El Domingo en que Jesús cuestiona el clericalismo de la época y de hoy.
Evangelio del domingo
Evangelio según san Mateo (23,1-12), del domingo, 5 de
noviembre de 2023
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Lectura del santo evangelio según san Mateo (23,1-12):
En aquel tiempo, Jesús habló a la gente y a sus discípulos, diciendo: «En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos: hagan y cumplan lo que les digan; pero no hagan lo que ellos hacen, porque ellos no hacen lo que dicen. Ellos lían fardos pesados e insoportables y se los cargan a la gente en los hombros, pero ellos no están dispuestos a mover un dedo para empujar. Todo lo que hacen es para que los vea la gente: alargan las filacterias y ensanchan las franjas del manto; les gustan los primeros puestos en los banquetes y los asientos de honor en las sinagogas; que les hagan reverencias por la calle y que la gente los llame maestros. Ustedes, en cambio, no se dejen llamar maestro, porque uno solo es su maestro, y todos ustedes son hermanos. Y no llamen padre suyo a nadie en la tierra, porque uno solo es su Padre, el del cielo. No se dejen llamar consejeros, porque uno solo es su consejero, Cristo. El primero entre ustedes será su servidor. El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.»
Palabra del Señor.
Desde la institución Judía se apreciaba claramente cómo las castas dominantes estaban en manos de los clérigos, situación que desvirtuaba el llamado a ser Pueblo de Dios que hiciera el Señor (YHWH) desde el momento en que liberó a su Pueblo de la esclavitud de Egipto y luego en su caminar por el desierto. En la actualidad a pesar de que el Concilio Vaticano II enfatizara en que somos un Pueblo, un Rebaño y no una multinacional, el clericalismo con el carrerismo y otras deformaciones del pastoreo evangélico le ha hecho mucho daño a la propuesta del Reinado de Dios y la Iglesia como su instrumento; de ahí la crítica que el Papa Francisco hace a propósito de la sinodalidad como correctivo para que todos los bautizados nos sintamos rebaño. Este clericalismo no es sólo una mentalidad de clérigos, lo más lamentable es que los bautizados no consagrados son mas "clericalistas" que nosotros los mismos clérigos porque por el clericalismo no les hemos permitido pensar ni charlar en el Espíritu sino rezar y realizar tareas como adeptos de una institución vetusta, pero no como discípulos y misioneros. A propósito, les comparto el siguiente artículo. Sady Daniel Espinel Aldana. Pbro.
EL CLERICALISMO: ANTAGÓNICO A CRISTO Y AL EVANGELIO,
Lisandra Chaves Leiva,
Costa Rica.
En el Pontificado del Papa Francisco vemos la referencia al tema
del clericalismo como una constante. Es necesario mencionar algunos
ejemplos: “El clericalismo es, a mi juicio, el peor
mal que puede tener hoy la Iglesia”.[1] “El
clericalismo es esencialmente hipócrita…el clericalismo es una verdadera
perversión en la Iglesia, porque pretende que el pastor esté siempre delante,
establece una ruta y castiga con la excomunión a quien se aleja de la grey. En
síntesis: es justo lo opuesto a lo que hizo Jesús. El clericalismo
condena, separa, frustra, desprecia al pueblo de Dios”.[2]
“Queridos hermanos, huyan del clericalismo,
decir no a los abusos, sean de poder o de cualquier otro tipo, significa decir
no con fuerza a todo tipo de clericalismo”. [3] “El
clericalismo hace mal, no deja crecer a la parroquia, no deja crecer a los
laicos. El clericalismo confunde la figura del párroco, porque no se sabe
si es un cura, un sacerdote o un patrón de empresa, ¿no?”.[4]
Un claro concepto de clericalismo es el siguiente: “El
clericalismo designa una manera desviada de concebir el clero, una deferencia
excesiva y una tendencia a conferirle superioridad moral”.[5]
Según lo mencionado por el Papa Francisco se trata de una perversión en la
jerarquía de la Iglesia que se opone a lo que hizo Jesús, entonces, si es claro
lo que debe ser el ministerio del orden sacerdotal en relación a Cristo, ¿por
qué se sigue dando el clericalismo y qué se puede hacer para eliminarlo?.
Comencemos por encontrar la raíz del clericalismo que se
descubre en la historia de la Iglesia, pero también en la propia herida del
pecado del ser humano que tiende al egoísmo. Entonces, por un lado,
tenemos una influencia histórica que se ha ido aclarando en el tiempo, sobre
todo en el Concilio Vaticano II y por otro, un asunto de carácter espiritual y
moral que no se ha combatido lo suficiente pues el clericalismo es claramente
antagónico a Cristo y al Evangelio.
Al dar una mirada al pasado, descubrimos como el sacerdote llegó
a tener un estatus de sacralidad que le apartaba de la comunidad. “La
edad media construyó la teología del sacramento del orden, centrada en la
sagrada potestad y el carácter sacerdotal, dejando en sombra la dimensión de
servicio a la comunidad eclesial; el presbítero empieza a llamarse con toda
normalidad “sacerdote”, el cual existe segregado de la comunidad y del mundo,
distinguido por encima de los fieles por su poder sacerdotal. No importa que
sea mal sacerdote, que predique o no, que sirva o no a la comunidad o que la
dañe con su anti-testimonio, que tenga fe o no, que sea o no sacramento de
Cristo, lo esencial es el poder sagrado que posee; todo lo cual contradice los
datos del Nuevo Testamento que habla en términos de servicio y no de poder (Mt
18,1-5; 20,25-27; Mc 10, 45; Jn 13,12-15; 1Tes 2,8; Flp 1,8). La relación no es
ya la de la Iglesia primitiva: comunidad-ministerio, sino sacerdote-laico”.[6]
Más adelante en el tiempo, con la reforma protestante salieron a
relucir situaciones irregulares como el excesivo poder de la Iglesia y del
Papado, beneficios personales, poca formación del clero, entre otros. El
Concilio de Trento, sin embargo, “acentuó la diferencia entre clérigos y
laicos, ya que los sacerdotes son los administradores y dispensadores de los
sacramentos, alter Christus, separados del mundo para dedicarse a las cosas de
Dios…deja un tanto en sombra la dimensión profética y servidora del sacramento
del orden. Una de las limitaciones de Trento es que trató el tema desde la
perspectiva sacramental y no eclesiológica y como reacción a la reforma
protestante. Deja así consolidada la imagen medieval de sacerdocio como sacra
potestas, afirmación dogmática que derivó hacia una concepción ontológica del
carácter sacerdotal del presbítero para presidir los sacramentos, olvidando la
dimensión esencial de servicio a la comunidad propia de la época
neotestamentaria”.[7]
Será entonces hasta el Concilio Vaticano II donde se vuelve a la
raíz del ministerio ordenado como una participación del sacerdocio de
Cristo. “En la Lumen Gentium el Concilio denomina a los presbíteros
“verdaderos sacerdotes del Nuevo Testamento”. Si queremos por lo tanto definir
los aspectos fundamentales del ministerio ordenado según el Nuevo Testamento,
debemos indagar qué nos dice el Nuevo Testamento del sacerdocio de Cristo y de
la participación conferida a los apóstoles y a otros pastores de la Iglesia”.[8]
Según lo anterior, al indagar qué dice el Nuevo Testamento sobre
el sacerdocio de Cristo encontramos la figura Jesús sacerdote que “acoge a los
pecadores y los acepta comiendo con ellos. Jesús citando a Oseas, echa en cara
a los que le critican su misericordia. La generosidad personal que Dios pide en
Oseas (6,6), la “he’sed”, se transforma en Jesús, en la generosidad del Padre
hacia los hombres. Todo su ministerio fue una revelación de su misericordia
hacia los enfermos, los endemoniados, las gentes abandonadas y, sobre todo, los
pecadores. En el momento mismo de su crucifixión, él invoca el perdón del Padre
para sus verdugos… ¿Cuál es el resultado para quien participa en la dimensión
pastoral del sacerdocio de Cristo? Primero debe reconocer que los ministros
ordenados de la Iglesia son hombres pecadores; su situación de partida no
difiere de aquella de los otros, tienen ellos mismos una necesidad esencial de
la misericordia sacerdotal de Cristo. No obstante, su ideal debe ser el de
asemejarse lo más posible a Cristo, sumo sacerdote sin pecado, pleno de
misericordia por los pecadores; deben por tanto sentirse pecadores perdonados
que no pecan más y tienen así el corazón completamente disponible para la
caridad pastoral de Cristo”. [9]
Los documentos del Concilio Vaticano II son claramente
explícitos sobre lo que debe ser un sacerdote de la nueva alianza. Además, en
la época postconciliar, el Magisterio de la Iglesia ha brindado algunos
documentos clave para los presbíteros como son “Pastores Dabo Vobis” de San
Juan Pablo II y el “Directorio para la Vida y Ministerios de los
Presbíteros”. En ambos documentos encontramos nuevamente una
exhortación a imitar a Cristo servidor lleno de misericordia.
“Ciertamente «hay una fisonomía esencial del sacerdote que no
cambia: en efecto, el sacerdote de mañana, no menos que el de hoy, deberá
asemejarse a Cristo. Cuando vivía en la tierra, Jesús reflejó en sí mismo el
rostro definitivo del presbítero, realizando un sacerdocio ministerial del que
los apóstoles fueron los primeros investidos y que está destinado a durar, a
continuarse incesantemente en todos los períodos de la historia. El presbítero
del tercer milenio será, en este sentido, el continuador de los presbíteros
que, en los milenios precedentes, han animado la vida de la Iglesia. También en
el dos mil la vocación sacerdotal continuará siendo la llamada a vivir el único
y permanente sacerdocio de Cristo».[10]
Los presbíteros son, en la Iglesia y para la Iglesia, una representación
sacramental de Jesucristo, Cabeza y Pastor, proclaman con autoridad su palabra;
renuevan sus gestos de perdón y de ofrecimiento de la salvación, principalmente
con el Bautismo, la Penitencia y la Eucaristía; ejercen, hasta el don total de
sí mismos, el cuidado amoroso del rebaño, al que congregan en la unidad y
conducen al Padre por medio de Cristo en el Espíritu. En una palabra, los
presbíteros existen y actúan para el anuncio del Evangelio al mundo y para la
edificación de la Iglesia, personificando a Cristo, Cabeza y Pastor, y en su
nombre”.[11]
Este documento indica claramente que la tentación de tiranizar
el rebaño ha estado siempre desde los primeros discípulos: “Cuando esta
dimensión viene a menos, no es difícil caer en la tentación del “clericalismo”,
con un deseo de señorear sobre los laicos, que genera siempre antagonismos
entre los ministros sagrados y el pueblo”.[12]
Por otro lado el Directorio para el Ministerio y Vida de los
presbíteros establece : “Los sacerdotes darán testimonio auténtico del Señor
Resucitado, a Quien se ha dado «todo poder en el cielo y en la tierra»
(cfr. Mt 28, 18), si lo ejercitan empleándolo en el servicio tan
humilde como lleno de autoridad al propio rebaño[107] y respetando la misión que Cristo y
la Iglesia confían a los fieles laicos[108] y a los fieles consagrados por la
profesión de los consejos evangélicos[109]. [13]
Con una claridad tan inmensa como la que brota de los documentos
del Concilio Vaticano II y de estos documentos magisteriales y en primer lugar
del mismo Nuevo Testamento, surge la clara interrogante ya planteada al inicio
de esta reflexión, por qué continúa el clericalismo en la Iglesia si es incluso
causante de la una de las crisis más grandes de la Iglesia Católica en su
historia, que es la crisis de abusos sexuales en la Iglesia, ampliamente
difundida por los medios de comunicación social de todo el mundo.
Es entonces cuando caemos en la otra raíz del clericalismo que
es el pecado, la división, la negación a querer seguir un camino radical de
santidad en el ministerio porque se presentan beneficios económicos, de poder y
hasta de placer. Si el Papa Francisco ha compartido en los últimos años
la exhortación “Gaudete et Exsultate” es porque sabe que sin la santidad en los
miembros no es posible ninguna reforma.
“El ministerio sacerdotal existe en Cristo, con Cristo y por
Cristo. Evidentemente, requiere un nivel personal de integridad y santidad,
especialmente en un mundo devastado por los escándalos relacionados con el
clero. Sin embargo, los sacerdotes necesitan recordar que su santidad es
siempre una santidad “derivada” que viene de la relación íntima con el Único
Santo. En lugar de una santidad conseguida a través de la separación de los
demás, vemos en Cristo una santificación que proviene de aceptar a los otros y
de estar con ellos.”[14]
Para poder entonces extirpar el clericalismo de la Iglesia es
necesario una renovación espiritual que debe iniciar en los Obispos y que va a
requerir una gran ascesis por parte de todos los miembros de la jerarquía de la
Iglesia. Sabemos que perfecta solo será la Iglesia Celestial, pero
si no se hace un verdadero esfuerzo por llevar el ministerio del orden
sacerdotal a esta identificación con Cristo según el Nuevo Testamento, no se
podrá tener un cambio real hacia una mayor edificación de la Iglesia.
Necesitamos una Iglesia que sea capaz de eliminar la división
para aceptar que el único camino es alinearnos con el Sumo Pontífice en su
llamado a la santidad. Debemos enrumbarnos “hacia una Iglesia más
humilde, como lo fue su Señor. Haciendo renacer una Iglesia menos clerical y
secreta, más transparente, donde los laicos verán reconocida su dignidad de
cristianos bautizados. Esta crisis podría señalar el fin de una Iglesia
percibida como una multinacional, distante y burocrática”. [15]
Es necesario un nuevo Pentecostés en la Iglesia que inicie
nuevamente desde el Cenáculo donde esté la jerarquía de la Iglesia. “La
presencia del Espíritu transformó a los apóstoles, que antes se querellaban
entre sí, en una comunidad de fraternidad. De la misma manera, el sacerdote
diocesano no podrá construir la comunidad que le ha sido confiada si él mismo
no está lleno del Espíritu. El que se deja llevar siempre por el Espíritu
andará siempre buscando los medios para construir la comunidad eclesial, el cuerpo
de Cristo. La construcción de la comunidad requiere necesariamente la acción
del Espíritu”. [16]
El Papa Francisco ha mencionado que la obra de santificación es
del Espíritu Santo, (cf. Gaudete et Exsultate, numeral 15) pero necesitamos
abrirnos a esa acción transformadora y mientras el corazón esté lleno de los
beneficios del pecado y no quiera renunciar a ellos es difícil que se dé un
cambio real para abandonar el clericalismo.
En conclusión, el clericalismo en un mal que afecta a la Iglesia
en el siglo XXI todavía. Tiene sus raíces en la historia cuando se dio la
sacralización del sacerdote que dio paso a una clericalización que se oscureció
el modelo del sacerdote servidor según el sacerdocio de Cristo. El
Concilio Vaticano II volvió a las raíces y recuperó lo que debe ser el
sacramento del orden sacerdotal. Por otra parte, el Magisterio también ha
dado otros documentos de apoyo que tienen gran claridad sobre la figura del
sacerdote pastor y servidor de todos.
A pesar de los documentos del Concilio y de los documentos
magisteriales sobre ministerio del orden, el clericalismo persiste y en los
últimos años ha sido causante de una las crisis más grandes de la Iglesia Católica
en relación con los abusos de poder. Resta entonces concluir que se necesita
una renovación espiritual en la jerarquía de la Iglesia, una conversión, una
nueva efusión del Espíritu Santo que sería como un nuevo amanecer para la
Iglesia y que está principalmente en la responsabilidad de los Obispos, quienes
no solo habrán de velar por la vida espiritual de sus sacerdotes sino también
por la formación inicial y permanente.
Termino la reflexión con estas palabras del Papa Francisco:
“Urge, formar ministros capaces de proximidad, de encuentro, que sepan
enardecer el corazón de la gente, caminar con ellos, entrar en diálogo con sus
ilusiones y sus temores. Este trabajo, los obispos no lo pueden delegar. Han de
asumirlo como algo fundamental para la vida de la Iglesia sin escatimar
esfuerzos, atenciones y acompañamiento. Además, una formación de calidad
requiere estructuras sólidas y duraderas, que preparen para afrontar los retos
de nuestros días y poder llevar la luz del Evangelio a las diversas situaciones
que encontrarán los presbíteros, los consagrados, las consagradas y los laicos
en su acción pastoral».[17]
[1] El País, enero 2017.
[2] https://jesuitas.lat/es/noticias/1679-francisco-denuncia-la-fijacion-moral-exclusiva-del-clericalismo-con-el-sexo
[3] https://www.eluniverso.com/guayaquil/2018/09/09/nota/6944435/papa-francisco-pide-huir-clericalismo
[4] Papa Francisco, Visita
a la Parroquia romana de Santo Tomás Apóstol, 16-2-2014.
[5] Aleteia 31 agosto 2018.
[6] Lectura “Desde la
Patrística hasta la Reforma: cuestionamientos a la configuración del ministerio
ordenado”.
[7] Ibid.
[8] Albert Vanhoye,
Aspectos fundamentales del sacerdocio. Selecciones de Teología, no. 173
(2005)-
[9] Ibid.
[10] San Juan Pablo II,
Pastores Dabo Vobis, N. 5
[11] Ibid. N. 15
[12] Ibid. N. 25
[13] Directorio para el
ministerio y vida de los presbíteros. N.25
[14] Joseph Xavier.
Santidad y Sacerdocio. Selecciones de Teología. N. 197. Enero
Marzo 2011.
[15] Timothy Radcliffe.
El sacerdote: entre la crisis y la esperanza. La Documentation
Catholique (2004).
[16] John Ponnore, El
sacerdote diocesano y la comunidad. JTR (2013).
[17] Papa Francisco, Vídeo
mensaje a los participantes en la peregrinación al Santuario de Nuestra Señora
de Guadalupe [Ciudad de México, 16-19 de noviembre 2013.
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