El Domingo de la Piedra que rompe la religiosidad.
Evangelio: Mateo 21,33-34
21,33: Escuchen otra parábola: Un hacendado plantó una viña, la rodeó con una tapia, cavó un lagar y construyó una torre; después la arrendó a unos viñadores y se fue. 21,34: Cuando llegó el tiempo de la cosecha, mandó a sus sirvientes para recoger de los viñadores el fruto que le correspondía. 21,35: Pero los viñadores agarraron a los sirvientes y a uno lo golpearon, a otro lo mataron, y al tercero lo apedrearon. 21,36: Envió otros sirvientes, más numerosos que los primeros, y los trataron de igual modo. 21,37: Finalmente les envió a su hijo, pensando que respetarían a su hijo. 21,38: Pero los viñadores, al ver al hijo, comentaron: Es el heredero. Lo matamos y nos quedamos con la herencia. 21,39: Agarrándolo, lo echaron fuera de la viña y lo mataron. 21,40: Cuando vuelva el dueño de la viña, ¿cómo tratará a aquellos viñadores? 21,41: Le responden: Acabará con aquellos malvados y arrendará la viña a otros viñadores que le entreguen su fruto a su debido tiempo. 21,42: Jesús les dice: ¿No han leído nunca en la Escritura: La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular; es el Señor quien lo ha hecho y nos parece un milagro? 21,43: Por eso les digo que a ustedes les quitarán el reino de Dios y se lo darán a un pueblo que produzca sus frutos. – Palabra del Señor
Como el profeta Isaías, también Jesús recurre a la imagen de la viña para describir la obra de Dios y la respuesta del hombre; la escena, sin embargo, es un tanto diversa. Cambian los personajes: el primer plano no lo ocupan Dios y la viña que da uva agria e incomestible, sino un dueño, Dios, y sus dependientes, identificados con los sumos sacerdotes y guías espirituales del pueblo a los que va dirigida la parábola (cf. Mt 21,23). La viña, por otra parte, no estéril; parece que da frutos, pero no son entregados al dueño. Finalmente, la conclusión es diversa: no abandono ni devastación de la viña, sino un nuevo comienzo, una iniciativa de salvación, los trabajadores ineptos son substituidos por otros.
Entremos en la parábola. Un terrateniente planta una viña, la circunda con una valla, escaba un lagar, construye una torre, la entrega al cuidado de viñadores y se va. Llegado el tiempo de la vendimia, envía a sus siervos a recoger la cosecha pero éstos se encuentran con la sorpresa de que los viñadores no quieren entregar los frutos. La primera hipótesis que viene a la mente es que los viñadores quieren quedarse con los frutos; existe, sin embargo otra posibilidad, quizás la más probable: no tienen ningún fruto que presentar. Puede ser que no hayan trabajado, que hayan pasado el tiempo en crápulas y francachelas o que no hayan hecho un buen trabajado.
Algunos de ellos comienzan a burlarse de los enviados del dueño, después vienen los insultos y finalmente los golpes y la muerte de algunos siervos. El dueño no se da por vencido, ama demasiado a su viña y manda, entonces, otros siervos, más numerosos que los primeros, pero los resultados son los mismos. Como último tentativo, envía a su propio hijo, pero los trabajadores de la viña lo echan fuera también a él y lo matan, convencidos de convertirse en dueños del campo que les había sido encomendado. Como en la primera lectura, también en el evangelio todos los detalles del relato tienen un significado simbólico.
El patrón es el Señor que ha prodigado incontables cuidados y manifestado un inmenso amor por su pueblo (v. 33). La cerca es la Torá, la ley que Dios ha dado a su pueblo para protegerlo de sus enemigos, es decir, de las propuestas de vida insensata que les habría llevado a la ruina. Los viñadores representan los jefes, los líderes religiosos y políticos cuya tarea era la de colocar al pueblo en las condiciones ideales para producir los frutos que el dueño espera de ellos, y que la primera lectura nos permite identificar: se trata de frutos de amor al prójimo y justicia social.
Los dos grupos de invitados se refieren a los profetas que antes y después del exilio han sido enviados, cada vez más numerosos para exhortar Israel a la fidelidad a la alianza. He aquí cómo se expresa Dios por boca de Jeremías: “Desde que salieron de Egipto hasta hoy les envié a mis siervos los profetas un día y otro día; pero no me escucharon ni prestaron oído, se pusieron tercos y fueron peores que sus padres (Jer 7,25-26). El destino de estos hombres fue dramático: golpes, lapidaciones (cf. 2 Cor 24,21), cepos y cadenas (cf. Jr 20,2), muertes a espada (cf. Jr 26,23). No podían esperar otra cosa: eran portavoces de Dios y de su sabiduría; demasiado alejada de los pensamientos de los hombres, absurda, inaceptable. He aquí por qué los viñadores quieren posesionarse del campo, rechazan todo otro punto de referencia, pretenden gestionar ellos solos la viña. Representan a aquellos para quienes Dios no cuenta y que consideran sus dones como un bien de que apropiarse.
El Hijo es Jesús. El tiempo de la vendimia representa el momento del juicio de Dios que –hay que tener esto bien presente– no hay que entenderlo como “ajuste de cuentas”, sino como una intervención salvífica. Me explico. Al final de la parábola, Jesús trata de envolver en la trama del relato a sus oyentes y le pide su parecer sobre qué comportamiento esperarían del dueño de la viña, y ellos responden convencidos: “Acabará con aquellos malvados” (v. 41).
Esta imagen severa y truculenta, es fruto de la efervescente fantasía oriental que –como muchas veces hemos indicado– se complace en pintar cuadros con tintes fuertes ósea hipérboles y excesos.
Pero Jesús sigue otra lógica. En vez de aprobar las palabras de amenaza y destrucción pronunciadas por sus oyentes (v. 41), propone la acción de Dios: el Señor no reaccionará destruyendo al malvado ni tampoco fingiendo que el mal no ha sido cometido. Éste permanece, no puede ser maquillado. Pero Dios interviene para sacar bien del mal, es una obra maestra de salvación. Se puede recordar lo que José dijo a sus hermanos que lo habían vendido a los egipcios: “Ustedes intentaron hacerme mal, Dios intentaba convertirlo en bien dando vida a un pueblo numeroso” (Gen 50,20).
Los versículos 39.42-43 constituyen la parte central de la parábola: describe la muerte y resurrección del Señor. Los líderes del pueblo agarran al Hijo y lo echan fuera de la viña. Es lo que ha sucedido a Jesús: ha sido tenido por un blasfemo, un impuro y por esto ha sido conducido fuera de los muros de la ciudad para ser ajusticiado. Pero Dios, resucitándolo, lo ha glorificado, lo ha constituido Señor, piedra angular de un nuevo edificio.
El resultado final de la intervención del dueño es la entrega de la viña a otros trabajadores que la hagan fructificar. No se trata de una reacción de despecho por parte del dueño, sino de un gesto suyo de amor y de salvación. Ni siquiera el rechazo y la muerte del Hijo hacen que Dios se convierta en enemigo del hombre.
Refiriendo esta parábola, el evangelista Mateo pensaba ciertamente en la infidelidad de los líderes de su pueblo y su rechazo al Mesías de Dios. Pero no solamente pensaba en ellos, pensaba también en sus comunidades y en el mundo entero: todo hombre es un viñador del que Dios espera la entrega de los frutos.
La buena noticia con que concluye el pasaje evangélico (v. 43) es que, a pesar de todos los rechazos del hombre, al final Dios encuentra siempre la manera de alcanzar su objetivo y obtener los frutos buenos que desea.
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