El Domingo del mandato misionero y de la partida del Señor al Cielo.
Evangelio: Mateo 28,16-20
28,16: Los once discípulos fueron a Galilea, al monte que les había indicado Jesús. 28,17: Al verlo, se postraron, pero algunos dudaron. 28,18: Jesús se acercó y les habló: —Me han concedido plena autoridad en cielo y tierra. 28,19: Vayan y hagan discípulos entre todos los pueblos, bautícenlos consagrándolos al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, 28,20: y enséñenles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Yo estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo. – Palabra del Señor
Según el Evangelista Mateo, todo inicia en Galilea y allí también termina para volver a empezar. Mateo nos da elementos importantes de la ascensión del Señor.
Galilea era una región despreciada. A causa de las frecuentes invasiones procedentes del norte y del este, estaba habitada por una población heterogénea, consecuencia de la mezcla de razas. Isaías la designa como “territorio de los Gentiles”, es decir, de los paganos (cf. Is 9,1). Los judíos ortodoxos la miraban con sospecha y desconfianza. A Nicodemo, que tímidamente intentaba defender a Jesús, los fariseos de Jerusalén le objetaron: “Estudia y verás que de Galilea no salen profetas” (Jn 7,52). Es justamente a estos casi-paganos a quienes ahora está destinado el evangelio, quiere decir Mateo. Jerusalén, la ciudad que ha rechazado al Mesías de Dios, ha perdido el privilegio de ser el centro espiritual de Israel.
El encuentro con el Resucitado tiene lugar en el monte (v. 16). Comentando el evangelio del segundo domingo de Cuaresma, habíamos aclarado el significado bíblico del monte: era el lugar de las manifestaciones de Dios. En la cima de la montaña se había manifestado a Moisés y Elías. Mateo emplea frecuentemente esta imagen: coloca a Jesús en el monte cada vez que enseña o realiza un gesto particularmente importante.
Si se tiene presente este hecho, se comprenderá el significado de la escena narrada en el pasaje de hoy: el envío al mundo de los discípulos es un acontecimiento decisivo. Y solamente está capacitado para llevar esta misión, quien haya tenido en el monte la experiencia del Resucitado y asimilado su mensaje. La anotación: “al verlo se postraron, pero algunos dudaron” (v. 17) no deja de ser sorprendente. ¿Cómo podían tener aún dudas si habían encontrado al Resucitado el día de Pascua?
Desde el punto de vista de la catequesis, este detalle es muy indicativo. Para Mateo la comunidad cristiana no está compuesta por gente perfecta, sino por personas en las que el bien y el mal, las luces y sombras siguen estando presentes. Esta es la situación que encontramos entre los primeros discípulos: tienen fe, pero permanecen las dudas e incertidumbres. Es posible creer en Cristo y seguir teniendo dudas. Imposible es lo contrario: no puede existir la fe junto a la evidencia. No se puede “creer” que el sol “exista”: hay certeza, se puede ver, son científicamente verificables los efectos de su luz y de su calor. En el campo de la fe esta evidencia es imposible. Como los apóstoles, también nosotros estamos profundamente convencidos de la verdad de la resurrección de Cristo, pero es imposible demostrarla.
En la segunda parte del pasaje (vv. 18-20), viene presentado el envío de los apóstoles a evangelizar el mundo entero. Durante su vida pública, Jesús los había enviado a anunciar el reino de los cielos con estas instrucciones: “No se dirijan a países de los paganos, no entren en las ciudades de samaritanos; vayan más bien a las ovejas descarriadas de la Casa de Israel” (Mt 10,5-6). Después de la Pascua, su misión se amplía, se convierte en universal.
La luz se había encendido en Galilea cuando Jesús, dejada Nazaret, se establece en Cafarnaún. “El pueblo que vivía en tinieblas vio una luz intensa, a los que vivían en sombras de muerte les amaneció la luz” (Mt 4,16). Ahora su luz debe brillar en el mundo entero. Como habían anunciado los profetas, Israel se convierte en “luz de las gentes” (cf. Is 42,6).
El momento es decisivo y Jesús apela a su autoridad: ha sido enviado por el Padre a anunciar el mensaje de la salvación; ahora confía esta tarea a la comunidad de sus discípulos, confiriéndoles sus mismos poderes. La iglesia está llamada a hacer presente a Cristo en el mundo. Mediante el bautismo genera nuevos hijos e hijas que son inseridos en la comunión de vida de la trinidad, del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Misión sublime, pero ardua. Suscita trepidación y angustia en quienes han sido llamados a llevarla a cabo.
Toda vocación está siempre acompañada del miedo de la persona y de una promesa del Señor que asegura: “No temas, yo estoy contigo”. A Jacob, en viaje hacia una tierra desconocida, Dios le garantiza: “Yo estoy contigo, te acompañaré a donde vayas…no te abandonaré” (Gn 28,15); a Israel, deportado en Babilonia, declara: “Porque te aprecio y eres valioso y yo te amo…no temas, que contigo estoy yo” (Is 43,4-5); a Moisés, quien objeta: “¿Quién soy yo para acudir al faraón o para sacar a los israelitas de Egipto?”, le responde: “Yo estoy contigo” (Ex 3,11-12); a Pablo, presa del desaliento en Corinto, el Señor le dice: “No temas…que yo estoy contigo y nadie podrá hacerte daño” (Hch 18,9-10).
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