio construido por Salomón.
Hoy vale la pena recordar el encuentro que Moisés tuvo con el
señor en La Zarza ardiente: Moisés se dio cuenta que La Zarza ardía y que La
Zarza no se consumía; Moisés fue conducido por el ángel, entonces Moisés dijo
me acercaré para ver esta maravilla. Cuando el señor Dios vio que Moisés se
acercaba para mirar, lo llamó en medio de La Zarza y le dijo “Moisés, Moisés, y
él respondió ¡heme aquí¡, entonces El dijo: No te acerques aquí, quítate las
sandalias de los pies porque el lugar donde estás parado es Tierra Santa, y
añadió: Yo soy el Dios de tus Padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac el
Dios de Jacob; entonces Moisés cubrió su rostro porque tenía temor de mirar a
Dios.
En este Domingo, en el Evangelio de San Juan encontramos al Señor
Jesús con un sentimiento de indignación; el Señor Jesús actúa de manera fuerte
y violenta contra un grupo de personas que no reconocen, que no han descubierto
la gratuidad de Dios, sino que quieren establecer un negocio, un comercio. ¿Será
que también nuestra vida se ha convertido en un mercado? Hemos convertido el Templo en un lugar en donde
todo se compra y se vende.
El sistema capitalista de oferta y demanda nos está llevando a
vender lo más sagrado; a producir dinero vendiendo incluso la propia vida; se
alquilan vientres, se asesina por dinero y el sistema de salud es en verdad un
negocio que cada vez saca de la escena a los más pobres y frágiles.
Por el Bautismo somos templos del Espíritu Santo, Dios habita en
nosotros, somos tierra sagrada, llamados a trascender; sin embargo, los
bautizados nos hemos olvidado de la grandeza que hay en nosotros, por tal razón
maltratamos, desfiguramos y terminamos negociando con lo sagrado que hay en
nuestra vida.
Cuando el Señor Jesús expulsa con vehemencia a quienes hacían
negocio dentro del Templo, lo hace para mostrar la gratuidad de Dios. A Dios no
le podemos comprar con dinero, ni tratos, ni promesas. A Dios se le adora en
Espíritu y verdad.
El comercio religioso es tan indignante que el Señor limpia el Templo,
allana el camino, para que nuestra relación con el Padre sea a través suyo,
pues El es el Camino hacia el Padre, por eso nos llamamos Cristianos, porque
seguimos a Cristo y El nos conduce al Padre. No nos abandona, nos ha dejado su
santo Espíritu y ha querido permanecer sacramentalmente hasta el fin de los tiempos:
en nuestros templos está su presencial, su Alma, su Divinidad.
Tal vez nos ha hecho falta hacer más énfasis en la presencia real
del Señor Jesucristo en el Sagrario, en la Eucaristía, en la experiencia de
comunidad, en los lugares sagrados como lugares del encuentro con Dios y no
como sitios de intercambio económico.
Toda vida convertida en mercado es indignante, incluso en la
relación con Dios, pues si se trata de comprar el amor, la salvación, la salud,
no nos queda más que ser expulsados de las mesas de negocios religiosos.
Seremos expulsados por nuestra incapacidad de amar, de dar y ofrendar pues nos hemos
convertido en “vendedores y cambistas”.
La tentación de comprar a Dios con rezos, pagando mandas y liturgias
está a la orden del día de los innumerables vendedores y compradores de lo
sagrado. Lo grave no es el negocio religioso sino querer comprar a Dios que es
amor, y el amor no se compra ni se vende, el amor se da generosamente.
Vayamos a los templos, oratorios, a los diferentes lugares de culto,
encontrémonos con el Señor, con nuestros hermanos, construyamos comunidad de
fe, venzamos el anonimato que nos han impuesto los vendedores furtivos de la fe.
Encendamos en cada templo la luz de la Palabra de Dios, entremos al lugar
santo, dejemos que nuestro sagrario, la conciencia sea rociada con la Sangre
del Cordero para que al salir del templo de nuestra Parroquia o barrio salgamos
radiantes, transfigurados; ayudemos a nuestros pastores a tener lugares sagrados,
dignos, pulcros; sitios en donde se evangelice, se exhorte, se sanen los
corazones, se exprese la solidaridad y se crezca en comunidad. Es cierto que si
sostenemos con nuestras ofrendas los lugares de culto y los procesos de
evangelización no ha de convertirse en un querer comprar el amor de Dios ni
facilitar las mesas de negocios religiosos.
Feliz Domingo.
Mg. Sady Espinel Aldana, Pbro.
Hermosa mensaje haci es convertimos nuestros templos en escarnio público.gracias Padre
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