PERMANECER EN LA ZONA DE CONFORT NOS EMPOBRECE
Un día, al atardecer, dijo Jesús a sus
discípulos: «Vamos a la otra orilla.» Marcos 4,35-40
En nuestra vida se hacen necesarios los cambios, no podemos quedarnos instalados en las mismas situaciones, sino que hemos de estar en una continua dinámica, pasar a la otra orilla del lago aunque se corran riesgos, aunque no sea lo más cómodo.
En psicología se habla
de la zona de confort como un estado en el que la persona se siente segura:
conoce sus coordenadas espacio temporales y las controla. En la zona de confort
no se experimenta ansiedad ni miedo, pues no asume riesgos, pero tampoco crece.
En nuestra vida
cristiana solemos estar en una “zona de confort” y es muy fácil caer en ella,
especialmente si pertenecemos al rito Cristiano-Católico-Romano, pues tendemos
a ser más ritualistas que misioneros. El Papa Francisco teniendo en cuenta la
suficiente reflexión de la Iglesia en torno a la Misión Apostólica nos invita a
implementar una Iglesia en salida, es decir que no se quede en los ritos, sino
que tenga la capacidad de ir más allá de los atrios de los templos para entrar
en diálogo con las nuevas culturas y llevar el Evangelio a los confines del
Orbe.
San Pablo presentó el
Evangelio en el Areópago, éste es un Apóstol que no se instaló, cruzó fronteras
geográficas, culturales y religiosas para presentar a Cristo y su Evangelio. Al
inicio de la cristiandad el rito o la liturgia era fruto de la tarea evangelizadora,
de estar en salida.
El primer nombre que
recibieron los seguidores de Jesús fue "Los del Camino". Un nombre
realmente importante, porque eran el que se dieron ellos mismos.
"Cristiano" les fue dado por los otros, por los paganos de Antioquía.
Pasa lo mismo con
otros grupos que son conocidos por los nombres que le pusieron sus oponentes.
En cambio, los nombres dados por los componentes del mismo grupo son más
interesantes pues reflejan cómo se veían a ellos mismos. Y se veían en
camino.
Esta idea sugiere que
la fe en Cristo no es algo adquirido, estático, pasivo... sino más bien algo
dinámico, activo, en movimiento. Por supuesto que esta idea del
"camino" está inspirada en el propio Maestro. Jesús recorrió la
antigua Palestina "haciendo bienes" al decir del libro de
Hechos.
En su caminar se
encontró con toda clase de personas necesitadas. Y él era el caminante que
se tomaba tiempo para atenderles. Las necesidades eran múltiples en una época
de inmensa pobreza de la mayoría, la enorme riqueza de unos pocos, y un poder
opresor romano que condicionaba cada aspecto de la vida.
Los seguidores del
Maestro comprendieron que su vida era un llamado a seguirle por las rutas de
Galilea, lugar de necesidades.
Supieron que su vida
era camino. ¿No lo dijo él? "Yo soy el camino".
No entendieron que el
mundo tenía que venir a ellos. Sino que ellos se sentían llamados a ir al mundo
como su Maestro: para hacer bienes.
¿Somos nosotros
también "los del camino"?
Porque es un caminar
en pos de las huellas de Jesús, con esa actitud compasiva, con esa apertura a
todos, en ese espíritu de derribar barreras de todo tipo.
No olvidemos que ese
"movimiento de seguidores de Jesús", al igual que lo fue para él
mismo, es peligroso para la religión estática, la dogmática, la que busca
reconocerse al lado del poder político.
Caminar es la mejor
manera que tiene uno para sentirse vivo. Y hacerlo en el espíritu de Jesús, es
la mejor manera de hacer que otros vivan también.
San Marcos, en éste
Domingo nos presenta un hermoso pasaje del Evangelio en donde la escena está
cargada de emociones fuertes y de una invitación imperiosa del Señor: “pasemos
a la otra orilla”. Después que emprenden en sus embarcaciones el viaje a la
otra orilla, hay una fuerte tempestad, el miedo y la cobardía se apodera de
ellos. Desconfían de la presencia, aunque dormida del mismo que puede calmar la
tempestad.
El deseo del Señor
Jesús es pasar a la otra orilla, es decir a la otra parte del lago.
Históricamente al otro lado están los habitantes de la decápolis, es decir de
las diez ciudades paganas que Roma había mantenido oprimidas y que inicialmente
pertenecieron al pueblo de Israel , éste era un lugar a donde no se quería ir,
era un lugar visto con sospecha, un sitio habitado por paganos, lugar al que el
Señor Jesús quiere que sus discípulos vayan.
Al Igual que en el
Evangelio de éste Domingo, el Señor quiere que salgamos de nuestra zona de
confort para ir a correr riesgos a otros lugares existenciales. La misma
pandemia nos está exigiendo salir de nuestros nichos para iniciar nuevos
estilos de vida más saludables más amigables con la naturaleza.
Como cristianos, es
bueno que nos preguntemos de qué manera estamos caminando porque se hace
necesario pasar a la otra orilla, esto es lo que nos pide el Señor.
Bíblicamente es el
momento de confiar en el Señor que está en nuestra misma barca para pasar a la
otra orilla. El está en medio de las familias que han visto partir a sus seres
queridos hacia la patria celestial, víctimas del COVID, en medio de la agitada
situación política y social de nuestra patria, está ahí en nuestras familias,
en el momento de la tormenta. El no se ha bajado de nuestra barca, al
contrario, El sigue embarcado con nosotros.
Cuando decidimos pasar
a la otra orilla, no podemos llenarnos de cobardía ni de miedo, al contrario,
nuestra fe debe ser nuestro escudo y nuestra fortaleza. ¿Por qué tener miedo si
el Señor está ahí con nosotros?
Es más peligroso
quedarnos estáticos, en nuestra zona de confort, en nuestra orilla sin
aventurarnos a ir a la otra orilla, a encontrarnos con situaciones nuevas. La
falta de dinámica en nuestra Iglesia nos está empobreciendo en la misión propia
del bautizado.
Cuando abandonamos nuestra orilla, nuestra zona de confort, de inmediato viene la tempestad, porque todo cambio en nuestra vida implica adaptaciones, sortear lo que venga; puede ser que la tempestad nos lleve al miedo de no ser capaces de superar. Porqué hay tempestad? Porque el lago está en movimiento, hay nuevos vientos, hay tempestad porque no estamos muertos, hay una manera nueva de ser, de vivir, de actuar.
Al Señor Jesús le
importa que lo intentemos, por eso nos dice: vamos a la otra orilla. Nos dice
san Marcos que el viento sopla fuerte, pero con la misma fuerza del viento, el
Señor se incorpora y grita calmando la tempestad. No tengamos miedo que entre
mas fuerte sea la tempestad, con mayor fuerza el Señor actuará a favor nuestro.
Feliz Domingo.
Sady Daniel Pbro.
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