El Domingo para no tener miedo ante la persecución por el Evangelio.

 Evangelio: Mateo 10,26-33

En aquel tiempo dijo Jesús a sus apóstoles: no tengan miedo a la gente. No hay nada encubierto que no se descubra, ni escondido que no se divulgue. 10,27: Lo que les digo de noche díganlo en pleno día; lo que escuchen al oído grítenlo desde los techos. 10,28: No teman a los que matan el cuerpo y no pueden matar el alma; teman más bien al que puede arrojar cuerpo y alma en el infierno. 10,29: ¿No se venden dos gorriones por unas monedas? Sin embargo ni uno de ellos cae a tierra sin permiso del Padre de ustedes. 10,30: En cuanto a ustedes, hasta los pelos de su cabeza están contados. 10,31: Por tanto, no les tengan miedo, que ustedes valen más que muchos gorriones. 10,32: Al que me reconozca ante los hombres yo lo reconoceré ante mi Padre del cielo. 10,33: Pero el que me niegue ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre del cielo. – Palabra del Señor

 

Mateo escribe para animar a los cristianos de su comunidad, pone en su Evangelio los dichos del Maestro sobre las dificultades y persecuciones que los discípulos tendrían que soportar.

 

Para los cristianos la persecución no es un contratiempo, es un hecho ineludible. El autor de la segunda carta a Timoteo (escrito más o menos en el mismo período) nos recuerda: «Es cierto que todos los que quieran vivir religiosamente, como cristianos, sufrirán persecuciones» (2 Tim 3,12).

 

¿Qué recomendaciones hace Jesús a los discípulos perseguidos?

 

Comienza a advertirles sobre el miedo. El miedo tiene una señal positiva: señala los peligros, evita gestos imprudentes, arriesgados, insensatos; pero, si se escapa al control, dificulta la acción audaz y las decisiones firmes.

 

Para aquellos que han tomado la decisión de seguir a Cristo, el miedo es a menudo el peor enemigo. Se manifiesta en el temor de perder la propia posición, de ver a disminuida la estima de sus superiores, de perder amigos, de perder los bienes, de ser castigado, degradado, para algunos incluso ser asesinados.

 

El que tiene miedo ya no es libre. Es normal tener miedo, pero ¡cuidado de ser dominado y guiado por el miedo!, se termina paralizado.

 

En el Evangelio de hoy Jesús insiste tres veces: «No tengas miedo!» (vv. 26.28.31.), Y cada vez se agrega una razón para justificar su recomendación.

 

El que anuncia el Evangelio tiene miedo, en primer lugar, de que, a causa de la violencia desatada por los enemigos de Cristo, su misión podría fallar (vv. 26-27).

 

Jesús le asegura que a pesar de las pruebas y dificultades, el Evangelio se extenderá y transformará el mundo. Para aclararlo cita el ejemplo de los rabinos de su tiempo. Antes de enviar a sus estudiantes a discutir públicamente en las plazas, se les instruye en secreto. Su sabiduría permanecerá oculta durante mucho tiempo, pero un día todo el pueblo se vio obligado a reconocer su sabiduría y su preparación. Lo mismo –asegura Jesús– va a pasar con sus apóstoles. Ellos probablemente no verán germinar las semillas de luz y de bien que han sembrado con el trabajo duro y con dolor, pero deben cultivar la gozosa certeza de que la cosecha crecerá y será abundante. Su trabajo no será en vano; si fueren condenados a muerte, ninguna fuerza enemiga podrá impedir la realización del plan de Dios.

 

Es revelador lo que le sucedió a Jesús: sus enemigos estaban convencidos de haberlo silenciado para siempre, de haber puesto una enorme e inamovible piedra sobre él y su mensaje, pero en Pascua resucitó, igual que la semilla que enterrada en la tierra, muere, pero para reaparecer centuplicada.

 

La segunda razón por la que tiene miedo es a ser maltratado o incluso llevado a la muerte (v. 28).

 

Jesús nos invita a reflexionar: ¿qué daño pueden hacer los enemigos del evangelio? Insultos, acusaciones injustas, daños, confiscación de bienes, quitar la vida. Sí, pero nada más. Ninguna violencia es capaz de privar al discípulo del único bien duradero: la vida que ha recibido de Dios y que nadie le puede quitar. De esto Pablo estaba profundamente convencido de: «Tengo la certeza que ni tribulación, angustia, persecución, hambre, desnudez, espada … nada nos podrá separar del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro» (Rom 8,35-39).

 

Pero hay algunos –continua Jesús– que hay que temer, es «el que tiene el poder de destruir el alma y el cuerpo». No es un personaje fuera de nosotros, es el mal que, desde que nacimos, llevamos dentro de nosotros; es la fuerza negativa que sugiere caminos opuestos a los de Cristo. Por tanto, es necesario ante todo temer al propio miedo. ¿No tenemos fuerza, a menudo y, por miedo de quedarnos solos, cultivamos amistades ambiguas o lazos que han llegado a esclavizarnos y nos impiden vivir? ¿Por miedo no nos hemos comportado cobardemente, hemos mentimos, nos hemos comprometido con las injusticias? El que tiene miedo no puede lograr lo que lo llevaría a darse cuenta de realizar su propia vida y por tanto … «perecerá».

 

La tercera razón por la que la persecución asusta es que a menudo no sólo nos afecta a nosotros, sino que también afecta a los que nos rodean que pueden ser privados de la necesaria subsistencia (vv. 29-31).

 

A esta objeción Jesús responde recordando la confianza en la providencia del Padre celestial. No promete a sus discípulos que no les pasará nada, que siempre van a ser rescatados, de forma prodigiosa, sino que Dios realizará su verdadero bien de todos modos, si han tenido el coraje de seguir siendo fieles. Hace referencia al cabello de la cabeza de los cuales sólo Dios sabe el número. Ninguno de nosotros se escapa de su amor y su cuidado. Se interesa por todas las criaturas, incluso el más pequeño, ¡cuánto más se preocupará de los que están luchando por la venida de su reino!

 

El texto termina con una promesa: Jesús va a reconocer, ante su Padre, aquellos que lo han reconocido ante los hombres (vv. 32-33). No habla del juicio final, sino de lo que sucede hoy en día: reconoce a algunos de sus discípulos que actúan en el mundo, pero a otros no. Reconoce al que no tiene miedo de anunciar su Evangelio, aun a costa de la vida; no reconoce por otro lado a los que niegan delante de los hombres su imagen, a los que no hacen presente en el mundo su palabra. Jesús dará testimonio ante el Padre de este hecho.

 

Hoy en día todavía hay muchos que mueren por causa del Evangelio, y aun donde no hay derramamiento de sangre, existe persecución y esto es inevitable. Ocurre a veces abiertamente con insultos, burlas públicas, otras veces sutilmente y disfrazados a través de la exclusión, la discriminación, la exclusión…

 

Quien aun no ha pasado afrentas o persecuciones por el Evangelio y el Reino de Dios, con seguridad no puede llamarse Cristiano.

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