CUARTO DOMINGO DE PASCUA
SE HACE NECESARIO EL SILENCIO PARA ESCUCHAR LA VOZ EL BUEN PASTOR.
“Yo soy el buen
Pastor, que conozco a las mías y las mías me conocen…” Jn 10, 11-18
Se habla del cuarto poder detrás del poder. De los medios de
comunicación y las redes sociales como conductores masivos de la sociedad.
¿El nuevo orden mundial? ¿Un nuevo proyecto de humanidad? Qué
hay detrás de esta realidad que muchos llaman crisis, otros, pandemia, otros la
llaman negación a la las libertades fundamentales.
Quién conduce, ¿quién maneja con sutilidad los hilos de esta
sociedad que en ocasiones se asemeja a una marioneta?
Con la globalización de la información, al experimentar la
inmediatez y al ser considerada la sociedad universal como una aldea global es
muy fácil que vayamos teniendo comportamientos universales, pensamientos, enfermedades,
protocolos y estilos de vida que en tan poco tiempo nos han llevado, conducido
a experiencias y acciones que se replican en cualquier rincón de esta aldea global.
La globalización de la corrupción, del odio entre las clases
sociales, la perdida de una auténtica y verdadera religiosidad; la absolutización
de una libertad condicionada por un virus, la pobreza que se hace cada vez más
exponencial nos coloca en estado de cuestionamiento y como cristianos tenemos que
preguntarnos este domingo llamado del Buen Pastor: ¿quién pastorea nuestra
vida?
Al leer en el Evangelio de este Domingo a Jesucristo que
habla del Buen Pastor, de nosotros que somos las ovejas, del rebaño, del lobo, del
camino, del agua, de las praderas verdes, nos hace ver que Jesús lo que ha querido
es que cada uno de nosotros encontráramos directamente el camino hacia el Padre
Dios.
En este momento hay necesidad de personas que nos abran este
camino. ¿Cómo abrir la puerta del corazón de las personas? Cuando la puerta del
corazón de las personas se abre espontáneamente como se abren los pétalos de
las flores, se está asegurando el pastoreo de Dios en las personas. Falta silencio
para escuchar la voz del Buen Pastor, estamos llenos de muchas palabras, rezos,
actividades religiosas que nos han entretenido pero que no nos han pastoreado.
Forzar la apertura de los corazones con razones humanas e
institucionales no es la obra de Dios. El pastoreo se ha convertido en un
realizar acciones que responden a un proyecto humano pero el silencio para que
las personas escuchen la voz de verdadero Pastor es cada vez más escaso, más efímero
y pocos de los que pertenecen a la grey han escuchado como ovejas el silbido
dulce del Pastor. Al contrario, se le tiene miedo al silencio, a escuchar la voz
de Dios. Pocas prácticas de escuchar, de silenciar para experimentar cómo el
corazón se abre espontáneamente a Dios.
La pandemia nos concedió en los primeros meses de
confinamiento la oportunidad de escuchar, de oír. Los primeros en escuchar
fueron las especies animales que pudieron entre ellas experimentar el silencio
de las máquinas y las fábricas. El planeta descansó de tanto ruido, de tanta polución,
mientras que los humanos experimentábamos ansiedad y pánico por tanto silencio.
No hay peor sordo que el que no quiere oír.
Lo importantes no es repetir como robots que tenemos un Buen
Pastor, sino escuchar su voz; de qué le sirve a la cristiandad reconocer a su
Dios como pastor sino le escucha, si no conoce su voz, ¿sino se deja conducir a
praderas verdes y llenas de paz?
Al Buen Pastor le interesa cada persona, su nombre, acompañarle;
quiere estar allí donde cada uno es lo que es, sin apariencias de comportamientos
en un templo, liturgia, culto, pues es allí donde todos llevamos un cierto
revestimiento de acuerdo a la tarea que desempeñamos en el oficio religioso. Jesús
quiere tomarnos a cada uno, por nuestro propio nombre; la multitud no es
rebaño, es masa y cuando se pierde la experiencia de contacto con el Buen
Pastor pasamos a ser institución y el Señor precisamente quiso renunciar y
cuestionar las instituciones religiosas de su época. Si la institución no ayuda
a las personas a escuchar la voz del Buen Pastor, sino permite el silencio para
que el Señor tome a cada uno y lo vaya llevando por su Rebaño, entonces
estaremos conduciendo bajo el cayado de afectos, emociones y tendencias que no
son precisamente las del Buen Pastor, sino la de pastores que aun no han
escuchado la voz del Pastor. ¿Si quien conduce no ha escuchado la voz de Dios
qué podrá comunicar a su rebaño? ¿Sino ha tenido el silencio para escuchar al
Pastor cómo podrá garantizar el silencio para que sus ovejas también la
escuchen?
Estamos en tiempo de Pascua y la figura más fuerte para ver
y sentir tanto la voz como el rostro del Buen Pastor es la de los verdaderos discípulos
de Emaús. Ellos lo reconocieron, escucharon su voz, El, les explica las
Escrituras, parte el Pan y ellos sienten que arde su corazón. Esa fuerza del
ardor de su corazón los lleva a ir a anunciar y testimoniar a los que se encontraban
con miedo, a puertas cerradas lo que habían visto y habían escuchado.
La pasividad de la masa es tanta que a pesar de que en los cultos
y liturgias haya mucho movimiento no arde el corazón ni hay dinámica de
testimonianza hacia los que están afuera, a puertas cerradas, llenos de miedo, que
se sienten abandonados, decepcionados y en muchas ocasiones en total oscuridad.
Quien se permite escuchar la voz del Buen Pastor ya no vivirá
su fe de la misma manera, ya no mendigará quien lo cargue sobre sus hombros, no
tendrá que pasar por el cayado de los pastores voluntariosos que están movidos
por el afán afectivo de cada día.
Se necesitan personas que conduzcan a sus hermanos es la
premisa de este artículo dominical y deseo concluirlo con una invitación a que
seamos rebaño, a tener más praderas verdes de silencio, de escucha, de retiros,
de meditación, para escudriñar la Palabra, a caminar como los verdaderos discípulos
de Emaús que sintieron cómo ardía su corazón y a salir a testimoniar y
fortalecer a quienes están cerrados de corazón por el miedo y el abandono.
Feliz Domingo del Buen Pastor.

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