El Domingo para creer en que Dios? en el de los sabios o en el de Jesús?

 Evangelio: Mateo 11,25-30

11,25: En aquella ocasión Jesús tomó la palabra y dijo: ¡Te alabo, Padre, Señor de cielo y tierra, porque, ocultando estas cosas a los sabios y entendidos, se las diste a conocer a la gente sencilla! 11,26: Sí, Padre, ésa ha sido tu elección. 11,27: Todo me lo ha encomendado mi Padre: nadie conoce al Hijo, sino el Padre; nadie conoce al Padre, sino el Hijo y aquél a quien el Hijo decida revelárselo. 11,28: Vengan a mí, los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré. 11,29: Carguen con mi yugo y aprendan de mí, que soy tolerante y humilde de corazón, y encontrarán descanso para su vida. 11,30: Porque mi yugo es suave y mi carga ligera. – Palabra del Señor

 


Este pasaje, es el epílogo de un capítulo lleno de tensiones y polémicas. Se ha abierto con la crisis de fe del Bautista que ha enviado a algunos de sus discípulos a preguntar a Jesús: “¿Eres tú el que había de venir o tenemos que esperar a otro?” (Mt 11,3). El texto continúa con el severo juicio de Jesús sobre su generación (cf. Mt 11,16-19) y las amenazas: “¡Ay de ti, Corazaín, ay de ti Betsaida!” (Mt 11,21-24). 

 

A mitad de su vida pública, el balance de la labor de Jesús es decepcionante. Frente a un fracaso tal, nosotros nos hubiéramos quedado con los brazos caídos; Jesús, sin embargo, se alegra y bendice al Padre por todo lo sucedido. 

 

La exclamación solemne con que se inicia el pasaje de hoy, es una de las pocas oraciones de Jesús narradas por los evangelios: “Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque, ocultando estas cosas a sabios y entendidos, se las diste a conocer a la gente sencilla” (v. 25). 

 

Los sabios e inteligentes vienen, con frecuencia, citados juntos y, la mayoría de la veces, en sentido peyorativo. Son aquellos que se profesan devotos buscadores de la sabiduría, que incluso piensan tener el monopolio de ella, pero que, en realidad, viven envueltos en estupideces y se deleitan en vanas disquisiciones. Contra estos tales había sentenciado el profeta Isaías: “¡Hay de los que se tienen por sabios y se creen inteligentes!” (Is 5,20-21). Jesús no los excluye de la salvación, se limita a constatar un hecho: los pobres, los humildes, las personas marginadas han sido los primeros en aceptar su palabra de liberación. 

 

Es normal, dice, que esto suceda porque son los pequeños, más que nadie, los que sienten necesidad de la ternura de Dios; tienen hambre y sed de justicia; lloran y viven en el luto esperando que el Señor intervenga, levante sus cabezas y los llene de júbilo. Son bienaventurados porque ha llegado para ellos el reino de Dios. Después añade: “Sí, Padre, esa ha sido tu elección” (v. 26). 

 

Aún hoy sigue profundamente enraizada en muchos creyentes la convicción de que Dios es amigo de los buenos y de los justos, se complace en los que se comportan bien y apenas aguanta a los pecadores. Este es el “dios creado” por “los sabios y los inteligentes”: mero producto de la lógica y criterios humanos. El Padre de Jesús, por el contrario, va en busca de aquellas personas que nosotros tiramos a la basura, privilegia a los despreciados, a los que no son tenidos en cuenta por nadie, a los pecadores públicos (cf. Mt 11,19) a las prostitutas (cf. Mt 21,31), porque todos estos son los que más necesitan de su amor. Los ricos, los saciados, quienes se sienten orgullosos de su saber, no sienten la necesidad de este Padre, siguen aferrados a sus propios dioses. Llegarán también ellos a la salvación, cierto, pero solo cuando se hayan hecho “pequeños”. Su problema, sin embargo, es el de llegar tarde, el de desperdiciar un tiempo precioso.

 

En la segunda parte del pasaje (v. 27) viene introducida una importante afirmación de Jesús: “Nadie conoce al Hijo sino el Padre; nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquél a quien el Hijo decida revelárselo”. 

 

El verbo conocer en la Biblia no significa haber contactado o encontrado algunas veces una persona, significa “haber tenido de ella una experiencia profunda”. Viene empleado, por ejemplo, para indicar la relación íntima que tiene lugar entre un hombre y una mujer (cf. Lc 1,34). 

 

Solo el Hijo tiene un conocimiento pleno del Padre. No obstante, él puede comunicar esta experiencia suya a quien quiere. ¿Quién tendrá la disposición justa para acoger su revelación? Los pequeños, naturalmente. 

 

Los escribas, los rabinos, aquellos que han sido instruidos hasta en los más mínimos detalles de la ley, están convencidos de poseer el pleno conocimiento de Dios, de ser capaces de discernir lo que está bien, se presentan como guías de ciegos, como luz para los que están en las tinieblas, como educadores de los ignorantes, como maestros de los simples (cf. Rom 2,18-20); todos éstos, si no renuncian a su actitud de “sabios e “inteligentes”, se autoexcluirán de la verdadera y gratificante experiencia del amor de Dios. 

 

La última parte del pasaje (vv. 28-30) se refiere a la opresión que los “pequeños”, el pueblo simple de la tierra, sufren a manos de los “sabios” e “inteligentes”. Estos (los escribas y fariseos) han estructurado una religión complicadísima, hecha de reglas minuciosas, de prescripciones imposibles de observar, han cargado sobre los hombros de gente ignorante “cargas insoportables pero ellos ni siquiera mueven un dedo para llevarlas” (Lc 11,46).

 

La ley de Dios es, sí, un yugo; el sabio Ben Sira recomendaba a su hijo: “Mete los pies en sus cadenas y ofrece el cuello a su yugo, arrima el hombro para cargar con ella y no te irrites con sus ataduras…al fin alcanzarás su descanso” (Eclo 6,24-28), pero la religión predicada por los maestros de Israel se había convertido en un yugo opresor. Los pobres no solo se sentían desamparados en este mundo, sino también rechazados por Dios y excluidos del mundo futuro. Sabían que no podían observar las disposiciones dictadas por los sabinos y estaban convencidos, por tanto, de ser impuros. “Esa maldita gente que no conoce la ley”, declaraba el sumo sacerdote Caifás (Jn 7,49).

 

A estos pobres, descarriados y desorientados, dirige Jesús la invitación de liberarse del miedo y de las doctrinas asfixiantes que les habían sido inculcadas. Acojan mi ley –recomendaba – que se resume en un único mandamiento: el amor al hermano. No propone una moral más fácil o permisiva, sino una ética que va derecha a lo esencial y no hace desperdiciar energías en la observancia de prescripciones que tienen “apariencia de sabiduría” (Col 2,23) pero que en realidad no tienen ningún valor. 

 

Su yugo es suave. Ante todo porque es el suyo: no en el sentido de que haya sido impuesto por él, sino por haberlo llevado él mismo en primer lugar. Jesús se ha inclinado siempre ante la voluntad del Padre; la ha abrazado libremente, sin, al mismo tiempo, dejarse imponer nunca preceptos humanos (cf. Mc 7). Su yugo es suave porque solamente quien acoge la sabiduría de las bienaventuranzas experimenta la alegría y la paz. 

 

Finalmente la invitación: “Aprendan de mí, que soy tolerante y humilde de corazón” (v. 29). Esta afirmación nos deja, quizás, un poco perplejos porque parece un autoelogio, merecido, cierto, pero quizás poco oportuno. 

 

¡No hay nada de vanagloria en estas palabras! 

 

“Aprendan de mí” significa simplemente: no sigan a los maestros que se comportan como dueños de sus conciencias, que predican un Dios que no está de la parte de los pobres, de los pecadores, de los últimos, y enseñan una religión que mata la alegría con sus fastidiosos detalles y absurdidades. 

 

Jesús se presenta como tolerante y humilde de corazón. Son los términos que encontramos en las bienaventuranzas y que no hacen referencia a los tímidos, a los mansos, los tranquilos, sino a los pobres y oprimidos, aquellos que, aun sufriendo injusticias, no recurren a la violencia. 

 

A todos estos pobres de la tierra, Jesús dice: yo estoy de su parte, soy uno de ustedes, también yo soy pobre y rechazado. 

 

Aun queremos vivir un cristianismo acomodado al poder de los sabios y de espaldas al pobre de Galilea. Ya te preguntaste cual es el dios que sigues? 

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