El Domingo de la promesa del Defensor.

 Evangelio: Juan 14,15-21

 14,15: Si me aman, cumplirán mis mandamientos; 14,16: y yo pediré al Padre que les envíe otro Defensor que esté siempre con ustedes: 14,17: el Espíritu de la verdad, que el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce. Ustedes lo conocen, porque él permanece con ustedes y estará en ustedes. 14,18: No los dejo huérfanos, volveré a visitarlos. 14,19: Dentro de poco el mundo ya no me verá; ustedes, en cambio, me verán, porque yo vivo y ustedes vivirán. 14,20: Aquel día comprenderán que yo estoy en el Padre y ustedes en mí y yo en ustedes. 14,21: Quien recibe y cumple mis mandamientos, ése sí que me ama. Y el que me ama será amado por mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él. – Palabra del Señor

Los discípulos han comprendido que Jesús está a punto de dejarlos, están tristes y se preguntan cómo podrán seguir unidos a él y amarlo si él se va. Jesús promete no dejarlos solos, sin protección y sin guía; dice que rezará al Padre y que éste le enviará otro “Defensor que esté siempre con ustedes” (v. 16). Es la promesa del don de aquel Espíritu que Jesús posee en plenitud (cf. Lc 4,1.14.18) y que será infundido en sus discípulos. 

Jesús aclara (vv. 15.17) que el Espíritu solo puedo ser acogido por aquellos que están en sintonía con él, con sus proyectos, con sus obras de amor. El mundo no puede recibirlo. ¿Cuál es este mundo al que no está destinado el Espíritu? ¿Los paganos, los que están lejos, los que no pertenecen al grupo de los discípulos, los miembros de otras religiones?

Jesús entiende por mundo, no las personas, sino aquella parte del corazón del hombre –de todo hombre– en la que reinan las tinieblas, el pecado, la muerte. Allí donde se esconden los odios, las concupiscencias, las pasiones desenfrenadas…allí está presente el mundo con su espíritu, opuesto al Espíritu de Cristo. Lo recuerda Pablo a los corintios quienes se dejaban guiar por la sabiduría de los hombres: “Nosotros hemos recibido no el espíritu del mundo sino el Espíritu de Dios” (1 Cor 2,12). 

El Espíritu recibe dos nombres. Es llamado Consolador (Paráclito) y Espíritu de verdad. Son las dos funciones que él realiza en los creyentes. Consolador no es una buena traducción del griego Parákletos, un término tomado del lenguaje forense y que indica a aquel que ha sido llamado para estar junto al (acusado)Antiguamente no existía la institución de la abogacía; cada imputado tenía que defenderse a sí mismo, buscando testigos que los libraran de las acusaciones. Sucedía a veces que alguno, aun siendo inocente, no podía probar la propia inocencia o que, a pesar de haber cometido el delito, mereciera el perdón. Para personas como estas, todavía existía una última esperanza: que estuviera presente en la asamblea un ciudadano, honrado por todos en razón su integridad moral, el cual, poniéndose de pie sin pronunciar palabra, se acercara al lado del acusado. Este gesto equivalía a una absolución. Nadie se atrevía a pedir la condena. Este “defensor” era llamado… “paráclito”, es decir, “aquel que era llamado para estar junto al que se encontraba en dificultad”. El sentido, pues, de este primer título es el de protector, socorredor, defensor. 

Jesús promete a sus discípulos otro paráclito, porque ya tienen uno, él mismo, como explica Juan en su primera carta: “Hijos míos, les escribo esto para que no pequen. Pero si alguien peca, tenemos un abogado ante el Padre, Jesucristo, el Justo” (1 Jn 2,1). Jesús es paráclito en cuanto abogado nuestro ante el Padre, no porque nos defiende de su ira, provocada por nuestras culpas (el Padre está siempre de nuestra parte como Jesús), sino porque nos protege contra nuestro acusador y adversario: el pecado. El enemigo es el pecado y Jesús sabe cómo confrontarlo, cómo reducirlo a la impotencia. 

El segundo paráclito no tiene la función de substituir al primero, sino desarrollar una nueva misión. De hecho, es enviado junto a Jesús que “regresa” entre los suyos (v. 18). Jesús no se ha marchado, ha cambiado simplemente el modo de su presencia, no ya la presencia física sino la presencia del Resucitado. Un modo nuevo de estar al lado de los discípulos, infinitamente más real –aunque invisible– más duradero e ilimitado que su anterior presencia. 

El Espíritu es paráclito porque viene en auxilio de los discípulos en su lucha contra el mundo, es decir, contra las fuerzas del mal (cf. Jn 16,7-11). Juan recuerda a los cristianos de su comunidad esta verdad para que, en medio a las dificultades de la vida, no se desanimen, no se desesperen, no pierdan la serenidad, ni la paz del corazón, ni la alegría. El discípulo cree en la ayuda del Espíritu Santo y no teme, no se abate ni aun cuando tenga que admitir que todavía tiene tanta miseria espiritual, tantas debilidades, tantas malas inclinaciones. Está convencido de la fuerza del Paráclito y tiene la seguridad de no salir derrotado.

El segundo título que señala otra función del Paráclito es: Espíritu de la verdad. Su acción al servicio de la verdad se explica de diversas maneras. Comencemos por la más simple. Todos sabemos lo que sucede cuando una noticia pasa de boca en boca: está sujeta a deformaciones, se altera hasta tal punto que se hace irreconocible. El mensaje de Jesús está destinado a todos los hombres, debe ser proclamado hasta los confines del mundo. ¿Quién nos asegura que no se corromperá, que no sufrirá interpretaciones desviantes? Humanamente hablando parece imposible que no se corrompa, pero tenemos la certeza de que todos podrán acercarse a la fuente pura del evangelio, porque en la iglesia, encargada de anunciarlo, está operante la fuerza del Espíritu de la Verdad prometido por Jesús.

Su servicio a la verdad no se limita a esa parte que podemos llamar negativa. Es decir, no impide solamente que se produzcan errores en la transmisión del mensaje de Cristo. El Espíritu realiza otra función, positiva ésta: introduce a los discípulos en la plenitud de la verdad. Hay verdades que Jesús no ha tratado explícitamente o que no ha desarrollado en todos sus detalles, porque los discípulos no estaban aún en grado de entenderlas (cf. Jn 16,12-15). Él sabía que, a lo largo de los siglos, surgirían problemas e interrogantes nuevos. ¿Dónde se encontrarían las respuestas auténticas, conforme a su pensamiento? 

También a este nivel Jesús promete la intervención del Espírito: él es el encargado de conducir al discípulo al descubrimiento de toda la verdad. No dirá nada nuevo o contrario a la enseñanza de Jesús, sino que ayudará a captar hasta el fondo, hasta sus últimas consecuencias, su mensaje. De aquí nace el deber de los cristianos de permanecer abiertos a los impulsos del Espíritu que revela siempre cosas nuevas. Él es, por su naturaleza, el que renueva la faz de la tierra (cf. Sal 104,30). 

Constituye un pecado contra el Espíritu (¡y muy grave! Cf. Mt 12,31), oponerse a la renovación o rechazar las innovaciones que favorecen la vida de la comunidad, que acercan a Cristo y a los hermanos, que acrecientan la alegría y la paz, que ayudan a orar mejor, que libera los corazones de miedos inútiles. Quien permanece tozudamente agarrado a tradiciones religiosas que se han quedado anticuadas y obsoletas, quien no se empeña diligentemente en el estudio de la palabra de Dios, quien no acepta la renovación de ritos, fórmulas, gestos litúrgicos, quien da respuestas viejas a problemas nuevos, quien no acoge con alegría los descubrimientos de la exégesis bíblica, todos esos van contra el Espíritu de la verdad.

El término verdad tiene para el evangelista Juan un significado todavía más profundo: indica a Dios mismo que se manifiesta en Jesús. Él es la verdad (cf. Jn 14,6), porque en él se verifica la total revelación de Dios. Rechazarle, tomar una decisión de vida contraria a la suya, es pertenecer al mundo de la mentira. Satanás, el enemigo de la verdad, es el “padre de la mentira” (cf. Jn 8,44), representa a todo aquello que nos aleja de Cristo. El Espíritu actúa de modo opuesto: nos introduce en la “verdad”, ejerce su acción en lo íntimo de cada hombre y hace que éste elija libremente a Cristo, que acepte su propuesta. El Espíritu es como un viento que eleva hacia lo alto y conduce los hombres a la salvación de manera irresistible. 

Una Iglesia sin la guía del Espíritu Santo estará bajo el espíritu del hombre, bajo acciones humanas y esplendores que posicionan a personas mediante programas p0astorales y estructuras de gobierno que llevarán al Rebaño al entretenimiento religioso y el Espíritu Santo seguirá siendo el gran desconocido.

 

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