El Domingo en que Jesús se aleja del lugar en donde no hay presencia de Dios.

 Evangelio: Marcos 9,2-10

 9,2: Seis días más tarde tomó Jesús a Pedro, a Santiago y a Juan y se los llevó aparte a una montaña elevada. Delante de ellos se transfiguró: 9,3: su ropa se volvió de una blancura resplandeciente, tan blanca como nadie en el mundo sería capaz de blanquearla. 9,4: Se les aparecieron Elías y Moisés conversando con Jesús. 9,5: Pedro tomó la palabra y dijo a Jesús: “Maestro, ¡qué bien se está aquí! Vamos a armar tres carpas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.” 9,6: No sabía lo que decía, porque estaban llenos de miedo. 9,7: Entonces vino una nube que les hizo sombra, y salió de ella una voz: “Éste es mi Hijo querido. Escúchenlo.” 9,8: De pronto miraron a su alrededor y no vieron más que a Jesús solo con ellos. 9,9: Mientras bajaban de la montaña, Jesús les encargó que no contaran a nadie lo que habían visto hasta que el Hijo del Hombre resucitara de entre los muertos. 9,10: Ellos cumplieron aquel encargo, pero se preguntaban qué significaría resucitar de entre los muertos– Palabra del Señor


Jesús se aleja de la llanura donde los hombres se dejan conducir por principios que frecuentemente van en contra de los de Dios y conduce hacia lo alto a algunos discípulos; los quiere ajenos a los razonamientos y convicciones humanas para introducirlos en los pensamientos más recónditos del Padre, en sus inescrutables designios sobre el Mesías. Lucas es todavía más explícito cuando refiere el tema del diálogo de Jesús con Moisés y Elías. Afirma que éstos, aparecidos en su gloria, hablaban con Él del don de la vida que Jesús iba a ofrecer (cf. Lc 9,31). Es ésta la revelación desconcertante que algunos discípulos, no todos, han recibido del cielo aquel día.

Las vestiduras blancas (v. 3) manifiestan exteriormente la identidad de Jesús. El color blanco era el símbolo del mundo de Dios, el signo de la fiesta y de la alegría. Se decía que, en el reino de Dios, los elegidos llevarían cándidas vestiduras que “emitirían destellos como rayos del Sol”. La imagen es retomada en el Apocalipsis: a los ojos del vidente, los elegidos aparecen en el cielo llevando “vestiduras blancas” (cf. Ap 7,13).

Moisés y Elías son dos célebres personajes de la historia de Israel. El primero es el mediador de quien Dios se ha servido para liberar a su pueblo y darle la Torah, es decir la Ley. Aparece en la escena de la Transfiguración para dar testimonio de que Jesús es el profeta anunciado por él cuando, antes de morir, prometió a los israelitas: “El Señor, tu Dios, te suscitará un profeta como yo, lo hará surgir de entre ustedes, de entre tus hermanos, y es a Él a quien escucharán” (Dt 18,15).

La invitación a escucharlo que se encuentra al final del relato es una confirmación de ello. Elías, a su vez, es el primero de los profetas; es aquel que ha sido arrebatado al cielo (cf. 2 Re 2,11-12) y que se pensaba regresaría antes de la venida del Mesías. En la escena de la Transfiguración, entra también él como testigo: declara, en nombre de todos los profetas, que Jesús es el esperado Mesías.

También las tiendas (v. 5) que Pedro quiere construir tienen su significado simbólico.

Al final del año, al término de la estación de las cosechas, se celebraba en Israel la Fiesta de las Tiendas que duraba una entera semana. Eran construidas para recordar los años trascurridos en el desierto, para traer a la memoria las obras realizadas por el Señor en el pasado. Era una fiesta, sin embargo, que invitaba a mirar hacia el futuro. El profeta Zacarías había anunciado que, cuando se produjera la llegada del Mesías, todos los pueblos se encontrarían en Jerusalén para celebrar juntos la Fiesta de las Tiendas (cf. Zac 14,16-19). Refiriéndose a este oráculo, los rabinos describían el tiempo del Mesías como una perenne “Fiesta de las Tiendas”.

Pidiendo construir tres tiendas, Pedro se refiere a este significado simbólico. Está convencido de que ha llegado el reino de Dios, la época del reposo y de la fiesta perenne anunciada por los profetas; no ha entendido el verdadero significado de la escena a que está asistiendo. Continúa cultivando la ilusión de que sea posible entrar en el reino de los cielos sin haber pasado a través del don de la propia vida. Marcos anota: “No sabían lo que decían porque estaban llenos de miedo (v. 6). 

El miedo no indica temor ante un peligro; es, de hecho, difícil imaginar a los discípulos en éxtasis por la alegría (v. 5) y, al mismo tiempo, paralizados por el terror (v. 6). Cuando la Biblia habla de terror ante una manifestación del Señor, se refiere a la maravilla, al estupor que envuelve a quien entra en contacto con el mundo de Dios.

La nube y la sombra son imágenes que aparecen frecuentemente en el Antiguo Testamento y que sirven para indicar la presencia de Dios. El Señor se manifiesta a Moisés en “una nube espesa” (cf. Ex 19,9). Una nube acompaña a los israelitas a través del desierto (cf. Ex 40,34-39) y cubre la tienda donde Moisés se encuentra con el Señor (cf. Éx 33,9-11). Es el signo de la presencia de Dios.

Al final de la escena de la Transfiguración, de la nube sale una voz: es la interpretación que Dios da a todo el episodio (v. 7).  

Después de haber explicado los diversos símbolos, hagamos una síntesis del mensaje que la extraordinaria experiencia de los apóstoles quiere comunicarnos.

El relato de la Transfiguración ocupa exactamente el centro del evangelio de Marcos. Desde el comienzo, los discípulos se han estado preguntando sobre la identidad de Jesús (cf. Mc 1,27; 4,41; 6,2-3) y, a un cierto punto, han comenzado a intuir que era el Mesías. Todavía, sin embargo, no tenían las ideas claras. Compartían la opinión difundida en el pueblo de que el Mesías sería un rey capaz de instaurar, de manera prodigiosa e inmediata, el reino de Dios sobre la tierra. 

Esta convicción se desprende de las palabras de Pedro, que quiere construir tres tiendas: piensa que ha llegado el reino de Dios y que, para participar en él, no es necesario experimentar la muerte. 

 En un momento particularmente significativo de sus vidas, los tres privilegiados discípulos han sido introducidos por Jesús en los pensamientos de Dios; han gozado de una iluminación que les ha hecho comprender la verdadera identidad del Maestro y la meta de su camino: Él no sería el rey glorioso que esperaban sino un Mesías ultrajado, perseguido y matado. No obstante, su destino último no sería el sepulcro sino la plenitud de la Vida.

La Transfiguración fue una experiencia espiritual extraordinaria en la que Jesús trató de convencerlos de que solo quien entrega la vida por Amor la realiza plenamente.

No es posible entrar en el reino de Dios a través de atajos como  los que Pedro hubiera querido tomar. Es necesario que todo discípulo acepte animosamente la disposición del Maestro a donar su vida. ¿Ha sido suficiente la experiencia del monte para que los tres discípulos asimilaran esta verdad?

La observación conclusiva del evangelista es esta: “Ellos cumplieron aquel encargo, pero se preguntaban qué significaría resucitar de entre los muertos”. El texto deja entender que salieron de la revelación recibida solamente trastornados, no convencidos. Es evidente que no fueron capaces de comprender que, en Jesús, que se disponía a dar la vida, Dios estaba revelando toda su gloria, todo su Amor por el hombre. Solo la luz de la Pascua, y sus experiencias con el Resucitado, abrieron de par en par sus ojos.

 

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