El Domingo de los hechos acaecidos al morir Jesús.
Evangelio: Mateo 26,14—27,66
Todos los evangelistas dedican largo espacio al relato de la pasión y muerte de Jesús. Los hechos son fundamentalmente los mismos, aunque narrados de modo y desde perspectivas diversas. Cada evangelista presenta también detalles, episodios y llamadas de atención que les son propias, poniendo así de manifiesto su interés por algunos temas de catequesis, considerados significativos y urgentes para sus respectivas comunidades. La versión de la pasión que hoy día se nos propone es según san Mateo. En nuestro comentario nos limitaremos a mencionar los aspectos mas característicos.
El primero, y muy importante, es que Mateo siembra todo el relato de repetidas referencias al cumplimiento de las Escrituras. Durante la última cena, Jesús pronuncia una frase que nos proporciona la clave de lectura de todo cuanto después acaecerá: “El Hijo del hombre se va como está escrito de él” (Mt 26,24).
Seguidamente, en el huerto de los Olivos, cuando los soldados se acercan para arrestarlo como si fuera un malhechor, reacciona diciendo: “Todo esto sucede para que se cumplan las profecías” (Mt 26,56).
Mateo hace caer en la cuenta que, aun los detalles más secundarios de la pasión –como por ejemplo, la traición de Judas por treinta monedas–, habían sido anunciados por los profetas (cf. Mt 27,9-10).
Nuestro evangelista resalta, sobre todo, un paralelismo entre la pasión de Jesús y el drama vivido por el justo del que habla el Salmo 22:
– Como Jesús en la cruz (cf. Mt 27,46) también el hombre del salmo dirige a Dios el grito: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Sal 22,2).
– Es objeto de las mismas burlas: “al verme, se burlan de mí, hacen muecas, menean la cabeza: acudió al Señor, que lo libre si tanto lo ama” (Sal 22,8-9); es exactamente lo que sucedió a los pies de la cruz, e idénticos son los insultos lanzados contra Jesús (cf. Mt 27,39.41-43).
– Como Jesús (cf. Mt 27,34.48), tiene sed: “Mi garganta está seca como una teja y la lengua pegada al paladar” (Sal 22,16).
– Está rodeado de malhechores y dice: “Me inmovilizan las manos y los pies” (Sal 22, 17); después continúa: “Se reparten mis vestidos, se sortean mi túnica” (Sal 22,19). Esto fue lo que han hecho los soldados a los pies de la cruz (cf. Mt 27,35).
– Como Jesús, finalmente (cf. Mt 27,50), también él lanzó un grito (cf. Sal 22,25).
Las correspondencias son tales y tantas como para suponer que la intención del autor del salmo, hubiera sido el de darnos una descripción exacta y detallada de lo que le sucedería al Mesías. No es así.
Las sorprendentes semejanzas se deben a una selección teológica del evangelista, quien ha querido contarnos la pasión y muerte de Jesús teniendo presente el esquema de este salmo. Y lo ha hecho para ayudar a los lectores a ir más allá de la mera crónica de los acontecimientos y abrirse al significado profundo de cuanto estaba sucediendo.
También los otros evangelistas citan las Escrituras, pero no con la insistencia de Mateo. La razón es que él escribe su evangelio para los judíos que han sido educados, en las catequesis de los rabinos, a esperar a un Mesías vencedor, dominador, grande y potente. Frente al fracaso con que había concluido la vida de Jesús, ¿quién hubiera tenido el coraje de presentarlo como Mesías?
El desafío que han lanzado a Jesús, al pie de la cruz, los sacerdotes, escribas, ancianos: ”¡Sálvate a ti mismo! Si eres Hijo de Dios desciende de la cruz” (Mt 27, 40) hay que entenderlo desde esta óptica. Están dispuestos a creer al vencedor, no al perdedor.
A los judíos y a todos aquellos que, también hoy, se escandalizan frente a un Mesías derrotado, Mateo responde: las profecías del Antiguo Testamento anuncian a un Mesías humillado, perseguido y ejecutado; lo presentan como el compañero de todo hombre que sufre y se siente oprimido.
Dios no ha salvado milagrosamente a Cristo de una situación difícil, no ha impedido la injusticia y la muerte de su Hijo, pero ha trasformado su derrota en victoria, su muerte en nacimiento, su tumba en un vientre del que ha nacido una vida sin fin.
Dios nos ha hecho saber, en su Hijo, que él no vence al mal impidiéndolo con intervenciones prodigiosas o quitándole el poder de hacer daño, sino convirtiéndolo en un momento y ocasión de crecimiento para el hombre. Aun dejándonos guiar e iluminar por las Escrituras –como nos invita a hacer Mateo– es difícil asimilar esta lógica de Dios, es difícil aceptar que: “si el grano caído en tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12,24).
Una segunda enseñanza en la que insiste, sobre todo Mateo, es el rechazo a la violencia y al uso de las armas. Solo él nos trasmite las palabras de Jesús a Pedro: “Envaina la espada. Quien a espada mata a espada muere” (Mt 26,52).
Tertuliano, el famoso apologeta del II-III siglo, comentaba: “Desarmando a Pedro, Jesús ha quitado las armas de las manos de todo soldado”. Haciéndose eco de esta afirmación, Orígenes, el gran comentador de la Biblia, escribía unos decenios más tarde: “Nosotros, los cristianos, no empuñamos más las armas, no aprendemos más el arte de la guerra porque, a través de Jesús, nos hemos convertido en hijos de la paz”.
Los primeros cristianos lo tenían claro: un discípulo de Cristo debe estar dispuesto, como el Maestro, a dar la vida por el hermano y no a matarlo; nunca, por ninguna razón.
Uno de los temas favoritos de Mateo es la universalidad de la salvación. Israel no puede considerarse como el único y celoso depositario de las promesas. Ha llevado a cabo la tarea que el Señor le ha encomendado: preparar la venida del reino de Dios. Ahora, es esperado, el primero entre los invitados, en la sala del banquete (cf. Mt 22,1-6). Israel, por desgracia, ha rechazado la invitación, un rechazo que fue vivido en las primeras comunidades cristianas como una herida, como una espada que traspasa el alma (cf. Lc 2,35, como “una espina en la carne” (2 Cor 12,7).
Hay dos hechos en el relato de la pasión referidos solamente por Mateo: el sueño de la mujer de Pilato y el gesto del procurador de lavarse las manos, descargando sobre los judíos la culpa por la muerte de Jesús (Mt 27,19.24). Exprimen de modo emblemático el drama de este pueblo y la responsabilidad que se ha atraído sobre sí no acogiendo al Mesías que Dios les había enviado. Expresión máxima de este rechazo es el grito: “Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos” (Mt 27,25).
La insensata interpretación de esta frase ha tenido consecuencias trágicas: odios, acusaciones absurdas, violencias, persecuciones de cristianos contra los judíos. El sentido que atribuye Mateo a estas palabras es completamente diverso. Turbado por la catástrofe que había golpeado a Israel en la mitad del siglo primero a.C. y que terminó con la destrucción de Jerusalén, Mateo había intuido la causa de tantos males: los judíos habían escogido la violencia y rechazado el reino de paz anunciado por Jesús.
El evangelista quiere ponernos en guardia ante el peligro de cometer los mismos errores. Quien se aleja de Jesús para seguir a otros “mesías”, quien confía en la violencia, quien cultiva proyectos de dominio sobre los demás, termina siempre por provocar desastres, es decir: por hacer caer sangre sobre ellos y sobre sus propios hijos.
Solo Mateo narra los hechos extraordinarios acaecidos al morir Jesús: “La tierra tembló, las piedras se partieron…cadáveres de santos resucitaron…” (Mt 27, 51-56).
En aquel tiempo se creía que el mundo estaba lleno de iniquidad y todos esperaban el nacimiento de un mundo nuevo. Se decía que, en el momento del paso de la humanidad de una época a otra, el sol se oscurecería, los árboles derramarían sangre, las piedras se resquebrajarían lanzando gritos y los muertos resucitarían.
Esto que dice Mateo hay que entenderlo, por tanto, no como la crónica de un hecho acaecido el 7 de Abril del año 30, sino como la afirmación de un teólogo que, en el momento de la muerte de Jesús, se da cuenta del nacimiento de un mundo nuevo. Su mensaje es de alegría y de esperanza y va dirigido a todos los atrapados en la angustia y en el dolor, a los que se sienten envueltos en sombras de muerte. El reino de Dios comienza cuando, en la cruz, el Señor ha revelado todo su amor y su interés por el destino del hombre.
Otro episodio referido solamente por Mateo es la muerte de Judas (cf. Mt 27,3-10). Este discípulo es el símbolo de todos los que por un cierto tiempo siguen al Maestro y, convencidos después de que Jesús no realiza sus sueños de gloria y sed de poder, lo abandonan o incluso se convierten en sus enemigos.
El episodio es narrado sobre la falsilla del único y verdadero suicidio que encontramos en el Antiguo Testamento, el de Ajitófel, el traidor de David (cf. 2 Sam 17,23) y presenta zonas de sombra y de misterio que no se aclararán nunca. Si dejamos a un lado, por un momento, estereotipos y prejuicios, no puede uno menos que sentir respeto y piedad por el drama de este hombre quien –según hablan Pedro, Juan y los otros evangelistas–, no parece que tuviera ningún amigo en el grupo de los apóstoles. Cuando vio camino de la muerte al único que lo amaba, debió sentirse terriblemente solo como para llevar el peso de su error. Por desgracia recurrió a las personas equivocadas para desfogar su remordimiento y tormento interior: los sacerdotes del templo que se habían servido de él. Si se hubiera acercado a Cristo, su vida habría concluido de otra manera.
Finalmente, solo Mateo habla de los guardias apostados para custodiar el sepulcro (cf. Mt 27,62-66): representan la señal del triunfo del mal. Su sola presencia es el testimonio de que el justo ha sido vencido, el liberador reducido al silencio, encerrado para siempre en un sepulcro.
Es ésta también nuestra experiencia: el mal da siempre la impresión de asegurarse un triunfo definitivo; de tal manera, que hace aparecer como ensoñaciones y sueños las esperanzas de justicia del pobre, del débil y del indefenso.
Dios, sin embargo, interviene inesperadamente: un ángel suyo hace girar la piedra del sepulcro que impide el regreso a la vida, y se sentará encima de ella (cf. Mt 28,2) y en cuanto a los soldados a sueldo de la injusticia e iniquidad: huirán despavoridos ante el resplandor de su luz (cf. Mt 28,4).
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