El Domingo de la mujer cuya fe es valorada por el Señor.

Evangelio: Mateo 15,21-28

 

En aquel tiempo, Jesús salió y se retiró de allí se fue a la región de Tiro y Sidón. 15,22: Una mujer cananea de la zona salió gritando: –¡Señor, Hijo de David, ten compasión de mí! Mi hija es atormentada por un demonio. 15,23: Él no respondió una palabra. Se acercaron los discípulos y le suplicaron. –Señor, atiéndela, para que no siga gritando detrás de nosotros. 15,24: Él contestó: –¡He sido enviado solamente a las ovejas perdidas de la Casa de Israel! 15,25: Pero ella se acercó y se postró ante él diciendo: –¡Señor, ayúdame! 15,26: Él respondió: –No está bien quitar el pan a los hijos para echárselo a los perritos. 15,27: Ella replicó: –Es verdad, Señor; pero también los perritos comen las migajas que caen de la mesa de sus dueños. 15,28: Entonces Jesús le contestó: –Mujer, ¡qué fe tan grande tienes! Que se cumplan tus deseos. Y en aquel momento, su hija quedó sana. – Palabra del Señor

 

 

Los cristianos se preguntaban ¿Es la salvación para todos los pueblos o solo para los hijos de Abrahán? Esta pregunta dio lugar a desencuentros, sinsabores y conflictos que dividieron a la Iglesia (cf. 1 Cor 1,10-12; Gál 2,11-14). Algunos sostenían que el evangelio tenía que ser anunciado solamente a los israelitas y, para avalar su tesis, recurrían al comportamiento de Jesús quien, durante su vida pública, había desarrollado su misión solamente dentro de los confines de Palestina; mencionaban también su recomendación: “No vayan a tierras extranjeras ni entren el ciudades de los samaritanos, sino que primero vayan en busca de las ovejas perdidas del pueblo de Israel” (Mt 10,5-6).


Otros tenían ideas más abiertas, convencidos como estaban de que el evangelio, sí, debía ser predicado en primer lugar a los israelitas por ser los primeros destinatarios de la salvación (cf. Mt 22,8-10). Israel era “el primogénito” del Señor (cf. Eclo 36,11), pero no “el unigénito”: Dios había siempre considerados a los otros pueblos como hijos suyos (cf. Jer 3,19). El mandato del Resucitado había sido irrevocable: “Vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos. Bautícenlos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo y enséñenles a cumplir todo lo que yo les he encomendado” (Mt 28,19-20).

A causa de la brevedad (quizás solamente tres años) de su vida pública, Jesús había limitado su misión a las “ovejas perdidas de la casa de Israel”, pero también había realizado gestos claros, indicando que la salvación era para todos los pueblos. El episodio narrado en el evangelio de hoy es uno de los más significativos y reveladores al respecto.

Un día se presenta a Jesús una extranjera. Viene de las regiones de Tiro y Sidón y “continúa a gritar” e, implorando la curación de su hija. El texto la llama “cananea”; pertenece por tanto a un pueblo enemigo, un pueblo peligroso que en más de una ocasión ha seducido a Israel, lo ha apartado de la fe y lo ha inducido a adorar a Baal y Astarté.

Los discípulos de Jesús, educados en el más radical rigorismo e integrismo religioso, no pueden menos de sentirse sorprendidos ante la desfachatez de esta pagana entrometida que osa dirigirse al Maestro, y esperan la reacción de éste: ¿se atendrá a las normas vigentes que prohíben entretenerse con extranjeros o, romperá, como hace frecuentemente, los esquemas tradicionales? El evangelista refiere el diálogo entre Jesús y la mujer, casi complaciéndose en resaltar el tono cada vez más duro de las respuestas del Maestro. Frente a la petición de ayuda por parte de la mujer, Jesús asume una actitud casi despreciativa: no se digna mirarla, ni siquiera le dirige la palabra (v. 23). Intervienen entonces los apóstoles quienes, un tanto molestos, quieren resolver lo más pronto posible una situación que se está volviendo embarazosa. Le piden que se deshaga de ella. “Atiéndela”, dice nuestro texto, pero no es una correcta traducción. “¡Dile que se vaya!”, es su petición.

Jesús aparenta seguir el consejo de sus discípulos y, en un tono más severo, dice a la mujer: “¡He sido enviado solamente a las ovejas perdidas de la casa de Israel!” (v. 24). La imagen del rebaño a la deriva recorre frecuentemente las páginas del Antiguo Testamento: “Mis ovejas se dispersaron y vagaron sin rumbo por toda la tierra sin que nadie las buscase siguiendo su rastro” (Ez 34,6). De esta realidad se hace eco otro profeta: “Todos errábamos como ovejas, cada uno por su lado” (Is 53,6). También es clara la promesa del Señor: “Yo mismo en persona buscaré mis ovejas siguiendo su rastro… Buscaré las ovejas perdidas y recogeré las descarriadas; vendaré a las heridas y sanaré a las enfermas; a las gordas y fuertes las guardaré y las apacentará como es debido” (Ez 34,11.16).

El Señor se ha comprometido solamente con los israelitas y debe, por tanto, interesarse solamente de ellos. Presentándose como el Pastor de Israel, Jesús declara su intención de querer dar cumplimiento a las profecías. La mujer comprende, sabe que no pertenece al pueblo elegido, es consciente de no formar parte del “rebaño del Señor” y de no tener ningún derecho a la salvación, no obstante confía en la benevolencia y gratuidad de las intervenciones de Dios, se postra delante de Jesús e implora: “¡Señor, ayúdame!”, pero recibe una ofensa como respuesta: “No está bien quitarle el pan a los hijos para echárselo a los perritos” (v. 24).

Los israelitas son el rebaño, los paganos son los perros. El uso del diminutivo atenúa, pero solo un poco, el insulto. “Perro” era en todo el antiguo Medio-Oriente, la peor de las injurias, era el nombre despreciativo con que los judíos designaban a los paganos. Una imagen cruda, retomada en varios textos del Nuevo Testamento: “No tiren las cosas santas a los perros” (Mt 7,6); “¡fuera los perros!” (Ap 22,15). “¡Cuidado con los perros!” (Fil 3,2). La expresión era usada para poner de relieve la absoluta incompatibilidad entre la vida pagana y la oferta evangélica.

En boca de Jesús esta expresión sorprende, sobre todo si se tiene en cuenta que la mujer cananea se ha dirigido a él con grande respeto: lo ha llamado por tres veces “Señor”—título con que los cristianos profesaban su fe en el Resucitado—y una vez “Hijo de David” lo que equivale a reconocerlo como Mesías. Parece como si Jesús, al igual que todos sus connacionales, sienta aversión a los paganos. La conclusión del relato es iluminadora: ¡“Mujer, exclama Jesús, grande es tu fe”! Un elogio que nunca había dirigido a ningún israelita.

Por fin todo queda claro. Lo precedente—la provocación, el desprecio por los paganos, la referencia a su impureza e indignidad—no era sino una hábil puesta-en-escena, a través de la cual Jesús quiere que sus discípulos cambien radicalmente sus relaciones con los extranjeros. Ha “recitado la parte” de un israelita íntegro y puro para mostrar lo insensata y ridícula de la mentalidad separatista cultivada por su propio pueblo. Mientras las “ovejas del rebaño” se mantenían alejadas del pastor que quería reunirlas (cf. Mt 23,37), los “perros” se acercaban a él y por su gran fe obtenían la salvación.

El mensaje es hoy más actual que nunca. La iglesia está llamada a ser el signo del fin de todas las discriminaciones dictadas por el sexo, raza, pueblo o institución de pertenencia. “Por la fe en Cristo Jesús, todos ustedes son hijos de Dios. Los que se han consagrado a Cristo se han revestido de Cristo. Ya no se distinguen judío o griego, esclavo y libre, hombre y mujer, porque todos ustedes son uno con Cristo Jesús. Y si ustedes pertenecen a Cristo, son descendientes de Abrahán, herederos de la promesa” (Gál 3,26-29).

La mujer cananea, la pagana, la no creyente, es señalada como modelo, justamente, del verdadero creyente: sabe que no merece nada, cree que solamente por la palabra de Cristo se puede alcanzar gratuitamente la salvación, la implora y la recibe como regalo.

 

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