LA SERPIENTE SE RENUEVA CAMBIANDO DE PIEL.
“Lo mismo que Moisés elevó
la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre” Juan
3, 14-21
Continuamos el camino de Galilea, estamos en cuaresma, caminando hacia la Pascua: el silencio, la Palabra de Dios, los signos propios que la liturgia nos proponen a pesar de la cuarentena que iniciamos hace un año con la pandemia, nos lleva a reconocer que estamos en una Cuaresma dentro de una cuaresma.
Hemos reconocido y visto la hermana muerte muy cerca, tal
vez haya tocado nuestros círculos más cercanos y descubierto la necesidad de
hacer un pare en nuestra afanosa vida, dejar descansar el planeta y colocar por
encima de la economía la ecología.
Hace un año el panorama mundial era de incertidumbre y los
creyentes hacíamos diversas reflexiones que nos han colocado frente a una misma
realidad y esta realidad frente a una sola invitación: la solidaridad, la
fraternidad y a vivir en comunidad.
Muchos Cristianos han muerto, entre ellos Presbíteros de
todas las edades, en diferentes lugares del mundo y al igual que los no
creyentes han participado de la misma paga del pecado: la muerte, que ha estado
muy cerca de cada uno de nosotros: se escucha el testimonio de científicos,
médicos, ministros de Dios y líderes políticos que jamás en su vida habían
visto fallecer tantas personas ni ver la muerte tan cercana.
En éste camino de Galilea durante ésta cuaresma hemos
encontrado signos muy importantes como el desierto, la ceniza, el templo y en
éste cuarto Domingo de Cuaresma el Evangelio nos presenta el signo de Moisés.
En el diálogo que el Señor Jesucristo sostiene con una de
los jefes del Sanedrín, Nicodemo, es decir con uno de los más poderosos en
relación con la ley judía, queda muy claro que no se nos dará otro signo más
que el de Moisés. En la época de Moisés el Pueblo se había revelado contra Dios
y estaba sufriendo la mordedura de serpientes. Dios le pidió que en una asta
elevara una serpiente y que todo aquel que la mirase se curaría.
En el camino de Galilea se hace necesario tener una mirada no
de fe hacia la serpiente, pero sí de interpelación, de hermenéutica.
La serpiente desde el inicio de la creación ha sido un
animal rastrero y signo de la concupiscencia, es decir la fuerza que nos lleva
a contrariar a Dios, pero que al final es quien nos conduce al abandono, la
tristeza, la enfermada y la muerte. La seducción al pecado está latente en
nuestras vidas, mientras haya carne en nuestros huesos tendremos inclinación
hacia la carne, es decir hacia el pecado. Dice San Pablo que es nuestra naturaleza
terrenal la que produce la lista de pecados enumerados en Colosenses 3,5
En la interpretación del signo de la serpiente hay un
elemento esperanzador: el cambio de piel. Esta cuaresma, tanto la que iniciamos
hace un año, como ésta que obedece a la liturgia de la Iglesia nos ha de llevar
a cambiar de piel, a renovarnos; el Papa Francisco ha insistido en salir
diferentes de ésta pandemia, para bien o para mal, pero saldremos diferentes
dice el papa: “De las grandes pruebas de la humanidad, y entre ellas de la
pandemia, se sale o mejor o peor. No se sale igual” (Mensaje de Pentecostés
2020).
Así como la serpiente renueva su piel, también la Iglesia,
es decir los bautizados, el cuerpo de Cristo necesita una nueva hermenéutica,
una nueva interpretación de la realidad, una mirada sin prejuicios, sin
refugiarnos en la ley humana que tiende a ser amañada e injusta, una mirada e
interpretación no con la mirada humana que es viciada por sus sentimientos y
apetitos, sino una mirada iluminada por la Palabra de Dios y bajo la gracia que
emana de la Cruz de Cristo que ha sido elevado para que quienes la miremos con
fe alcancemos vida eterna y vida en abundancia.
El Obispo de Pinerolo en Italia, Derio Olivero, quien ha
superado el Coronavirus después de pasar cuarenta días bajo cuidados en una
clínica ha venido dando conferencias sobre el futuro de la Iglesia y la
sociedad. El afirma que lo importante no es lo que sucede en nosotros sino la
interpretación que le damos. Ha logrado dar una luz a las preguntas que los
pastores nos hacemos frente a los procesos de evangelización que en muchas
ocasiones han caído en hacer por hacer, en un entretenernos y en entretener a
otros o presentarnos en medio de actos milagrosos.
Su experiencia de cuarenta días, ha sido una verdadera cuaresma
en clínica con todos los síntomas del virus encontrándose cara a cara con la
muerte. Experimentó que la muerte es una evaporación de los ideales e incluso
del cuerpo, pero permanece en este estado de evaporación la confianza en algo o
alguien. El sentido de agradecimiento de un Dios que te ha creado y que te ha
de recrear. La pandemia nos enseña tres palabras, dice el Obispo: imponderable:
somos débiles, creemos estar en seguridad, tragedia: se puede morir en
cualquier momento, dolor para las familias, el no poder hacer el duelo de
despedirse, cómo permanecer vivos si estamos muriendo; la soledad: falta el
aire de las relaciones, se pierde la relacionalidad.
El Obispo Olivero plantea el retornar a la Palabra de Dios
como el lugar para recobrar la confianza; la persona que sufre como el lugar
para la solidaridad; y la comunidad como el lugar para crecer como cuerpo de
Cristo. Este cambio de piel propuesto por la experiencia de este Ministro de
Dios es un llamado urgente a cambiar nuestra manera de ver e interpretar.
El Señor Jesucristo en este Domingo nos invita a creer en El
para no ser juzgados, en aceptarlo a el como la Luz que ha venido al mundo para
que así nuestras obras se ajusten a la Verdad.
No necesitamos mirar ni imagen hecha por hombre, ni principados
construidos con pretensiones humanas sino al Hijo de Dios Padre, creer en El,
aceptarlo como la Luz y la verdad. Cambiar de piel significa convertirnos al
Señor Jesucristo dejando atrás ese cascarón de epidermis que hemos venido
cargando y que no nos ha permitido ser sal de la tierra y luz del mundo. Ser
protagonistas de nuestra propia salvación.
Feliz Domingo.
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