El Domingo para minimizar la institución y entrar al Rebaño por la verdadera Puerta.
Evangelio: Juan 10,1-10
En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos: 10,1: Les aseguro: el que no entra por la puerta al corral de las ovejas, sino saltando por otra parte, es un ladrón y asaltante. 10,2: El que entra por la puerta es el pastor del rebaño. 10,3: El cuidador le abre, las ovejas oyen su voz, él llama a las suyas por su nombre y las saca. 10,4: Cuando ha sacado a todas las suyas, camina delante de ellas y ellas le siguen; porque reconocen su voz. 10,5: A un extraño no le siguen, sino que escapan de él, porque no reconocen la voz de los extraños. 10,6: Ésta es la parábola que Jesús les propuso, pero ellos no entendieron a qué se refería. 10,7: Entonces, les habló otra vez: Les aseguro que yo soy la puerta del rebaño. 10,8: Todos los que vinieron [antes de mí] eran ladrones y asaltantes; pero las ovejas no los escucharon. 10,9: Yo soy la puerta: quien entra por mí se salvará; podrá entrar y salir y encontrar pastos. 10,10: El ladrón no viene más que a robar, matar y destrozar. Yo vine para que tengan vida, y la tengan en abundancia. – Palabra del Señor
El redil era un recinto rodeado de un muro de piedra sobre el que se colocaban haces de espinas o se dejaban crecer cardos espinosos para impedir que las ovejas salieran y que los ladrones entraran. El redil podía construirse delante de una casa o bien en campo abierto, en la ladera de una montaña; en este caso, era utilizado generalmente por varios pastores que recogían allí sus ovejas durante la noche; uno de ellos hacía la guardia mientras los otros dormían.
Quien montaba la guardia “velaba” o vigilaba, en realidad, armado de un bastón, se situaba delante de la entrada del redil (que no tenía puerta), se acurrucaba y, en esta posición, obstaculizando el acceso, se convertía él mismo en “puerta”. Generalmente dormitaba, pero su presencia era suficiente para disuadir a los predadores de acercarse al redil e impedir a los lobos entrar en el recinto. Solo podía acercarse a las ovejas, aquel a quien el pastor de guardia dejaba pasar.
Por la mañana, cuando cada pastor se acercaba a la entrada, las ovejas reconocían inmediatamente el paso y la voz, se alzaban y lo seguían, seguras de ser conducidas a pastizales de hierbas frescas y a oasis de aguas puras y abundantes. Lo seguían porque se sentían amadas y protegidas; el pastor nunca las había traicionado ni desilusionado. Partiendo de esta experiencia de vida de su pueblo, Jesús compone una parábola que no es inmediatamente clara: en ella se acumulan y yuxtaponen imágenes enigmáticas incluso para los mimos judíos (v. 6) Comencemos por dividirlas en dos partes.
En la primera (vv.1-6) viene introducida la figura del verdadero pastor. El comienzo del relato es más bien duro y provocativo. Contiene misteriosas alusiones a peligros, enemigos, agresores: “El que no entra por la puerta del corral de las ovejas, sino saltando por otra parte, es un ladrón y un asaltante” (v. 1); a continuación, entra en escena el pastor verdadero. La característica que lo distingue es la ternura: conoce a sus ovejas por su nombre y las va llamando “una a una”.
Para Jesús no existen las masas anónimas; él se interesa por cada uno de sus discípulos, lleva la cuenta de las cualidades y debilidades de cada uno. Contempla alegre los cabritos que, jóvenes y ágiles, saltan y corren delante de todos, pero su solicitud y sus cuidados son para los más débiles del rebaño: “Toma en brazo a los corderos y hace recostar a las madres” (Is 40,11). Comprende sus dificultades, no fuerza los tiempos, no impone ritmos insostenibles, evalúa las condiciones de cada uno, ayuda y respeta. En contraposición a este pastor, aparecen los ladrones y bandidos. ¿Quiénes son? ¿Cómo reconocerlos? ¿A quiénes se refiere Jesús?
No faltaban “pastores” en su tiempo. Estaban los jefes religiosos y políticos que se tenían por guías comprometidos para el bien del pueblo, pero que en realidad buscaban solamente su propio interés; su objetivo era el poder, el dominio, el prestigio personal, la explotación; sus métodos: la violencia y la mentira.
No eran pastores auténticos, por eso un día Jesús se conmovió frente a la muchedumbre que le seguía “porque eran como ovejas sin pastor”; los condujo fuera, los hizo acomodar sobre la “hierba verde” y les proporcionó en abundancia el pan y el alimento de su palabra (cf. Mc 6,34-44).
Es de notar, en esta primera parte del pasaje evangélico, la insistencia sobre la “voz del pastor” que es “escuchada” (v. 3), “reconocida” (v. 4) e inmediatamente distinguida de la de los extraños. Aún después de la resurrección, Jesús será reconocido por su voz. Los discípulos se verán engañados por sus propios ojos: verán a Jesús como caminante; como fantasma (cf. Lc 24,15.37), como pescador (cf. Jn 21,4), pero el oído nunca les engañó, su voz era inconfundible. Hoy esta voz continúa resonando nítida y viva en la palabra del Evangelio. Es la única que resulta familiar al discípulo; las otras que se sobreponen, aunque fuertes e insistentes, les resultan extrañas.
Quien es “instruido por el Espíritu” es capaz de distinguir, en medio del bullicio de tantas otras voces, la del Pastor, y huye cuando oye el paso de ladrones y predadores, es decir, de los impostores que vienen solo para arrastrar al discípulo por caminos de muerte.
En la segunda parte del pasaje (vv. 7-10) Jesús se presenta, primero, como la “puerta de las ovejas”, después como “la puerta”. Si se tiene presente la aclaración hecha al comienzo, podemos decir que él es el Guardián que se posiciona en la entrada del redil como “puerta”. La puerta tiene una doble función: deja pasar a los de casa e impide el ingreso a los extraños. Son estas dos funciones las que vienen explicadas por Jesús en sendas alegorías.
Él es el que decide quién puede tener acceso a las ovejas y quien debe permanecer alejado del rebaño (vv. 7-8). Puede pasar y es reconocido como buen pastor quien ha asimilado los mismos sentimientos y las mismas disposiciones de Jesús respecto a las ovejas; quien está dispuesto a dar la vida como él la ha dado. Los ladrones y bandidos son aquellos que han venido antes de él (v. 8). Ciertamente Jesús no se refería a los profetas y justos del Antiguo Testamento.
Ladrones eran los jefes religiosos y políticos de su tiempo que explotaban, oprimían y causaban toda clase de sufrimientos al pueblo. Bandidos eran los revolucionarios que querían construir una sociedad más libre y más justa; cultivaban ideales nobles, pero recurrían a métodos erróneos, fomentando el odio al enemigo, predicaban el recurso a la violencia, proponían el uso de las armas. Quien actúa de este modo no tiene los mismos sentimientos ni las mismas disposiciones de Jesús: no pasa a través de la puerta.
En el último versículo (v. 10), se retoma esta contraposición. En un dramático crescendo se describe las obras del ladrón: roba, mata, destruye. Tres verbos que resumen la obra de la muerte. Quienquiera que se acerca al hombre para quitarle la vida es un “ladrón” y está del lado del maligno, es “hijo del diablo” que fue “homicida desde el principio” (Jn 8,44). El comportamiento del pastor es lo opuesto: viene a dar vida y vida en abundancia.
A través de la puerta no pasan solamente los pastores, sino que entran y salen las ovejas. Jesús se presenta como la puerta también en este sentido (v. 9). Solo quien pasa a través de él tiene acceso a pastos jugosos, encuentra el “pan que sacia” (Jn 6) y el “manantial que brota dando vida eterna” (Jn 4), obtiene la salvación.
Jesús es una puerta estrecha (cf. Mt 7,14) porque pide la renuncia a uno mismo, el amor desinteresado a los demás, pero él es el único que conduce a la vida; todas las demás puertas son trampas, agujeros que se abren sobre precipicios de muerte: “Es ancha la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por ella” (Mt 7,13).
Vemos tantas ofertas o falsas puertas para entrar al rebaño que las personas se siguen matriculando en la búsqueda del párroco más chistoso, el que le pregunta a sus feligreses que les gustaría escuchar, cuáles son sus preferencias "religiosas", pero la puerta de entrada al rebaño no está siendo el Señor Jesús y por tal razón no tenemos rebaño sino una institución humana o como dicen los técnicos argentinos de football: "un plantel".
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