El Domingo del milagro de la generosidad.
Evangelio:
Lucas 9,11b-17
11Jesús recibió
a la multitud y les hablaba del reino de Dios y sanaba a los que lo
necesitaban. 12Como caía la
tarde, los Doce se acercaron a decirle: “Despide a la gente para que vayan a
los pueblos y campos de los alrededores y busquen hospedaje y comida; porque
aquí estamos en un lugar despoblado”. 13Les contestó:
“Denle ustedes de comer”. Ellos contestaron: “No tenemos más que cinco panes y
dos pescados; a no ser que vayamos nosotros a comprar comida para toda esa
gente”. 14Los varones
eran unos cinco mil. Él dijo a los discípulos: “Háganlos sentar en grupos de
cincuenta”. 15Así lo
hicieron y se sentaron todos. 16Entonces tomó los cinco panes y los dos pescados, alzó la vista al
cielo, los bendijo, los partió y se los fue dando a los discípulos para que se
los sirvieran a la gente. 17Comieron todos
y quedaron satisfechos, y recogieron los trozos sobrantes en doce canastas.
REFLEXION:
La liturgia de la Iglesia nos presenta
en éste Domingo 19 de junio la solemnidad del Corpus Christi o el Cuerpo de
Cristo, que antes de la ley Emiliano la celebrábamos el jueves después de la fiesta
de la Santísima Trinidad. Hablar del Corpus es hablar de la Eucaristía o
aquello que coloquialmente le denominamos Misa.
Hay muchos modos de explicar qué es la Eucaristía. Pablo selecciona uno: narra, como hemos visto, su institución durante la Última Cena. Lucas elige otro: toma un episodio de la vida de Jesús, el de la multiplicación de los panes, y lo relee desde una óptica eucarística. Es decir, lo utiliza para hacer comprender a los cristianos de sus comunidades qué significado tiene el gesto de partir el pan que ellos repiten regularmente, todas las semanas, en el día del Señor.
Si el pasaje del evangelio de hoy se
lee como crónica detallada de un hecho, nos encontraremos con una serie de
dificultades: no se comprende, en primer lugar, qué hacen cinco mil hombres en
un lugar desierto (v. 12), ni sabemos de dónde pudo venir tanta gente (v. 14).
Es asimismo extraño que también los peces sean despedazados (v. 16) o de dónde
salieron las doce cestas para las sobras… ¿Las trajo vacías la gente? La
comida, por otra parte, ha tenido lugar al caer de la tarde (v. 12) y uno se
pregunta cómo se las arreglarían los Doce, en la oscuridad, para poner orden
entre tanta gente y repartirles después los panes y los peces.
Evidentemente no estamos ante un
reportaje y carece, por tanto, de sentido preguntarse cómo sucedieron
exactamente los hechos porque es difícil establecerlo. El evangelista ha
desarrollado una reflexión teológica tendiendo como trasfondo un acontecimiento
de la vida de Jesús. A nosotros, más que saber lo que pasó, nos interesa captar
el mensaje que quiere transmitirnos.
Comencemos por el primer versículo (v.
11) que, desafortunadamente, no viene completo en nuestro Leccionario.
Retomemos la parte que falta: “Jesús los recibió (a la
multitud) y les hablaba…”. Solo Lucas dice que, cuando la
multitud llegó a Betsaida, “Jesús los recibió y les hablaba del reino
de Dios”. Se ha retirado aparte con sus discípulos, buscando quizás un
momento de quietud; pero la gente, necesitada de su palabra y de su ayuda, lo
sigue hasta donde estaba y Él los recibe, les anuncia la Buena
Noticia del reino de Dios y cura a los enfermos. Recibir significa
prestar atención, dejarse envolver por las carencias de los demás, mostrar
interés por sus necesidades materiales y espirituales.
En este primer versículo, la referencia
a la celebración eucarística es evidente: la liturgia del día del Señor
comienza siempre con el gesto del celebrante que recibe a la comunidad, le da
la bienvenida, le desea paz y le anuncia el reino de Dios. Como
Jesús, también el celebrante recibe a todos. Bienvenidos son los buenos y
bienvenidos son los pecadores, los enfermos, los débiles, los excluidos,
quienes buscan una palabra de esperanza y de perdón; a nadie se le cierra la
puerta.
También Pablo, al concluir el capítulo
sobre la Eucaristía del que se ha sacado el pasaje de la segunda lectura de
hoy, recomienda esta bienvenida a los cristianos de Corinto: “Así,
hermanos míos, cuando se reúnan para la cena, espérense unos a otros” (1
Cor 11,33). En el v.12 se indica la hora en la que Jesús
distribuye su pan: caía la tarde.
‘Caía la tarde’ es una indicación
preciosa y conmovedora al mismo tiempo. La encontramos también en el relato de
los discípulos de Emaús: “Quédate con nosotros, dicen los
discípulos al compañero de viaje, que se hace tarde y el día se acaba” (cf.
Lc 24,29). Este detalle nos informa sobre la hora en que, el sábado por la
tarde, se celebraba la Santa Cena en las comunidades de Lucas.
El lugar desierto (v. 12) tiene también un significado
teológico: recuerda el camino del pueblo de Israel que, habiendo dejado la
tierra de la esclavitud, se ha puesto en marcha hacia la tierra prometida
siendo alimentado con el maná durante su travesía del desierto.
Jesús ordena a los Doce dar de comer a
la muchedumbre (vv. 12-14). La primera reacción de los
Doce es de estupor, sorpresa, sensación de haber sido llamados para una tarea
inmensa, absurda, imposible. Sugieren una propuesta que contradice el gesto de
bienvenida con que Jesús ha recibido a la muchedumbre; los discípulos, en
cambio, quieren deshacerse de la gente, enviarla a casa, alejarla,
dispersarla…y que cada uno se las arregle como pueda.
No se dan cuenta del don que Jesús va a
poner en sus manos: el Pan de la Palabra y el Pan de la Eucaristía. No
comprenden que su bendición multiplicará al infinito este alimento que sacia
todo hambre: el hambre de felicidad, de amor, de justicia, de paz, de descubrir
el sentido de la vida, el ansia de un mundo nuevo. Se trata de carencias tan
vitales e irrefrenables que, a veces, empujan a llenarse del alimento que no
sacia, que incluso puede acentuar el hambre o provocar náusea. Por eso el
Maestro insiste: el mundo está esperando alimento de ustedes: denles
ustedes de comer.
Su Palabra es un pan que se multiplica
milagrosamente: quien recibe el Evangelio alimentando con él la propia vida,
quien asimila la Persona de Cristo comiendo Pan eucarístico, siente a su vez la
necesidad de hacer participar a los demás del propio descubrimiento y de la
propia alegría y de comenzar a distribuir, también ellos, el pan que ha saciado
su hambre. Se inicia así un proceso imparable de compartir… y las doce cestas
estarán siempre llenas y preparadas para recomenzar la distribución. Mientras
más aumenten aquellos que se alimentan del Pan de la Palabra de Dios y de la
Eucaristía, más se multiplica el pan distribuido a los hambrientos.
El v. 14 indica un detalle curioso:
Jesús no quiere que su alimento sea consumido en solitario, cada uno por cuenta
propia, como se hace en un auto-servicio. Tampoco hay que favorecer los grupos
demasiado grandes porque las personas no se conocen entre sí, no pueden
establecer relaciones de amistad, de ayuda mutua, de hermandad.
En tiempos de Lucas el número ideal de
miembros de una comunidad era probablemente alrededor de cincuenta. Recordemos
que, en los primeros siglos, la Eucaristía no se celebraba en iglesias (no se
podían construir iglesias porque el cristianismo no estaba aún reconocido por
el Imperio romano) sino en alguna sala grande (cf. Hech 2,46) de casas
particulares, por lo que el número de participantes era necesariamente
limitado. Podría ser que una de las razones de la pereza, frialdad, falta de
iniciativa de algunas de nuestras comunidades cristianas de hoy sea
precisamente el número elevado de participantes.
En el Nuevo Testamento solo Lucas usa,
hasta cinco veces, el verbo griego kataklinein, “reclinarse a la
mesa’” (v. 15). Señalaba la posición de los hombres libres cuando participaban
de un banquete solemne. Los israelitas se reclinaban así alrededor de los
alimentos de la cena pascual. Resulta impropio emplear este verbo en una
situación como la descrita en el evangelio de hoy, es decir, referido a gente
que se encuentra en el desierto, al aire libre y que habitualmente se sienta
con las piernas cruzadas. Si Lucas emplea esta expresión, lo hace por un motivo
teológico: para aludir a otra comida, a la de la comunidad cristiana sentada
alrededor de la mesa eucarística conformada por personas libres.
La fórmula con que se describe la
multiplicación de los panes nos es conocida: “Tomó los panes (y
los pescados) alzó la vista al cielo, los bendijo, los partió y se los
fue dando… (v. 16). Son estos también los gestos realizados por el
sacerdote en la celebración de la Eucaristía (cf. Lc 22,19). Parece como si
Lucas estuviera profanando un poco las palabras del acto sacramental,
confundiendo las cosas de la tierra con las del cielo, las necesidades
materiales con las del espíritu. ¿No es peligrosa para la fe esta ‘mezcolanza’
de materia y espíritu? Peligroso es justamente lo contrario: desligar la
Eucaristía de la vida de los hombres, elevarla a las nubes. Son una mentira las
Eucaristías que no celebran también el empeño concreto de toda una comunidad
para que se multiplique el pan material, de modo que todos puedan comer y que
aun sobre. La comunión de bienes está representada en la Eucaristía por el
Ofertorio. Es éste el momento en que cada miembro de la comunidad presenta su
oferta generosa para que sea distribuida entre los necesitados.
Nos preguntamos frecuentemente: ¿Qué
ocurrió con los peces? Pues toda la atención parece concentrada en los panes.
De hecho, también los peces son, extrañamente, ‘troceados’ y distribuidos
juntamente con el pan (v. 16). En las comunidades del tiempo de Lucas el pez se
había convertido en símbolo de Cristo. Las letras que componen la palabra
griega ichthys (pez) se habían convertido en el acróstico
«Jesús, Cristo, Hijo de Dios, Salvador». El pez es Jesús mismo
convertido en alimento en la Eucaristía.
Los partió y se los dio a los discípulos
para que los distribuyeran a la multitud. Los discípulos no son los maestros,
los dueños de este pan, pero son sirvientes cuyo trabajo es distribuir este pan
a la multitud. No les corresponde a ellos decidir quién es digno y quién no de
tomar este pan, de participar o no de esta mesa, su tarea es solo repartir.
Destaca la omisión de un rito muy importante
en la comida judía: la purificación. ¿Por qué Jesús no pide a la multitud que
se purifique para ser dignos de comer este almuerzo? El evangelista anticipa
que es la gran novedad de Jesús: mientras la religión enseña que el hombre debe
purificarse para ser digno para acoger al Señor, con Jesús es acoger al Señor
lo que lo purifica y lo hace digno de él.
El evangelista concluye: Todos comieron
hasta saciarse. Cuando compartes, hay abundancia para todos.
Y recogieron los pedazos que sobraron en
doce canastas. ¿Por qué doce? Doce es el número de tribus que componen Israel.
El evangelista quiere decir que al compartir los panes se resuelve el problema
del hambre. Mientras la gente acumule para sí, se guardan para sí, entonces
habrá injusticia y hay hambre, cuando lo que se tiene no se considera como exclusivamente
propio, sino que se comparte para multiplicar la acción creadora del Padre, se
crea saciedad y abundancia. Ahí está el milagro de la Eucaristía, fiesta del
compartir, de la generosidad, y de ser verdaderamente hermanos.
Hoy es el día para que nos preguntemos
acerca de nuestra relación con el Señor Jesucristo que se hace presente en la
Eucaristía. ¿Hacemos parte de una comunidad viva y alegre en donde celebramos
como hermanos? ¿O pagamos para estar solos de manera pasiva, casi que
impersonal para que nos nombren a nuestro familiar muchas veces y así cumplir
con el rito? Necesitamos estar dispuestos a volver a vivir el milagro participando
activamente como hermanos, llevando nuestros panes y peces para ponerlos en la
mesa común y así salir con las manos llenas porque nuevamente el Señor
multiplicará lo que llevemos a la Eucaristía.
Feliz Domingo de la Eucaristía.
Sady Daniel Pbro.
Wow, que explicación tan profunda, la verdad nunca había captado el sentido de ese evangelio de manera tan amplia y clara. Gracias 🙏
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