El Domingo de la pasión en clave de Eucaristía, según San Lucas.

Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas (22,14–23,56)

En el Domingo de Ramos se lee la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, según la Liturgia de la Iglesia Católica Romana. La versión del relato de la pasión que hoy se nos propone es la de Lucas.

En la Arquidiócesis de Bucaramanga tenemos un tema transversal para hacerlo resinar en esta Semana Santa: La Santa Eucaristía. Vale la pena hacer una relectura desde la misma institución de la Eucaristía según San Lucas.

Lucas en su Evangelio nunca deja pasar la oportunidad de resaltar la bondad y la misericordia de Jesús. Lo hace incluso durante la pasión.

Todos sabemos de memoria el relato de la institución de la Eucaristía que oímos en cada celebración eucarística, pero tal vez no todos sepan que sólo Lucas refiere el mandato del Señor: «Hagan esto en memoria mía» (Lc 22,19).

Jesús ha querido, sin lugar a dudas, que el rito de la fracción del pan y el compartir el cáliz fuera repetido a lo largo de los siglos por las comunidades cristianas; sus palabras no son solamente una invitación a repetir su gesto litúrgicamente. Para Jesús, la «fracción del pan» tiene un extraordinario valor simbólico: en él ha querido que quedara resumida y representada toda vida, rota y entregada a los hombres.

«Hagan esto en memoria mía» es una invitación a hacer nuestra su elección. Sólo quien ha entrado en esta lógica del Maestro, sólo quien, como él, parte la propia vida para los demás puede «partir el pan de la Eucaristía» con pureza de corazón. De lo contrario la repetición del gesto litúrgico se reduce a un rito vacío y, a veces, incluso hipócrita.

 ¿Cuál es la enfermedad, el cáncer que destruye nuestras comunidades? Es el deseo irrefrenable de ocupar los primeros puestos, de ser superiores, de dominar, de imponerse a los demás, de acaparar privilegios y títulos honoríficos. Es esta pasión la que provoca envidias, críticas, chismorreos mezquinos, divisiones, discordias entre cristianos.

Esta enfermedad no es de hoy. Los Evangelios narran varios incidentes desagradables de frecuentes y mezquinas discusiones entre los apóstoles, deseosos de definir las preferencias, de establecer quién entre ellos sería era el más grande. No estaban dispuestos de ninguna manera a aceptar propuesta del Maestro: hacerse pequeños, descender al último puesto, ponerse al servicio de los más pobres, convertirse en esclavos de los demás.

¿Cómo hacer comprender a los cristianos que esta enseñanza de Jesús es la ley fundamental sobre la que se basa la comunidad? A Lucas se le ocurre una idea: presentar este tema en la última cena (cf. Lc 22,24-27). Colocadas en este contexto, las palabras del Maestro adquieren un valor especial: se convierten en su testamento, en su última voluntad; deben ser consideradas, por lo tanto, como sagradas e inviolables. ¿Quién de nosotros se atrevería a no cumplir lo que le pide su padre antes de morir?

Después de la institución de la Eucaristía, dice Lucas, los apóstoles comenzaron a discutir entre sí porque cada uno quería ser el primero. Jesús, entonces, tomó la palabra y explicó que, en la nueva comunidad, la autoridad no debe ser entendida según los criterios de este mundo. ¿Qué hacen los líderes de las naciones? Detentan el poder, mandan sobre los demás, acumulan dinero, exigen el máximo respeto, reclaman privilegios, aviones personales. ¡Esto no debe ocurrir en la iglesia! En ésta, la autoridad es solo servicio. Nótese bien: servir no significa decidir en nombre de los demás, imponer la propia forma de pensar, obligar a otros a hacer lo que uno piensa que es correcto. Esto es también una forma de dominio. Servir significa ocupar verdaderamente el último puesto, respetar, dialogar, comprender, encontrar para cada uno un ministerio a desarrollar con alegría en favor de los hermanos y hermanas.

La palabra agonía significa para nosotros los últimos momentos que preceden a la muerte. Su significado etimológico, sin embargo, es diferente. Indica lucha, la competición de los atletas y es en este sentido que viene utilizada en el relato evangélico.

 Desde el principio de su vida pública, Jesús ha entablado combate con las fuerzas del mal, con satanás y ha vencido. Pero la lucha no terminó con del primer asalto. Lucas señala que «concluida la tentación, el diablo se alejó de él hasta otra ocasión” (Lc 4:13).

 Y así fue. De hecho, al comienzo de la historia de la pasión el enemigo regresa para el asalto final: «la fiesta de los panes sin levadura se acercaba… Entonces Satanás entró en Judas». Las fuerzas del mal se encarnan en uno de los doce apóstoles y desencadenan la ofensiva.

Jesús, como todo lo atleta antes de la competición, debe prepararse y, Lucas, más que los otros evangelistas, señala la forma en que lo hace: con la oración. El relato de la agonía comienza con la recomendación de Jesús a los discípulos: «Oren para no caer en la tentación», luego continúa: «se apartó de ellos como a la distancia de un tiro de piedra, se arrodilló y oraba”… Una vez entrado en agonía, oraba más intensamente… Después, se incorporó y dijo a los discípulos: “levántense y oren” (Lc 22:39-46). Esta insistencia sobre la oración tiene como objetivo, según Lucas, enseñar a todos los cristianos cómo se alcanza la victoria.

En este contexto Lucas introduce algunos detalles significativos. Dice, ante todo, que «se (le) apareció un ángel del cielo que le dio fuerzas» (v. 43). Es el efecto de la oración. Cuando la Biblia habla de ángeles no hay que pensar inmediatamente en seres espirituales que toman forma humana. A menudo indican una revelación de Dios en lo más íntimo de la persona. En Getsemaní Jesús fue tentado de escapar y de elegir caminos contrarios a los trazados por el Padre. La oración, el diálogo con el Padre, le ha hecho comprender el significado y el valor de su muerte. Ha pedido que  apartara de él cáliz y su oración ha sido oída: no se le ha ahorrado el sufrimiento, no ha sido librado de la muerte, sino que ha sido iluminado y, sostenido por el Espíritu,  ha dado su adhesión incondicional al Padre.

Lucas quiere decir a todo discípulo que, para no ser vencidos por la tentación, para superar la debilidad y fragilidad humanas, es necesario orar «intensamente», como el Maestro. Siempre en este contexto de la preparación de Jesús para la prueba inminente, Lucas, el médico, señala otro detalle: «en medio de la angustia, oraba más intensamente. Le corría el sudor como gotas de sangre cayendo al suelo” (v. 44). La interpretación tradicional explica este hecho como efecto del desaliento de Jesús. Pero esta explicación no tiene sentido después del consuelo que recibió del ángel. El fenómeno (hematohidrosis), conocido ya en la antigüedad, tiene para el evangelista un significado ligado a la lucha deportiva: Indica la tensión del atleta ante la proximidad de la competición. Lucas nos quiere decir que Jesús está totalmente concentrado, en plena tensión, suda, tiembla. Sabe que está a punto de enfrentarse a «un hombre fuerte y bien armado», pero también sabe que él es infinitamente más fuerte (Lc 11,21-22).

 La reacción instintiva ante un agresor que viene a matar es la autodefensa. Si nos enteramos de que un mafioso ha salido malparado en una reyerta, nos alegramos y hasta nos duele que alguien lo haya protegido de ser linchado.

La reacción contra un agresor es espontánea, comprensible y, desde el punto de vista humano, también justificada. En el huerto de los olivos, los apóstoles no dudan en ponerla en práctica. Para evitar el abuso de poder, la violencia, la injusticia, lo primero que piensan es echar mano a la espada. La frase: “Señor, ¿herimos a espada?”, en el texto original no se presenta como pregunta, sino como una decisión tomada: «Señor, ¡es hora de desenvainar la espada!». Y, de hecho, antes de esperar el parecer del Maestro, uno de ellos le corta de un mandoble la oreja derecha al siervo del sumo sacerdote (cf. Lc 22,49-51).

Jesús interviene y reprende severamente a Pedro por acción tan descabellada. Entonces –y este es el detalle que sólo menciona Lucas– Jesús atiende al herido y lo sana (cf. Lc 22,51). El mensaje que el evangelista quiere dar es claro: el discípulo no sólo no puede agredir a persona alguna, sino que siempre debe estar dispuesto a remediar los problemas causados ​​por otros. Jesús se preocupa de quien le ha hecho daño y que, quizás, continúe haciéndoselo.

El cristiano tiene adversarios; no puede menos de tenerlos porque, igual que el Maestro, tiene que enfrentarse, incluso de forma decidida y dura, con quienes toman decisiones de muerte, con quienes deforman el rostro de Dios, con quienes se empeñan en llevar adelante proyectos inaceptables e inicuos para el ser humano y para la sociedad. Pero el cristiano no tiene enemigos. El enemigo es aquel que debe ser aniquilado, aplastado, humillado, eliminado. Al adversario no se le destruye, sino que se le confronta para ayudarlo a crecer, a liberarse de sus esclavitudes. Las armas son utilizadas por quienes tienen enemigos que derrotar, no por aquellos cuya única misión es la de transformar a los adversarios en hermanos.

Un poco más adelante encontramos otro detalle conmovedor.

Como Marcos y Mateo, Lucas también dice que, después de haber negado al Maestro en casa del sumo sacerdote, Pedro salió y rompió a llorar. Sólo Lucas, sin embargo, observa que el Señor “se volvió y miró a Pedro” (Lc 22,61-62) y el verbo griego que usa no es blepo (ver) sino emblepo (mirar en el interior).

 La mirada de Jesús es conmovedora: no es reproche, sino gesto de comprensión por la debilidad de su discípulo. Nosotros nos detenemos en lo externo, en el gesto cobarde y en la vileza de las palabras de Pedro. Jesús, como suele hacer, mira adentro, ve el corazón de su discípulo y comprende su comportamiento cobarde y pusilánime, pero sabe que Pedro, en el fondo, lo ama y desea seguir siéndole fiel. Resaltando esta mirada, Lucas indica a los cristianos de todos los tiempos cómo deben ser consideradas las propias fragilidades y las de los hermanos: tienen que ser miradas con los ojos de Jesús; ojos que infunden confianza y renuevan la esperanza, ojos que descubren, incluso en el más grande pecador, una chispa de amor capaz de  ayudarle a comenzar de nuevo.

 Durante la pasión, los discípulos no dan una buena imagen de sí mismos: Judas traiciona, Pedro niega, todos huyen (cf. Mc 14,50). Todos los evangelistas resaltan este vil comportamiento. Sólo Lucas intenta atenuar la responsabilidad de los apóstoles. No menciona la huida, es más, dice que, en el Calvario, «todos sus conocidos se mantuvieron a distancia» (Lc 23,49). No refiere el reproche de Jesús a Pedro: «Simón, ¿duermes? ¿No podías permanecer despierto durante una hora?» (Mc 14,37). Incluso busca una excusa para explicar su sueño: estaban “dormidos de tristeza» (Lc 22:45).

Lucas es el ejemplo del pastor de almas que, sin justificar el pecado, lo comprende, lo atribuye a la ignorancia, a la miseria humana que a todos nos aúna en la culpa. No hace hincapié en el error cometido, no se lo echa en cara porque sabe que quien es humillado y avergonzado, quien no se siente acogido y respetado a pesar de sus debilidades, termina peligrosamente replegándose sobre sí mismo y cerrándose a toda posibilidad de recuperación.

 Ha habido mártires que murieron despreciando a los que los mataban e invocando sobre ellos la venganza del cielo: «¡No te vas a quedar sin castigo” –dice uno de los hermanos Macabeos a su verdugo (2 Mac 7,19)!

El discípulo de Cristo no conoce este lenguaje, no impreca, no maldice, no pide castigos contra los que le hacen mal (cf. Lc 6,27-36). Incluso en los momentos más dramáticos solamente salen de su boca palabras de amor.

Esta actitud es la única compatible con la del Maestro. Él –dice Pedro en su carta a los cristianos perseguidos de su comunidad– «cuando era insultado no respondía con insultos, padeciendo no amenazaba» (1 P 2,23).

 En el relato de la pasión, Lucas escribe una frase que todo discípulo tiene que tener presente cuando sea llamado a soportar injusticias, abusos, acosos. Sólo Lucas recuerda que, momentos antes de expirar en la cruz, Jesús saca fuerza de flaqueza para dirigirse a Dios: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34). No se refería a los soldados, ocupados en repartirse su ropa, sino a los verdaderos culpables de su muerte: las autoridades religiosas de su pueblo. Jesús no se limita a ordenar a sus discípulos que perdonen siempre y sin condiciones, sino que ha enseñado con el ejemplo. Será imitado por el primer mártir, Esteban, quien, a punto de caer en tierra por las piedras lanzadas contra él, gritará en voz alta: «Señor, no les tengas en cuenta este pecado» (Hch 7,60).

Hay otro episodio que sólo Lucas refiere: el encuentro de Jesús con Herodes, el hijo del famoso Herodes el Grande quien, por miedo a perder el poder, había ordenado la matanza de los Inocentes (cf. Mt 2,16). Ni hábil político ni maníaco como su padre, Herodes-hijo no era más que un corrupto, un débil, un hombre sin personalidad. Había oído hablar de Jesús y de sus milagros. Quizás se imaginaba que era un brujo, un adivino, un experto en las artes ocultas. Cuando, durante la pasión, Pilato se lo envía para saber su opinión acerca de las acusaciones en su contra, se alegra inmensamente. Acaricia la esperanza de ver algún milagro. Jesús no dijo ni media palabra. ¿Cómo así?

Son significativas las alusiones a los estados de ánimo del tirano: primero siente una «gran alegría» (v. 8), después, tras la decepción por no conseguir lo que esperaba (v. 9), pasa al insulto y, finalmente, al escarnio (v. 11). El verbo griego traducido como insultar significa realmente ningunear. Para Herodes, a quien solo le interesaban los milagros (cf. Lc 9,9), Jesús ya no cuenta para nada.

Lucas quiere advertir a quienes están interesados en Jesús sólo como hacedor de prodigios que no van a recibir ninguna respuesta. No encontrarán lo que buscan porque Jesús no se presta a este juego. El cristianismo es el lugar de la escucha de la palabra, es la religión del amor y del don de la vida por el hermano, no un mercado de milagros. Jesús llama a quienes piensan de esta manera: «gente perversa y adúltera» (Mt 16,4).

 Lucas es el que, más que ningún otro, habla de las mujeres que acompañaban al Maestro durante su vida pública (cf. Lc 8,1-3). También es el único que dice que, a lo largo del camino hacia el Calvario, Jesús se encuentra con un grupo de mujeres que lloran y se dan golpes de pecho (cf. Lc 23,27-31). Ellas no son responsables de lo que está sucediendo, lloran por las culpas de otros. Resaltado este detalle, Lucas quiere, una vez más, asumir la defensa de los débiles, de los que pagan las consecuencias de los pecados ajenos. Unos, los poderosos, son los que provocan desastres, desencadenan guerras, siembran la violencia y otros, los débiles como las mujeres del relato, quienes siempre sufren las consecuencias, quienes lloran.

 Todos los evangelistas dicen que Jesús fue crucificado junto a dos bandidos. No eran ladrones de poca monta, sino delincuentes, asesinos. Mateo y Marcos refieren que ambos ultrajaban a Jesús. Lucas, sin embargo, narra el hecho de manera diferente. Dice que uno lo injuriaba, pero el otro no, es más, reprochaba a su compañero y, llamando a Jesús por su nombre, le pidió: «Jesús, cuando llegues a tu reino acuérdate de mí». El Señor, ya moribundo le respondió: «Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso».

Al comienzo del Evangelio de Lucas, Jesús aparece entre los pastores: los últimos, los despreciados, los impuros de Israel.

Después transcurre su vida pública entre publicanos, pecadores y prostitutas.

Al final, no son los santos con quienes muere. También al final, como era de esperar, se encuentra entre los que más amaba: los pecadores. En la cruz, tiene a su lado a dos pobres diablos a quienes todo les salió torcido en la vida. Jesús ha venido de Dios, ha cumplido su peregrinación en esta tierra y ahora vuelve al Padre. Regresa con uno que representa a todos los hombres: un pecador recuperado por su amor.

Durante esta Semana Santa podremos vivir como discípulos del Señor en nuestra Comunidad sin dejar la cruz, sino llevándola hasta la Resurrección.

Feliz Semana Santa.

 

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