TERCER DOMINGO DE PASCUA

LOS VERDADEROS DISCÍPULOS DE EMAUS VAN A TESTIMONIAR TODO LO QUE HAN VIVIDO EN LA FRACCION DEL PAN.

“Llenos de miedo por la sorpresa, creían ver un fantasma” Lucas 24, 35-48

Después de la resurrección del señor continua entre los discípulos el miedo, la frustración y se hace necesario tener los ojos y el corazón abiertos para contemplar al Señor que ha partido a la casa de su Padre, pero se aparece a sus discípulos para llenarlos de paz y fortaleza.

La vida cristiana es de movimiento, no nos podemos quedar ni contentar con lo que tenemos, se hace necesario estar en continua búsqueda, no acomodarnos sino dejarnos llevarnos por el Espíritu del Resucitado para vivir nuevas experiencias.

El cristiano que se queda paralizado contemplado como un espectador a los actores del apostolado o de la vivencia cristiana necesita del Resucitado, de tocar, ver, sentir sus llagas y volver a sentir la paz que El nos trae.

La pandemia está ahondando la pasividad de la vida cristiana, nos está llevando a ser cada vez más espectadores. Pedimos el link de la Misa, para seguirla como espectadores desde nuestra casa, oficina, desde la ducha, la cama, la cocina, el estudio, el autobús…a como dé lugar, pero cada vez más estamos más lejos de ser fermento en la masa, de ser apóstoles, testigos del resucitado.

Los que hacen las normas de bio seguridad nos ven como un sector peligroso para el contagio: a no ser que ése mismo que firme la norma en contra de las procesiones, adoraciones Eucarísticas en los Santos Monumentos de Semana Santa, pero, cuando uno de los Diputados de la Asamblea Departamental le pide respetar lo mismo que el sanciona, salga a los medios a decir que estaban en una Misa. ¿Entonces los que estaban en esa Misa a quién fueron a sentir, ver, tocar? ¿Al resucitado?  ¿O a un hombre de poder que estaba cumpliendo un año más de vida?

La experiencia cristiana se está reduciendo a adorar a los hombres en nombre del que debe ser adorado, aquello que debería ser un encuentro con el Resucitado se manipula para hacer culto al difunto o al que cumple años, se le termina aplaudiendo al humano en nombre de la Deidad. El altar que prefigura el lugar santo, el trono de la gracia, una vez terminado el rito se convierte en el lugar donde se reparte el pudín endulzado con bastante mermelada.

¿Cristianos aún tenemos miedo de adorar al verdadero Señor, al que ha resucitado? ¿Qué más necesitamos? El nos ha mostrado sus llagas, la de sus manos, sus pies, la de su costado, nos sigue repitiendo: no tengan miedo y por su Gracia nos concede su Paz.

En la escena del Evangelio de este Domingo, los discípulos de Emaús narran a los once lo que había sucedido mientras que se dirigían hacia su aldea. Ellos habían experimentado cómo ardía su corazón en el momento de la fracción del pan. Narrar los sentimientos del corazón no es nada intelectual, no es nada conceptual, es un verdadero encuentro en donde se funciona lo humano y lo Divino, en donde se pierde la línea de lo terrenal para entrar en el campo de lo espiritual.

Para un hombre de la cultura de Emaús, de Galilea, narrar sus sentimientos es apostolado, es testimoniar, es sellar con su propia sangre, porque están dando a conocer que tuvieron un encuentro con aquél que martirizaron, que quisieron borrar de la faz de la tierra por haber trasgredido la ley del sábado, por haberse opuesto a la hipocresía de los jefes de lo religioso y de la pérdida de la dignidad causada por las leyes del Cesar. Ellos están metiéndose en problemas, ellos están prolongando la vida de uno que mataron y que muchos deben saber que no está muerto, ha resucitado.

En medio de ese verdadero apostolado de estos discípulos de Emaús frente a los once, aparece de nuevo el Señor Resucitado y los discípulos nuevamente experimentan el miedo, por lo tanto, El los saluda diciendo: ¡Paz a ustedes!

Ellos creían ver un fantasma, y el Señor les pregunta: ¿por qué hay dudas en su corazón? Miren, contemplen las llagas de mis manos y mis pies…Soy Yo, en persona. Tóquenme y mírenme, un fantasma no tiene carne ni huesos.

¿Hay algo de comer? Es la pregunta que el Señor les hace a sus discípulos después que ellos llenos de gozo descubren que es El, en verdad, ha resucitado. Ellos Le ofrecieron pescado asado y El lo tomó y lo comió delante de ellos.

Estamos frente al hecho histórico de la resurrección que nos lanza a experiencias nuevas. Si mantenemos nuestro horizonte cerrado y no nos atrevemos a ir más allá de lo que ya hemos vivido en la fe no podremos sentarnos a comer con el que ha resucitado.

No nos podemos detener en lo mismo de siempre o en lo que hemos escuchado de otros sino tener la experiencia del Resucitado hasta tal punto que podamos ir más allá. Em tiempos de resurrección necesitamos como cristianos incluso ser fastidiosos para los que maquinan en corrupción, en mentira, en los que usan la palabra solidaridad para tributar impuestos injustos e indignantes.

Nos hemos negado a ir más allá, a pensar y repensar nuestro horizonte de posibilidades. Somos víctima de los que piensan por nosotros, de los que acomodan las noticias de acuerdo al establecimiento de un nuevo orden mundial.

Tener la experiencia del Resucitado y con el Resucitado no es más que sentarnos a comer con El, sentir la alegría de nuestro corazón y poder testimoniar como los discípulos de Emaús aquello que estamos experimentado. El gozo de ser criaturas nuevas, renovadas que vivimos y existimos en una peregrinación, en camino hacia la casa del Padre con los pies puestos en la tierra de la casa común.  Así el cristiano dejará de ser un espectador mas de un contenido audiovisual que encuentra en las redes sociales para sentarse en verdad, gozarse de la cena del Resucitado que transforma nuestros miedos en una mesa llena de alegría y paz.

Para llegar a esto deberíamos pasar de la propuesta de tener comunidades eclesiales a vivenciarlas en verdad, fortaleciendo lazos de vida, de esperanza, de solidaridad, de análisis de la realidad y de resistencia a todo aquello que van en contra de los valores del Reino.

Necesitamos pagar el precio de la paciencia de los discípulos de Emaús en sus tres días eternos después de la resurrección para sentarse a comer con El. Construir comunidad de fe requiere de tiempo, de escucharnos, de crecer, de meditar y escudriñar la Palabra de Dios, sin prisas para ver a posteriori y gozarnos de la cena del Señor que nos trae su paz. Así el encuentro con el Resucitado nos llevará a testimoniar todo lo que hemos vivido al estilo de los verdaderos discípulos de Emaús.

Feliz Domingo.

Comentarios

  1. Los catolicos somos cobardes no defendemos nuestra fe.
    X q permitimos q se siga celebrando eucsristias a puerta cerrada mientras los centros comerciale y muchos lugares publicos se habren libremente no protestamos para defender nuestra fe.
    Si ya no podemos evangelizar ni a nuestros hijos x q nos dicen q para creer en Dios no hay necesidad de estar en el templo donde estan los sacerdotes para q si no nos escuchan a nosotros al menos con los templos haniertos entren a escuchar alos enviados de Dios sobre la tierra alos sacerdotes

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  2. Nosotros vivimos igual que los discípulos, hemos recibido la noticia de la Resurrección, pero seguimos con miedo, aún no nos hemos decidido aceptar la Paz, la luz, la fuerza y todo lo que el resucitado tiene para nosotros. Vivimos de momentos fugaces, al igual que ellos experimentamos el fuego del Señor en nuestro corazón solo cuando se nos manifiesta, pero cuando pasa la efusión volvemos a ser los mismos aburridos, apáticos, costumbristas e indiferentes. Que triste no querer aceptar vivir a luz del Resucitado, aquel que come con nosotros, que se hace cuerpo y sangre para acompañarnos en la mesa, con la alegría de volvernos a ver reunidos como comunidad, un Cristo que se muestra Vivo y Real en medio nosotros, al cual no hemos querido acercarnos, ni a tocar sus llagas, palpar sus heridas, y mucho menos de conocerlo de corazón y de convencernos que ha Resucitado por nosotros y para siempre. Testimoniar a los demás lo que hemos experimentado de manera muy honesta, hace arder el fuego del Señor en la tierra, pero vamos muy rezagados porque vivimos como si ni siquiera hubiésemos escuchado la noticia o el rumor de su regreso, por eso se hace necesario tener preparada nuestra casa, la mesa, la cena, es decir nuestra vida para que él Señor se siente y disponga de lo que cada uno puede ofrendarle y nos permita gozar de su presencia y su paz.

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