El Domingo para encontrar a Dios en el prójimo.
Evangelio: Mateo 22,34-40
22,34: Al saber los fariseos que había tapado la boca a los saduceos, se reunieron alrededor de él; 22,35: y uno de ellos, [doctor en la ley] le preguntó maliciosamente: 22,36: —Maestro, ¿cuál es el precepto más importante en la ley? 22,37: Jesús le respondió: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, y con toda tu mente. 22,38: Éste es el precepto más importante; 22,39: pero el segundo es equivalente: Amarás al prójimo como a ti mismo. 22,40: De estos dos mandamientos dependen la ley entera y los profetas. – Palabra del Señor
Los rabinos del tiempo de Jesús, habían llegado a descubrir, estudiando la Biblia, 613 mandamientos, de los que 365 (como los días del año) eran negativos, es decir, prohibiciones y 248 (como los miembros del cuerpo humano) positivos, o sea, obras que cumplir. Las mujeres solo estaban obligadas a cumplir los mandamientos negativos. ¡Pobres catequistas! A mandamiento por día, habrían empleado casi dos años para explicarlos todos y, al final, los primeros estarían ya ciertamente olvidados. Si era ya difícil aprenderlos, se puede uno imaginar lo que sería cumplirlos; evitar los pecados era prácticamente imposible. La gente del pueblo que no estaba en grado de aprender las sutiles distinciones y la interminable casuística de la moral, era despreciada por los escribas: “Esa gente que no conoce la ley, es maldita” afirmaba Caifás (Jn 7,49).
Jesús consideraba este abultado bagaje de normas como un yugo pesante que oprimía y fatigaba, ahogaba y mataba la alegría de vivir (cf. Mt 11,28). “¡Ay de ustedes también, doctores de la ley, que imponen a los hombres cargas insoportables!” (Lc 11,46).
Un día, uno de estos escribas, quizás un poco resentido por las palabras de Jesús, se le acerca en actitud hostil y, para tentarlo, le pregunta: “¿Cuál es el precepto más importante de la ley?” (v. 36). Lo que quiere decir en realidad es que todos los 613 preceptos son grandes e importantes y deben ser cumplidos con el máximo empeño; no son un yugo, sino que “le irá bien al hombre si es dócil desde joven” (Lam 3,27). ¿Cómo se atreve a decir que son “cargas insoportables”? ¿Pretende, acaso, anular parte de la ley (Mt 5,17-20)?
No todos los rabinos eran tan rígidos, muchos aceptaban una distinción entre preceptos graves y leves y sentían incluso la necesidad de hacer una síntesis, de encontrar uno que los resumiera a todos. El texto al que hacían referencia era el famoso Shemá Israel que diariamente, mañana y tarde, todo israelita recitaba y que Jesús mismo cita: Amarás al Señor tu Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todas tus fuerzas (Dt 6,5).
Había quien colocaba en el primer puesto el amor al prójimo. Se cuenta que un día pidieron a Hillel –un famoso rabino que vivió pocos años antes de Cristo– que enseñara toda la Torah en el tiempo en que lograra mantenerse erecto apoyándose en un solo pie. Hillel respondió: “No hagas hacer a tu prójimo lo que no te guste hacer a ti. Esto es toda la ley, lo demás es comentario”.
Filón –filósofo y literato judío que vivió en Alejandría de Egipto– decía que toda ley se resumía en el decálogo y que éste, a su vez, se sintetizaba en el amor a Dios y al prójimo.
¿Hay, pues, alguna novedad en la respuesta de Jesús?
Examinemos sus palabras. El mandamiento grande, el primero, es amar a Dios, comprometiendo a tres facultades: el corazón, el alma y la mente. Dios, ante todo, debe ser amado con un corazón no dividido (con todo el corazón). Hoy hablamos de creyentes y de ateos; en los tiempos bíblicos, sin embargo, esta distinción no hubiera tenido ningún sentido porque, simplemente, no había ateos; la distinción era entre creyentes e idólatras, es decir, entre los que amaban al Dios vivo y verdadero y los que se adherían a dioses muertos y engañadores. Hoy hay creyentes, gente de iglesia, fieles cumplidores de todas las prácticas religiosas, que, contemporáneamente, adoran la cuenta bancaria, la posición social, la carrera, el poder, las propias ambiciones. Éstos tienen ciertamente el corazón dividido, no aman con todo el corazón, como Jesús pide.
Con toda la vida (el alma). El creyente debe estar dispuesto sacrificar todo (dinero, intereses, vínculos afectivos, derechos), incluso afrontar el martirio en defensa de la propia fe. Amar a Dios, entregarle toda nuestra confianza puede comportar –y sucede con frecuencia– la necesidad de tomar decisiones y renuncias heroicas. En tales casos, no es lícito recurrir a subterfugios y mistificaciones; no pueden ser aceptadas soluciones de compromiso, ni para uno mismo ni para sugerírselas a otros.
Con toda la mente. También el aspecto racional forma parte del amor a Dios. Las emociones no pueden ser objeto de un mandamiento, puede serlo, sin embargo, el compromiso de empeñar toda la inteligencia en la búsqueda del Señor y de su voluntad. Quien se interesa en futilidades, quien dedica más tiempo a frivolidades y habladurías acerca de la vida y milagros de los famosos del cine o TV que al estudio de la Palabra de Dios, quien ignora problemas teológicos o morales de actualidad, quien no se empeña en profundizar las razones de la propia fe, está muy poco comprometido en el amor a Dios.
Hasta aquí, nada nuevo respecto a la fe judía, aparte del hecho (fundamental para un cristiano) de que el descubrimiento del rostro de Dios y de su voluntad, pasan a través de la revelación que viene de Cristo, y que el amor a Dios es fruto del don de su Espíritu. Después der haber anunciado cuál es el mandamiento grande, Jesús añade que éste es también el primero. Jesús hace esta especificación para introducir el segundo que es semejante al primero: “Amarás al prójimo como a ti mismo” (v. 39), y aquí comienza la novedad más evidente.
La cualificación de “semejante” –homoia en griego significa igualmente grande, igualmente importante, igual a– confiere al amor al hombre el mismo valor que el amor a Dios: solo Jesús ha colocado los dos mandamientos al mismo nivel, confiriéndoles igual valor. En la citada respuesta de Hillel, hemos ciertamente percibido una cierta resonancia de la invitación de Jesús a sus discípulos: “Traten a los demás como quieren que los demás les traten. En esto consiste la ley y los profetas” (Mt 7,12). Seguramente habremos notado también la diferencia: Jesús ha convertido en positivo (traten…) la recomendación que Hillel había formulado en negativo (no traten…). El maestro ha partido de las reflexiones de los más sabios entre los rabinos para comunicar la luz plena de su mensaje.
También en la llamada al mandamiento del amor al prójimo ha usado el mismo procedimiento. Se ha referido, como los rabinos, a un texto bíblico frecuentemente citado: “No serás vengativo ni guardarás rencor a tu propia gente. Amarás a tu prójimo como a ti mismo (Lv 19,18) pero, sin embargo, ha conferido al precepto una perspectiva nueva, una dimensión ilimitada. Para el israelita, “prójimo” eran los hijos de su pueblo; para Jesús es todo hombre, aun el enemigo (cf. Mt 5,43-48).
La afirmación conclusiva: “De estos dos mandamientos depende la ley entera y los profetas” (v. 40) tiene que ser interpretada, por tanto, teniendo presente expresiones similares usadas por los rabinos. Estos dos mandamientos constituyen el punto de referencia de cualquier norma, deben ser considerados como criterios de juicio para valorar todo precepto: todas las leyes son buenas si son expresiones de amor o hay que rechazarlas si se oponen, si son un impedimento para el bien del hombre.
Hay un último punto que esclarecer: la relación entre el amor a Dios y el amor al prójimo.
Es de notar que en el Nuevo Testamento existe una tendencia a unificar los dos mandamientos. Marco, el primero de los evangelistas, habla de primer mandamiento y de segundo mandamiento; después de él, Mateo retoma la misma expresión, pero añade: el segundo es semejante, es decir, equivale al primero; Lucas no alude a un primer mandamiento y a un segundo, sino que los une en uno solo (cf. Lc 10, 25-28); Juan recuerda las palabras de Jesús quien habla de un solo mandamiento: “Les doy un mandamiento nuevo, que se amen unos a otros como yo los he amado: ámense así unos a otros. En eso conocerán que son mis discípulos, en el amor que se tengan unos a otros” (Jn 13,34-35).
En el resto del Nuevo Testamento, no se hace más referencia a dos mandamientos, sino a uno solo, el amor al hombre. “Toda la ley –recuerda Pablo– se cumple con un precepto: ‘amarás a tu prójimo como a ti mismo’” (Gál 5,14) y, escribiendo a los romanos, recomienda: “Que la única deuda que tengan con los demás sea la deuda del amor mutuo. Porque el que ama al prójimo ya cumplió toda la ley. De hecho, los mandamientos: no cometerás adulterio, no matarás, no robarás, no codiciarás y cualquier otro precepto, se resumen en éste: Amarás a tu prójimo como a tu mismo. Quien ama no hace mal al prójimo, por eso el amor es el cumplimiento pleno de la ley” (Rom 13,8-10).
Sabemos lo que significa amar al hombre, aunque no siempre nos es fácil establecer cómo este amor deba ser concretizado. Pero, ¿cómo se ama a Dios?
Si se continúa manteniendo separados los dos mandamientos se corre el riesgo de poner a Dios y al prójimo compitiendo por el corazón del hombre por su tiempo, por sus pensamientos, sus intereses, de tal manera que lo que se le da a uno se le quita al otro. Amar a Dios no significa sustraer algo del hombre para darlo a Dios. Eran los dioses paganos los que habían creado a los hombres para ser servidos por éstos mediante ofrendas, sacrificios, postraciones. El Dios de Jesús nunca ha querido nada para sí mismo; es ÉL, quien se pone al servicio del hombre, hasta el extremo inclinarse para lavarle los pies. “Si Dios nos ha amado tanto –dice Juan– también nosotros debemos amarnos unos a otros” (1 Jn 4,11).
Amar a este Dios significa asimilar sus sentimientos con respecto al hombre, significa amar al huérfano, a la viuda, al extranjero como Dios les ama y les protege.
Varios rabinos habían ya notado la conexión entre los dos mandamientos. Uno de ellos, sin embargo, también intuyó la razón por la que ambos mandamientos se atraen mutuamente, razón sublime que hacemos nuestra: el amor al hombre es siempre amor a Dios, porque va dirigido a su imagen (cf. Gn 1,27).
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