El Domingo de la Santísima Trinidad, Dios Comunidad.

 Evangelio: Juan 16,12-15

 En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Muchas cosas me quedan por decirles, pero ahora no pueden comprenderlas. 16,13: Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, los guiará hasta la verdad plena. Porque no hablará por su cuenta, sino que dirá lo que ha oído y les anunciará el futuro. 16,14: Él me dará gloria porque recibirá de lo mío y se lo explicará a ustedes. 16,15: Todo lo que tiene el Padre es mío, por eso les dije que recibirá de lo mío y se lo explicará a ustedes. – Palabra del Señor 

REFLEXION: 

 En este Domingo la Iglesia nos propone el Evangelio de San Juan en el capítulo 16 del versículo 12 al 15 posterior a la fiesta de Pentecostés en la fiesta solemne de la Santísima Trinidad.  Hace ocho días celebrábamos a la tercera persona del Dios Trino y en este Domingo celebramos a las tres personas en un solo Dios. También conocido como el Dios comunidad.

Es la quinta vez que en el Evangelio de Juan Jesús promete enviar al Espíritu y afirma que será éste el que lleve a cumplimiento el proyecto del Padre. Sin su acción, los hombres no podrían recibir la salvación. El pasaje comienza con las palabras de Jesús: “Muchas cosas me quedan por decirles pero ahora no pueden comprenderlas” (v. 12). Estas palabras sugerirían la idea de que Jesús, habiendo vivido con sus discípulos pocos años, no ha tenido la posibilidad de trasmitirles todo su mensaje; y así, para no dejar incompleta su misión, interrumpida bruscamente por la muerte, habría enviado al Espíritu Santo a anunciar lo que aún faltaba.

 No es este el significado. Jesús les ha dicho claramente que no tiene otras revelaciones que hacer: “A ustedes…les he dado a conocer todo lo que escuché de mi padre” (Jn 15,15) y en el evangelio de hoy dice que el Espíritu no añadirá nada a lo que él les ha dicho: “No hablará por su cuenta, sino que dirá lo que ha oído…y se lo explicará a ustedes (vv. 13-14). No tendrá la tarea de completar o ampliar el mensaje sino la de iluminar a los discípulos para hacerles comprender de manera correcta lo que el Maestro ha enseñado. La razón por la que Jesús no explica todo, no es por falta de tiempo sino por la incapacidad de sus discípulos de “soportar el peso” de su mensaje. ¿De qué se trata? ¿Cuál es este peso insoportable?

 El peso de la cruz. Los razonamientos y explicaciones humanas nunca podrán llegar a entender que el proyecto de salvación de Dios pasa por el fracaso, la derrota, la muerte de su Hijo a manos de los impíos; es imposible entender que la vida solo se logra pasando a través de la muerte, del don gratuito de sí. Esta es la “verdad total”, muy pesada, imposible de soportar sin la ayuda del Espíritu.

En la primera lectura hemos considerado el proyecto del Padre en la creación; en la segunda, se nos ha explicado que este proyecto viene realizado por el Hijo, pero no sabíamos todavía que el camino que lleva a la salvación nos perecería a los hombres no solo extraño, sino incluso absurdo. Es ésta la razón por la que es necesaria la obra del Espíritu. Solo su impulso puede producir nuestra adhesión al proyecto del Padre y a la obra del Hijo.

 Les anunciará el futuro (v.13). No basta leer lo que está escrito en el Evangelio, es necesario aplicarlo a las situaciones concretas del mundo de hoy. Los discípulos de Cristo no se engañarán nunca en estas interpretaciones si siguen los impulsos del Espíritu, porque Él es el encargado de guiar hacia “la verdad plena” (v. 13).

¿A quién se revela el Espíritu? Todos los discípulos de Cristo son instruidos y guiados por el Espíritu: “Ustedes conserven la unción que recibieron de Jesucristo y no tendrán necesidad de que nadie les enseñe…Lo que les enseñé consérvenlo” (1 Jn 2,27).

En los hechos de los Apóstoles, un episodio muestra el modo y el contexto privilegiado en que el Espíritu ama manifestarse. En Antioquía, mientras los discípulos están reunidos para el culto del Señor, el Espíritu “habla”, revela sus proyectos, su voluntad, sus decisiones (cf. Hch 13,1-2). Oración, reflexión, meditación de la Palabra, diálogo fraterno, crean las condiciones que permiten al Espíritu revelarse. Él no hace llover milagrosamente del cielo las soluciones, no reserva sus iluminaciones a algún miembro privilegiado de la comunidad, no substituye al esfuerzo humano, sino que acompaña la búsqueda apasionada de la voluntad del Señor que los discípulos realizan juntos. Esta es la razón por la que en la iglesia primitiva cada uno era invitado a compartir con los hermanos lo que durante el encuentro comunitario el Espíritu le sugería para la edificación de todos (cf.1 Cor 14).

Él me dará gloria (v. 14). Glorificar no quiere decir aplaudir, exaltar, incensar, magnificar. Jesús no tiene necesidad de estos honores. Es “glorificado” cuando se actúa el proyecto de salvación del Padre: cuando el malvado se convierte en justo, el necesitado recibe ayuda, el que sufre encuentra alivio, el desesperado descubre la esperanza, el tullido se alza, el leproso queda limpio. Jesús ha glorificado al Padre porque ha llevado a cabo la obra de salvación que le había encomendado.

 El Espíritu a su vez glorifica a Jesús porque abre las mentes y los corazones de los hombres a su Evangelio, les da fuerza para amar incluso a los enemigos, renueva las relaciones entre las personas y crea una sociedad fundada sobre la ley del amor. He aquí la gloria del Padre, del Hijo y del Espíritu: un mundo en el que todos seamos sus hijos y vivamos felices.

 

 

Comentarios

  1. Gracias por su ayuda para entender el misterio de la Santísima Trinidad

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