El Domingo para reconocer la existencia del mal junto al bien.
Evangelio: Mateo 13,24-43
13,24: Les contó otra parábola: El reino de los cielos es como un hombre que sembró semilla buena en su campo. 13,25: Pero, mientras la gente dormía, vino su enemigo y sembró cizaña en medio del trigo, y se fue. 13,26: Cuando el tallo brotó y aparecieron las espigas, también apareció la cizaña. 13,27: Fueron entonces los sirvientes y le dijeron al dueño: Señor, ¿no sembraste semilla buena en tu campo? ¿De dónde le viene la cizaña? 13,28: Les contestó: Un enemigo lo ha hecho. Le dijeron los sirvientes: ¿Quieres que vayamos a arrancarla? 13,29: Les contestó: No; porque, al arrancarla, van a sacar con ella el trigo. 13,30: Dejen que crezcan juntos hasta la cosecha. Cuando llegue el momento, diré a los cosechadores: Arranquen primero la cizaña, y en atados échenla al fuego; luego recojan el trigo y guárdenlo en mi granero. Palabra del Señor
En el mundo bueno salido de las manos de Dios, la presencia del mal sigue siendo un enigma, un elemento de disgusto y desconcierto que el hombre no soporta e, impaciente como los siervos de la parábola, se pregunta: “¿De dónde viene la cizaña?”. Después, se suele dejar llevar por el frenesí de resolver inmediatamente las tensiones que sufre y termina por recurrir a remedios que son peores que los males a combatir: se convierte en despiadado e intolerante consigo mismo y con los demás, castiga de manera cruel, desencadena guerras santas y es presa fácil de la “ira del hombre (que) no realiza la justicia de Dios”
¿De dónde viene la cizaña? (vv. 24-30).
La existencia del mal, a la que el hombre no ha podido dar nunca una explicación satisfactoria, constituye un angustioso problema. A esto hay que añadir otro problema que afectaba especialmente a los cristianos de las comunidades de Mateo: habían pasado ya cincuenta años desde la muerte y resurrección de Jesús y, mirando alrededor, comprobaban que, sí, había tantas cosas buenas en el mundo, pero que, sin embargo, el mal no solo estaba también presente, sino que continuaba a florecer y crecer. ¿Cómo era posible que el reino de los cielos, inaugurado por Jesús, no lograse un éxito total e inmediato?
El enigma de la existencia del mal exigía y exige una explicación y el evangelista la da con una parábola de Jesús.
El primer personaje que entra en escena es el dueño. Representa a Dios. Él es el que siembra o es, en todo caso, el responsable de la calidad de la semilla, que viene definida como “buena” (v. 24). Este adjetivo no es banal, hace referencia a aquel estribillo repetido, hasta diez veces, en el primer capítulo del Génesis: “Y Dios vio que era bueno”. Todo lo que Dios había hecho era bueno: no en el sentido de que no ocurrieran cataclismos y catástrofes naturales, de que no existiera el dolor, la enfermedad y la muerte, sino que todo era bueno porque estaba perfectamente adaptado y encauzado a la realización del proyecto del Señor.
La creación es buena, como es buena la semilla de la palabra anunciada por Jesús.
El segundo personaje es el enemigo: representa la lógica de este mundo, la mentalidad antievangélica. El enemigo llega de noche, cuando todos duermen y siembra la cizaña, una graminácea muy semejante al grano, que crece hasta alcanzar los 60 centímetros y produce una espiga de granos negruzcos; sus raíces se mezclan con las del trigo y es muy difícil arrancarlas sin arrancar también el trigo.
Cuando las mentes están entorpecidas por el sueño y el hombre se abandona a la disipación y a la frivolidad, es ese justamente el momento en que el enemigo encuentra la manera de introducirse en el campo para sembrar el mal. Basta un descuido y uno termina por adecuarse a la moral corriente, por asimilar los principios de este mundo. No es fácil, en un primer momento, caer en la cuenta de lo sucedido; el mal, de hecho, se enmascara frecuentemente como “ángel de luz” (cf. 2 Cor 11,14). Es solamente después, a la hora de los resultados, cuando nos damos cuenta del germen de muerte que ha penetrado en la mente y en el corazón. He aquí la razón por la que Pablo recomienda: “Ya es hora de despertar del sueño: ahora la salvación está más cerca que cuando abrazamos la fe. La noche está avanzada, el día se acerca” (Rom 13,11-12).
El tercer personaje –que nos resulta simpático porque nos representa muy bien– son los siervos. Su reacción, mezcla de estupor y desconcierto, frente a la constatación de la presencia de la cizaña, es la que nosotros experimentamos cuando nos damos cuenta de la presencia del mal en el mundo, en la comunidad cristiana, en cada hombre. El diálogo entablado con el dueño es conmovedor: muestra el interés de los siervos por el campo, su empeño por la producción. No parecen extraños, sino miembros de la familia.
Es en este punto donde se encuentra el mensaje central de la parábola: la pasión y compromiso de los siervos por la causa del bien, les lleva a proponer incluso una acción disparatada. Están dominados por la impaciencia, por el ansia de desembarazarse inmediatamente de la cizaña; no dudan, quieren intervenir de modo enérgico e inmediato.
El dueño, por el contrario, no pierde el control, mantiene la calma. No se extraña de lo sucedido, no comparte la inquietud de sus siervos. En su respuesta (que ocupa más de un tercio del relato) viene presentada la perspectiva de Dios: en este mundo, el bien y el mal no se pueden separar, están destinados a crecer juntos, y así hasta el fin.
Pero, ¿por qué no se pueden acelerar los tiempos? Si Dios es omnipotente ¿por qué no elimina inmediatamente todo rastro del mal? Respuesta: porque no es omnipotente de la manera como nosotros imaginamos el poder. La Biblia nunca le atribuye este título, lo llama potente (cf. Lc 1,49) o pantokrátor (cf. Ap 1,8), que no significa “aquel que puede hacer lo que quiera”, sino “aquel al quien nada se le escapa de las manos”. El hombre es libre y Dios ha querido iniciar con él una “historia de amor”, de la que podría incluso salir derrotado. Su proyecto contempla la presencia del mal, que viene aceptada serenamente como un componente de la vida. Creer que él es el pantokrátor quiere decir alimentar la convicción que él conducirá hábilmente esta “historia de amor” con cada hombre y que, la última palabra, la decisiva, será siempre la suya.
La presencia de la cizaña, sea que se encuentre en nosotros o en los demás, fastidia enormemente. Nos cuesta admitir que no” (Ecl 7,20). Quisiéramos abandonarnos a la ilusión de ser perfectos, tener una confirmación de la elevada imagen que tenemos de nosotros mismos. El mal no puede ser justificado, cierto, pero Jesús nos exhorta a considerarlo con los ojos serenos y pacientes de Dios.
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