El Domingo en que un no bien pensado se convierte en un sí rotundo.

Evangelio: Mateo 21,28-32

21,28: A ver, ¿qué les parece? Un hombre tenía dos hijos. Se dirigió al primero y le dijo: Hijo, quiero que hoy vayas a trabajar a mi viña. 21,29: El hijo le respondió: No quiero; pero luego se arrepintió y fue. 21,30: Acercándose al segundo le dijo lo mismo. Éste respondió: Ya voy, señor; pero no fue. 21,31: ¿Cuál de los dos cumplió la voluntad de su padre? Le dicen: El primero. Y Jesús les dice: Les aseguro que los recaudadores de impuestos y las prostitutas entrarán antes que ustedes en el reino de Dios. 21,32: Porque vino Juan, enseñando el camino de la justicia, y no le creyeron, mientras que los recaudadores de impuestos y las prostitutas le creyeron. Y ustedes, aun después de verlo, no se han arrepentido ni le han creído. – Palabra del Señor


Jesús ha retomado frecuentemente esta imagen: ha hablado de obreros enviados, en horas diversas, a trabajar en la viña (cf. Mt 20,1-15), de viticultores homicidas que no quieren entregar los frutos (cf. Mt 21,33-40) y sobre todo se ha presentado a sí mismo como “la vid verdadera” (cf. Jn 15,1-8).

 

La parábola del evangelio de hoy pone en escena a tres personajes: un padre y dos hijos.

 

Los oyentes de Jesús intuyen inmediatamente que el padre representa a Dios, pero ciertamente quedan sorprendidos del hecho de que tenga dos hijos. El hijo de Dios es uno solo, Israel; por boca del profeta Oseas, el Señor ha dicho: “De Egipto he llamado a mi hijo” (Os 11,1) y ha declarado al faraón: “Israel es mi hijo primogénito” (Ex 4,22). La escritura afirma que solamente “los judíos son hijos del Dios Altísimo” (Est 8,12q), “hijos que no engañarán” (Is 63,8). Oír hablar de dos hijos de Dios es desconcertante para un israelita; y esto es solo el comienzo, el resto de la parábola será aún más provocador.

 

A la invitación del padre de ir a trabajar en la viña, el primogénito responde entusiasta, con presteza: Sí, Señor (literalmente: ¡Yo, señor!, como diciendo: no pienses en otro, aquí estoy yo), pero después no fue (v. 29). No se dice que, por desgana o por alguna otra opción más atrayente propuesta por los amigos, “cambió de idea”; no era el, cuando había dicho que sí, no estaba para nada de acuerdo con el programa del padre, había solamente pronunciado palabras, palabras vacías.

 

La referencia a otro dicho de Jesús es clara: “No todo el que me diga ¡Señor, Señor! entrará en el reino de los cielos sino el que cumpla la voluntad de mi Padre que esta en el cielo.” (Mt. 7,21).

 

Este primogénito representa evidentemente a los israelitas a quienes ya Moisés había calificado de “hijos degenerados”, “generación perversa”, “hijos infieles” (Dt 32,5.20). No todos los israelitas, evidentemente, sino aquellos que, de palabra, habían aceptado los compromisos de la alianza, y después, los habían reducido a ritos externos, a ceremonias sin valor, convencidos de estar en buenas relaciones con el Señor porque le ofrecían sacrificios, holocaustos, oraciones. Ésta era, al tiempo de Jesús, la religión practicada por los sacerdotes del templo y los notables del pueblo. No producían los frutos requeridos por el Señor: Esperó de ellos derecho, y ahí tienen: asesinatos; esperó justicia, y ahí tienen: lamentos (Is 5,7). Las solemnes liturgias eran solo hojas, no frutos (cf. Mt 21,18-22).

 

Las provocaciones de la parábola no han terminado. El padre pidió también al segundo hijo que fuera a trabajar a la viña y la respuesta fue: “No, no tengo ganas”. Después, sin embargo, lleno de remordimiento, fue (v. 30).

 

La referencia a los odiados paganos, que ahora son elevados al rango de hijos, es explícita. Éstos no han dado ninguna adhesión formal a la voluntad del Señor, sin embargo han entrado como los primeros en el reino de Dios.

 

Cuando Mateo escribe este pasaje evangélico, han pasado cincuenta años de la muerte y resurrección del Señor y la profecía se había ya realizado: las comunidades cristianas estaban compuestas sobre todo de ex-paganos, mientras que la mayoría de los hijos de Abrahán no había reconocido en Jesús al Mesías de Dios, no habían entrado en la viña.

 

Leyendo nosotros hoy la parábola, podemos caer en la peligrosa ilusión de que los dos hijos sean personajes prehistóricos que no tienen nada que ver con nosotros.

 

Los cristianos serían el “tercer hijo”, aquel que responde sí y hace la voluntad del Padre. Profesan una fe clara e inmune de errores teológicos, se empeñan a observar los mandamientos y ensalzan al Señor con cantos y oraciones.

 

Intentemos, sin embargo, preguntarnos qué incidencia tienen en la vida de cada día (¡quiero que hoy vayas a trabajar en mi viña) nuestras fórmulas, nuestras declaraciones, nuestras formales tomas de posición, nuestro ritos. ¿Ponen fin a los odios, a las guerras, a los abusos? Aun cuando continuemos profesando nuestra fe cristiana ¿nos resignamos fácilmente a una vida de compromisos? ¿No nos adherimos frecuentemente a los criterios de este mundo y al “sentido común” de los hombres? ¿No convivimos, quizás, con las injusticias, las desigualdades, las discriminaciones?

 

El tercer hijo existe, pero no somos nosotros. Solamente “el Hijo de Dios, Jesucristo –escribe Pablo– no fue “sí” y “no”; en Él solo fue el “sí”. Todas las promesas de Dios se convirtieron en Él en un “sí” (cf. 2 Cor 1,19). Él es el único que ha dicho siempre “Sí, Padre, ésa ha sido tu elección” (Mt 11,26).

 

La conclusión de la parábola (vv. 31b-32) contiene la que probablemente sea la afirmación más provocadora de Jesús: “les aseguro que los recaudadores de impuestos y las prostitutas están entrando antes que ustedes en el reino de Dios”. El verbo está en presente; se trata, pues, de una constatación: los pecadores públicos que no tienen ningún refugio religioso donde esconderse, los que no pueden fingir porque su condición es conocida por todos, también conocida por ellos mismos, aventajan a los que se tienen por justos. Éstos se sienten seguros y protegidos por las prácticas religiosas que cumplen fielmente y no se dan cuenta de lo lejos que están de la viña del Señor.

 

“Los publicanos y las prostitutas” que saben que están alejados de Dios, no les pasa por la cabeza de estar haciendo la voluntad de Dios, son conscientes de haber dicho “no”, no tratan de engañarse a sí mismos cumpliendo normas y preceptos inventados por ellos, no tranquilizan sus conciencias con prácticas que nada tienen que ver con la verdadera religión. Saben que son pobres, débiles, pecadores necesitados de ayuda…y esto les predispone para ser los primeros en recibir el don de Dios.

 

El otro hermano entrará en la viña cuando deje de considerarse justo, cuando renuncie al orgullo de lo que él cree que son buenas obras, cuando reconozca y sienta hastío de su propia hipocresía, cuando abandone la seguridad que le da el haber dicho siempre que sí de palabra y se alegre al sentirse salvado por el amor gratuito del Padre.

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