SEGUNDO DOMINGO DE PASCUA

 ¡LA COMUNIDAD CRISTIANA HA DE SER CREIBLE!

«Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.»  Jn 20, 19-31

 

Creer en los testigos es muy complicado, especialmente cuando los testigos son comprados o simplemente quieren testimoniar aquello que les conviene.

Hay una comunidad que se convierte en testigo de la Resurrección del Señor, son aquellos discípulos que fueron diezmados por la muerte del Señor y en el relato evangélico de este Domingo se encuentran a puerta cerrada a excepción de uno de ellos que no estuvo presente en el momento de la aparición del Señor.

Ese discípulo es Tomás, llamado el incrédulo. Llama la atención que Tomás no cree en el testimonio de sus hermanos, pide pruebas para creer. Pero luego en el diálogo que Tomas sostiene con el Resucitado queda claro que el no creyó a la comunidad de hermanos, pero si creyó en la presencia del Señor Resucitado.

No es Cristo resucitado quien suscita la duda en el Señor sino el testimonio de la comunidad. Tomás no encuentra en sus hermanos una comunidad creíble.

Al igual que en este acontecimiento de las apariciones el Señor Resucitado a sus discípulos muchas personas no dudan del Señor, de Jesucristo, sino de la comunidad de creyentes.

Aún más, llegar a pensar que hay comunidades de fe es bastante arriesgado, talvez hayan muy pocas y pequeñas que han tenido que pasar por la luz del Evangelio, la confrontación de la vivencia fraterna y el pastoreo continuo y procesual de un pastor que va conociendo a su ovejas para mostrarles el verdadero rostro del Señor Resucitado.

Aún somos masa y en muchas ocasiones movidas por la tradición y el fanatismo. Esta masificación religiosa cuenta con la inconciencia colectiva en donde los miembros no tienen la autonomía para preguntarse por su vocación cristiana. Simplemente repiten actos que parecen llenar momentos propuestos por un calendario o agenda religiosa.

Tampoco es comunidad cuando se conforman grupos de personas con agendas pastorales prestablecidas sin tener en cuenta sus realidades espirituales, materiales y especialmente sin haber experimentado sus miembros y la misma comunidad un encuentro personal con Cristo, eclipsando al autor de cualquier bitácora pastoral: el Espíritu Santo.

Frente a esta realidad ¿cómo creerle a la comunidad? ¿Cómo hacer que existan comunidades y dejen de ser masa para empezar a ser un Pueblo de Dios comunidad?

La duda experimentada por Tomas puede ser la misma de muchos hermanos que no hallan credibilidad en las palabras de sus hermanos. Podría hacer un análisis exhaustivo, pero basta simplemente con mirar pocas variables para determinar que necesitamos más que llamarnos cristianos o en nuestro caso: católicos, una verdadera experiencia comunitaria.

Sin en un grupo de fe no se conocen, las ovejas no conocen su nombre, su voz, sus gritos, sus alegrías, sueños y esperanzas, cualquier testimonio no va ser más que un murmullo al cual la masa no le va a poner ninguna atención.

Si la Palabra de Dios, la Sagrada Escritura leída, escudriñada, meditada y vivida no es la fuente de moralidad, eclesialidad y de vida de los creyentes; si los frutos de la vida de fe no son la caridad, la solidaridad, difícilmente las personas que están unidas por el bautismo se escucharán entre sí y habrá el discernimiento para poder creer.

El discernimiento lo da el Espíritu Santo a todos los que creen y moverá personas para que con su testimonio otros puedan creer.

Mirar a Tomás es ver el rostro de muchas personas que por el confinamiento se han enfriado y han salido un momento a hacer algo, ¿qué? En estos días dejamos de ver las personas y pueden estar desde la virtualidad acompañando a un ser querido que está internado en una clínica o centro de salud, o simplemente cayó enfermo o está en las exequias de un ser querido.

Pero Tomás no está presente. Sólo salió un momento. Tal vez salió a hacer unas compras rápidas. Quizás ninguno de los otros hubiera puesto un pie fuera de la puerta, pero Tomás no se quedó ahí. Se aventura. O es una persona valiente o simplemente es temerario, o tal vez las dos cosas, que es lo que a veces necesitamos ser, porque eso nos hace ir más allá de nosotros.

Tomás vuelve y le dicen que han visto al Señor, pero para Tomás hay algo que no suena verdadero. Si realmente vieron al Señor, ¿por qué siguen encerrados en ese cuarto? Si están tan llenos de alegría, ¿por qué no puede leerla en sus rostros? Si recibieron el poder del Espíritu de Dios para “completar la obra de Cristo en la tierra”, como solemos decir ¿qué están esperando?  ¿Que regrese Tomás? Seguramente no, o habrían estado de tal modo sin aliento y deseosos que Tomás hubiera visto la transformación en sus ojos. 

De modo que Tomás les dice, en otras palabras, “no me parecen creíbles”. Tomás, sencillo, leal, recto, con los pies en la tierra, directo, que ama – que no comprendía, pero quiere hacerlo, que deseaba seguir a Jesús pero que necesitaba conocer el camino, Tomás no duda del Señor; ¡dudó de la palabra de sus amigos!  Tomás encuentra bastante improbable que el Señor hubiera resucitado, porque se veía rodeado de un grupo de testigos a una comunidad a quienes simplemente no encontraba creíbles.

Tomás no pudo leer la presencia del Resucitado en el rostro de sus amigos…

¿Podrán leer en nosotros el rostro de alegría y paz cuando decimos con la boca que el Señor ha resucitado?

Lo que necesita hoy la Iglesia no es solo reformas religiosas y llamadas a la comunión. Necesitamos experimentar en nuestras comunidades un «nuevo inicio» a partir de la presencia viva de Jesús en medio de nosotros. Solo él ha de ocupar el centro de la Iglesia. Solo él puede impulsar la comunión. Solo él puede renovar nuestros corazones. (José Antonio Pagola)

Hay una salida a la crisis de Iglesia y al miedo que no nos permite encontrarnos y hacer comunidad de fe para dejar entrar al Señor Resucitado y el nos abrace con la paz.

La paz esté con todos Ustedes.

Feliz Domingo.

Comentarios

  1. Hoy Tomás nos confronta como creyentes del Señor Jesús, sus hermanos los discípulos le comunican la aparición del Señor, pero de voz, no de fe, ni de acciones, ni de sentimientos.
    Nosotros vivimos igual que los discípulos a puerta cerrada para dejar entrar al Señor, pero con las puertas abiertas para el mundo, para las banalidades, el inmediatismo. Esa casa donde estaban los discípulos es como nuestra vida, cerrada a oscuras, no hemos permitido dejar entrar la luz del Resucitado, y mucho menos ir a mostrarles a nuestros hermanos como se puede vivir con esa luz, porque no nos hemos preparado para aceptar que ese resplandor nos ilumine y nos guíe a nueva vida. Debemos hoy abrir las puertas de nuestra vida y Aceptar que el Señor ha resucitado por nosotros, para decirnos que hay esperanza, que hay Salvación y que si el Resucitó hay vida eterna.
    Pero no podemos seguir igual que los apóstoles, a los que no se les notaba la luz de Cristo en sus ojos, los que no desbordaron su alegría, ni en palabras ni en manifestaciones, que no fueron capaces de convencer a Tomás que el Señor había estado con ellos. A ejemplo de Tomás vamos a tocar, a sentir, a abrazar al Señor, para convencernos de que ha Resucitado, cómo?, buscándolo en su Palabra, en la oración, adoración, y así como nosotros creemos por la fe de los apóstoles, de lo que nos transmitieron en las Escrituras, vamos a contar, a convencer y a transmitir la Buena Nueva, la alegría y el gozo de la presencia del Señor Resucitado en nuestra casa, en nuestra vida, con las puertas abiertas, para todo el que quiera venir a ver y creer.

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