El Domingo para perder la vida y ganarla en totalidad.

 Evangelio: Mateo 16,21-27

16,21: En aquel tiempo, Jesús comenzó a explicar a sus discípulos que debía ir a Jerusalén, padecer mucho por causa de los ancianos, sumos sacerdotes y letrados, sufrir la muerte y al tercer día resucitar. 16,22: Pedro se lo llevó aparte y se puso a reprenderlo: –¡Dios no lo permita, Señor! No te sucederá tal cosa. 16,23: Él se volvió y dijo a Pedro: –¡Aléjate, Satanás! Quieres hacerme caer. Piensas como los hombres, no como Dios. 16,24: Entonces Jesús dijo a los discípulos: –El que quiera seguirme que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz y me siga. 16,25: El que quiera salvar su vida la perderá; pero quien pierda la vida por mi causa la conservará. 16,26: ¿De qué le vale al hombre ganar todo el mundo si pierde su vida?, ¿qué precio pagará por su vida? 16,27: El Hijo del Hombre ha de venir con la gloria de su Padre y acompañado de sus ángeles. Entonces pagará a cada uno según su conducta. 16,28: Les aseguro: hay algunos de los que están aquí que no morirán antes de ver al Hijo del Hombre venir en su reino. – Palabra del Señor

 

Los discípulos habían intuido que su Maestro, era el Cristo, el esperado “Hijo de David”: lo habían seguido para ver convertidos en realidad sus sueños de gloria. La única cuestión que, según ellos, estaba aún por decidir era quiénes iban a ocupar los primeros puestos (cf. Mc 9,34). Es en este contexto de expectativas mesiánicas donde viene colocado en primero de los tres anuncios de la pasión que se encuentran en los evangelios. Hacia la mitad de su vida pública, Jesús se da cuenta que debe corregir de manera decisiva las convicciones de sus discípulos, no quiere que le sigan acariciando vanas ilusiones. Para evitar todo equívoco, declara abiertamente que no se encamina hacia el triunfo, sino que marcha hacia Jerusalén para sufrir mucho, para ser matado y para resucitar al tercer día.

La lógica humana no puede menos de sentirse desarticulada ante semejante propuesta. Los discípulos no pueden entender, han aprendido de los escribas que el mesías no puede morir; les ha sido enseñado que, a su venida, los justos que yacen en los sepulcros se levantarán para compartir la alegría de su reino…. Pedro reacciona en nombre de todos ellos (vv. 32-33). No teme a los sacrificios, un día probará ser capaz de arriesgar aun la vida si es necesario (cf. Jn 18,10), pero no está dispuesto a embarcarse en un proyecto absurdo, no acepta seguir por un camino que lleva directamente al fracaso, y le gustaría que también Jesús se diera cuenta de ello y cambiara idea.

La escena que sigue es tan realista como significativa. Pedro toma a parte a Jesús como para infundirle un poco de ánimo en un momento de desaliento, como si le quisiera hacer comprender que, en un instante de confusión, es comprensible que se le haya escapado una frase infeliz. La reacción de Jesús al tentativo de apartarlo de su camino, es dura, casi irritada: “¡Aléjate, Satanás!”, dice nuestro texto, pero la traducción no es exacta. Jesús no pretende alejar a Pedro, sino hacer que vuelva al camino recto. “¡Ven detrás de mí!”—le apremia—sigue mis pasos, no intentes caminar delante como queriendo indicar el camino a seguir; éste ha sido ya trazado por mi Padre; tu propuesta, Pedro, huele a sabiduría de este mundo, procede de la astucia de los hombres que es insensatez a los ojos de Dios.

Pedro no está cometiendo un error sin importancia, está caminando en dirección opuesta a la del Señor, se está portando exactamente como Satanás que intentó un día orientar a Jesús hacia el dominio, hacia la conquista del poder. Lo había conducido hacia un monte altísimo y le había mostrado todos los reinos del mundo con su gloria, diciéndole: “Todo esto te daré si te postras para adorarme”, pero Jesús había reaccionado con decisión: “¡Aléjate, Satanás!” (Mt 4,8-10). Ahora, ante la misma tentación insinuada por Pedro, no puede menos de reaccionar con la misma dureza.

La escena narrada en el evangelio de hoy forma un díptico con la de la semana pasada. Simón había sido señalado por Jesús como la piedra viva de la iglesia porque había acogido la revelación del Padre, había aceptado su diseño de salvación y había profesado su fe en el Hijo del Dios vivo. Ahora se convierte en piedra de escándalo porque se deja guiar por razonamientos humanos: mira a la gloria, al éxito, a los honores, por eso se convierte en un tropiezo en el camino del Maestro y de sus discípulos.

Después de haber reprendido a Pedro, Jesús se dirige a todos (vv. 24-27) y expone de manera inequívoca sus requerimientos. ¡Ninguna intención de mitigarlos ni de hacerlos más aceptables! Si el Maestro ha escogido dar la vida y si “el discípulo no es superior al maestro” (Mt 10,24), el camino deberá ser necesariamente el mismo. Tres imperativos caracterizan la radicalidad de una elección que no admite ni excusas ni marcha atrás: “el que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga”.

Que se niegue a sí mismo significa: deja de pensar en sí mismo. Es el vuelco total frente a los principios que en este mundo regulan las relaciones entre las personas, es el rechazo frontal de todos impulsos, considerados por muchos como positivos, que nos lanzan a la búsqueda del propio interés, al logro de gratificaciones, reconocimientos, ventajas. Incluso en los más puros gestos de amor se esconde frecuentemente la sombra velada del egoísmo y la ambición. El discípulo de Jesús es llamado, ante todo, a renunciar a todo interés personal, incluso espiritual; no hace el bien para acumular méritos en el cielo, para subir un escalón más en el propio progreso espiritual. No toma mínimamente en consideración los efectos positivos que pueden recaer sobre su persona en razón de las buenas obras que hace. Ama gratuitamente, en pura pérdida, como hace el Padre.

Que cargue con su cruz, segundo imperativo, no se refiere a la necesidad de aguantar pacientemente las pequeñas o grandes tribulaciones de la vida, ni menos aún, a una exaltación del dolor como medio de agradar a Dios. El cristiano no busca el sufrimiento sino el amor. La cruz es el signo del amor y del don más grade. Llevarla en pos de Cristo significa seguir el camino que él ha recorrido: dar la vida por sus mismos ideales, enfrentarse, si es necesario, a las persecuciones y a la muerte por permanecer fieles al evangelio. “Lleva la cruz” quien se sacrifica así mismo para hacer el bien, para hacer feliz a alguien.

Y me siga, tercer imperativo, no quiere decir “tómame como modelo”, sino comparte mi elección, entra en mi proyecto, juégate la vida por los demás, como yo. En los versículos conclusivos (vv. 25-27) vienen presentadas tres razones con las que Jesús quiere convencer al discípulo a aceptar las tres difíciles condiciones que acaba de exponer.

La primera: el que entrega la propia vida, en realidad no la pierde sino que la gana (v. 25). Quien no suelta el grano de trigo, quien lo consume para sí, quien lo esconde…lo disipa. Solo quien tiene el coraje de perderlo dejándolo caer en la tierra, “lo conserva”, lo “recupera”. Sucede lo mismo con la vida: para “ganarla” es necesario “perderla’, es necesario gastarla en favor de los hermanos.

La segunda razón (v. 26): la vida de este mundo pasa velozmente, es transitoria, frágil, precaria; no vale la pena agarrarse desesperadamente a ella como si fuera eterna. Resuenan aquí las numerosas reflexiones sapienciales sobre la caducidad de la vida. “Me concediste unos palmos de vida, mis días son como nada ante ti. El hombre no dura más que un soplo, es como una sombra que pasa; solo un soplo son las riquezas que acumula, sin saber quién será su heredero” (Sal 39,6-7).

La tercera razón (v. 27): la recompensa final. Recurre con frecuencia en el evangelio de Mateo la escena del juicio, no como amenaza futura, sino como indicaciones de las elecciones sabias que se deben hacer en el presente. ¿Qué se podrá presentar ante Dios al final de la vida? No ciertamente el dinero acumulado, los placeres gozados, los reconocimientos, la carrera. Al final, el Señor no mirará los títulos honoríficos que hayamos conseguido poner delante de nuestros nombres, sino a las obras de amor que seguirán a nuestros nombres.

Cuando se apaguen los reflectores que han deslumbrado la escena de este mundo, cuando se extingan las lucecillas de los ídolos que han encandilado y seducido a tantas personas, entonces brillará solamente la luz de Dios y aparecerá el verdadero valor de la vida de cada uno.


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