El Domingo para regresar a dar gracias al Señor Jesús.

 Evangelio: Lucas 17,11-19

En aquel tiempo, yendo Jesús de camino hacia Jerusalén, atravesaba Galilea y Samaria. 17,12: Al entrar en un pueblo, le salieron al encuentro diez leprosos, que se pararon a cierta distancia 17,13: y alzando la voz, dijeron: –Jesús, Maestro, ten piedad de nosotros. 17,14: Al verlos, les dijo: –Vayan a presentarse a los sacerdotes. Mientras iban, quedaron sanos. 17,15: Uno de ellos, viéndose sano, volvió glorificando a Dios en voz alta, 17,16: y cayó a los pies de Jesús, rostro en tierra, dándole gracias. Era samaritano. 17,17: Jesús tomó la palabra y dijo: –¿No recobraron la salud los diez? 17,18: ¿Ninguno volvió a dar gloria a Dios, sino este extranjero? 17,19: Y le dijo: –Ponte de pié y vete, tu fe te ha salvado. – Palabra del Señor

 

El capítulo 17 del Evangelio de Lucas, versículos 11-19, presenta un pasaje exclusivo de este evangelista. Para interpretarlo nos dejamos ayudar por esas interpretaciones, por esas cifras, por esos indicios que el autor, el mismo evangelista coloca en el texto para una correcta comprensión. Veamos entonces este pasaje.

De camino a Jerusalén. Jerusalén se escribe de dos maneras en el idioma griego. Uno es Jerusalén, que es la transliteración del sagrado nombre hebreo Yerushalaym, que indica la ciudad santa, el establecimiento. El otro es el nombre geográfico, Jerozolima. Aquí está el primer nombre, Jerusalén, que indica que Jesús va hacia lo que es la institución sacra, el punto más importante de la religión para el su gente. Y será allí mismo donde encontrará la muerte.

Había un dicho en tiempo de Jesús: «Cuatro categorías de personas son como los muertos: los pobres, el leproso, los ciegos y los que no tienen hijos».

Los leprosos no podían aproximarse a las aldeas y lugares habitados porque eran considerados impuros, igual que los cementerios. Algunos rabinos decían que si se encontraban con un leproso le tirarían una piedra y le gritarían: «Vuelve a tu lugar y no contamines a otras personas». Todas las enfermedades eran consideradas un castigo por los pecados, pero la lepra era el símbolo del pecado mismo. Decían que Dios castigaba sobre todo a las personas envidiosas, arrogantes, a los ladrones, a los asesinos, a los que hacían falsas promesas y a los incestuosos. La curación de la lepra era considerada como un milagro comparable a la resurrección de un muerto. Sólo el Señor podía curarla. En primer lugar, el leproso debía expiar todos los pecados que había cometido. Por eso los leprosos se sentían rechazados por todos: por la gente y por Dios.

Dadas estas costumbres y esta mentalidad, uno entiende la razón por la que los diez leprosos se detuvieron a una distancia y gritaban desde lejos: «Jesús, maestro, ten piedad de nosotros» (v. 13).

Cabe destacar que los leprosos no le pedían a Jesús que los sanara, sino que solo tuviera compasión de ellos y quizás que les diera alguna limosna. Tan pronto como los ve Jesús les dice: «Vayan y preséntense a los sacerdotes» (v. 14). Los diez leprosos partieron y a lo largo del camino se encontraron sanos.

Hay algo especial en este milagro: la curación no ocurre inmediatamente. La lepra desaparece más tarde, cuando los leprosos van por el camino. Esto es similar al episodio de la historia en la primera lectura. Naamán se curó después de partir de Eliseo.

 Viéndose curado, uno de los diez leprosos vuelve, encuentra al Maestro y cae de rodillas para darle las gracias. Es un samaritano. Jesús se maravillas que sólo un desconocido, sintió la necesidad de dar gloria a Dios. Lo levanta y le dice: «Levántate y vete; tu fe te ha salvado».

Nos damos cuenta ante todo que la historia no habla de uno, sino diez leprosos. Lucas no subraya este particular como dato pasajero. El número diez en la Biblia tiene un valor simbólico: indica la totalidad (las manos tienen diez dedos). Los leprosos del Evangelio representan, por lo tanto, a toda la gente, la humanidad entera lejos de Dios. Todos nosotros—nos viene a decir Lucas—somos leprosos y necesitamos encontrar a Jesús. Nadie es puro; todos llevamos en nuestra piel los signos de muerte que sólo la palabra de Cristo puede curar.

Quien no es consciente de su condición de ser un pecador termina considerándose a sí mismo como justo y con la obligación de condenar a otros a la marginación. Dios no ha creado dos mundos: uno para los buenos y el otro para los malvados, sino un mundo único en el cual llama a todos sus hijos e hijas a vivir juntos, siendo todos pecadores salvados por su amor.

 El mismo mensaje está contenido en una segunda paradoja: la lepra pone juntos judíos y samaritanos, une a las personas que, gozando de buena salud, se desprecian, odian y luchan entre sí. La conciencia de la común desgracia y sufrimiento hace amigos y hace entrar en solidaridad.

Y esto es exactamente lo que sucede en el campo espiritual: Si uno se considera justo y perfecto, inevitablemente pone barreras y vallas de protección delante de los «leprosos». Quien se siente a sí mismo como leproso no se sentirá superior, no juzgará, no pondrá distancia, no mirará a otros despectivamente, sino que estará en solidaridad con los buenos y con los malos.

Jesús no tiene miedo de ser considerado un pecador. No es un «fariseo» que se distancia de los impuros. Al final de la historia del leproso curado, el evangelista Marcos señala que, después de tocar y curar al leproso Jesús ya no podía entrar públicamente en la aldea, sino que debió quedarse fuera en lugares apartados (Mc 1,45). Jesús sabía que al tocar al leproso quedaba impuro y por eso tuvo que distanciarse de la sociedad de los puros. Sabiendo esto lo tocó y decidió compartir la condición de los marginados y excluidos.

La tercera paradoja tiene que ver con la solidaridad entre las personas: los diez leprosos no tratan de acercarse a Jesús cada uno por su cuenta. Van juntos en busca de Jesús. Su oración común es: «Jesús, Maestro, tú que comprendes nuestra condición, ten piedad de nosotros».

Esta oración es una condenación de la invocación seudo-espiritual, individualista, intimista predicada por los que buscan «la salvación de su alma». La salvación puede llegar solamente junto con la de los hermanos. Los grandes personajes de la Biblia están siempre en solidaridad con su pueblo. Azarías, un joven de vida ejemplar, reza: «Porque hemos cometido toda clase de pecados, alejándonos de ti, rebelándonos contra ti, hemos cometido toda clase de pecados, hemos quebrantado los preceptos de la ley; no hemos puesto por obra lo que nos has mandado para nuestro bien” (Dan 3,29-30). Moisés se vuelve al señor diciendo: «Ahora, o perdonas su pecado o me borras de tu registro” (Ex 32,32). Pablo incluso pronuncia la frase paradójica: «Hasta desearía ser aborrecido de Dios y separado de Cristo si así pudiera favorecer a mis hermanos, los de mi linaje” (Rom 9,3).

En el paraíso no habrá nadie, ni siquiera Dios será feliz, hasta que el último ser humano se libere de la «lepra» que los separa de Dios y de los hermanos.

La cuarta paradoja de la narración es una invitación a reflexionar sobre la eficacia salvífica de la palabra pronunciada por Jesús. Los leprosos lo invocan desde la distancia (vv. 11-12). No pueden acercarse a él. ¿Será capaz Jesús de oír su grito desesperado? ¿Hará algo en su favor o la distancia lo bloqueará para intervenir? Estas son las dudas, los temores acosan no solo a los diez leprosos, sino también a la comunidad de los cristianos de Lucas. No pueden acercarse materialmente al Maestro; y también dudan lo cual es otro obstáculo. Sabemos que cuando Jesús estaba cerca, cuando estaba caminando por los caminos de Palestina, era posible acercarse a él, tocarlo, hablar con él. Prestó atención a todos, escuchando a cada solicitud de ayuda y con su palabra, curaba todas las enfermedades. ¿Pero ahora que ya no es visible en este mundo y está «muy lejos»: ¿se inclinará para escucharnos? ¿Está aun interesado en nuestra «lepra»? ¿Será capaz de sanar también «a distancia»?

La respuesta de Lucas a sus cristianos y también para nosotros es simple: no es la distancia la que puede impedir que nuestras oraciones lleguen a él. No existen circunstancias desesperadas en las que, con su palabra, aun pronunciadas «a distancia» no pueda resolver. La palabra que sana toda clase de «lepra» continúa siendo anunciada y su eficacia se mantiene intacta. Es suficiente confiar en él, como ese leproso samaritano a quien Jesús le dice: «Tu fe te ha salvado» (v. 19).

Los diez leprosos fueron curados en el camino. ¿Por qué Jesús no los curó inmediatamente—como siempre lo hace—y luego enviarlos a los sacerdotes para la verificación según prescribía la ley? ¿Quiere poner a prueba la gratitud de los leprosos? Un mensaje teológico está ciertamente ligado a este detalle del episodio. En el Nuevo Testamento, la vida cristiana se compara con un «Itinerario», un viaje largo y tedioso. La curación de la «lepra» que hace que nos sintamos lejos de Dios, rechazados por las hermanos/as y despreciados por nuestra propia conciencia—según sabemos y lo verificamos cada día—no ocurre de repente; sucede progresivamente y requiere toda una vida. Jesús nos invita a caminar este camino con paciencia, serenidad, optimismo y guiado a cada paso por su palabra. En el camino, aquellos que tienen fe verificarán el prodigio. Poco a poco verán «su piel cada vez más como la de un niño» como sucedió a Naamán.

Llegamos al punto más difícil del relato: ¿Por qué sólo uno regresó para dar gracias? ¿Por qué Jesús se queja del comportamiento de los otros nueve cuando él les ordenó ir y mostrarse a los sacerdotes? ¿Quiénes desobedecieron? ¿No fue tal vez el samaritano?

Cabe suponer que los otros nueve regresaron también más tarde para dar las gracias. Primero fueron a los sacerdotes para las «formalidades» de verificación de su salud y para volver a ser admitidos a la vida comunitaria. Luego habrán regresado a sus familias y seguramente también regresaron a dar las gracias a Jesús. Esta es la única reconstrucción de los hechos. Pero ¿por qué se lamenta Jesús?

Aquí no se trata de acción de gracias; Jesús no está triste porque vio una la falta de gratitud. Dice Jesús que sólo el samaritano “dio gloria a Dios”, es decir, el único que comprendió inmediatamente que la salvación de Dios viene a nosotros por medio de Cristo. Es el único que reconoce no sólo el bien recibido, sino también al intermediario elegido por Dios para comunicar sus dones. El leproso samaritano curado deseaba proclamar ante todos su gratitud y su descubrimiento. Los otros no eran malos, sólo que no estaban inmediatamente conscientes de la novedad. Siguieron el camino tradicional: pensaban que uno llegaba a Dios a través de las prácticas religiosas antiguas, a través de los sacerdotes del templo.

Jesús se sigue sorprendiendo de que sus compatriotas judíos, aunque suelen leer las sagradas escrituras y están educados por los profetas, fueron precedidos por un samaritano en reconocer al Mesías de Dios.

El hecho de la curación de los diez leprosos es releído por Lucas como una parábola, como una imagen de lo que sucedió en su tiempo: los herejes, paganos, pecadores fueron los primeros en reconocer en Jesús el mediador de la salvación de Dios.

Aquí hemos visto, Jesús él mismo lo dice, los diez han sido curados, pero sólo uno ha vuelto, ha respondido a esta curación. Y esto es fe. Por tanto, la fe no es un don que Dios da a unos y a otros menos, sino la respuesta del hombre al don del amor que Dios da. ¿Y qué es la fe? La fe es saber responder positivamente a aquellos acontecimientos que la vida nos une.

 

 

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