El Domingo para nacer del amor de Dios.
Evangelio: Juan 3,14-21
En aquel tiempo dijo Jesús a Nicodemo: 3,14: ”Como Moisés en el desierto levantó la serpiente, así ha de ser levantado el Hijo del Hombre, 3,15: para que quien crea en Él tenga vida eterna. 3,16: Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único para que quien crea en Él no muera sino tenga vida eterna. 3,17: Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por medio de Él. 3,18: El que cree en Él no es juzgado; el que no cree ya está juzgado, por no creer en el Hijo único de Dios. 3,19: El juicio consiste en esto: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz. Y es que sus acciones eran malas. 3,20: Quien obra mal detesta la luz y no se acerca a la luz, para que no delate sus acciones. 3,21: En cambio el que obra conforme a la verdad se acerca a la luz para que se vea claramente que todo lo hace de acuerdo con la voluntad de Dios. – Palabra del Señor.
Solo el evangelista Juan habla de Nicodemo, personaje importante entre los fariseos, quizás miembro del gran Sanedrín que, aprovechando la oscuridad y el silencio de la noche, salió al encuentro de Jesús. Parece que lo estamos viendo: un hombre ya entrado en años, moviéndose en la oscuridad, pegado a los muros de la ciudad de Jerusalén para no ser reconocido por algunos de sus colegas. Va en busca de la luz y ha intuido quién se la puede dar: el joven rabino de Nazaret, el hombre “venido de parte de Dios para enseñar” (Jn 32,2). Entra en escena de noche y en la noche se pierde, de nuevo, sin que el evangelista nos diga en qué terminó su diálogo con Jesús.Más adelante lo encontraremos entre los sumos sacerdotes de Jerusalén empeñados en una animada discusión acerca de cómo deshacerse de Jesús. Él los escuchará en silencio para después lanzarles una frase provocadora: “¿Acaso nuestra Ley condena a alguien sin haberlo escuchado antes para saber lo que dijo?” Recibirá una respuesta sarcástica: “¡Estudia y verás que de Galilea no salen profetas!” (Jn 7,51-52). ¡Pobre Nicodemo! Demasiado leal como para encontrase entre aquella banda de rufianes… Aparecerá, por última vez, junto a José de Arimatea, en el Calvario, para envolver en vendas el cuerpo de Jesús y llevarlo al sepulcro (cf. Jn 19,39-40).
El pasaje de hoy es la última parte de aquel diálogo nocturno.
En la primera parte (13-15), Jesús le recuerda un episodio acaecido durante el éxodo que él, “maestro de Israel” (Jn 3,10), debe conocer bien. En el desierto, muchos israelitas habían sucumbido víctimas de mordeduras de serpientes venenosas; Moisés se dirigió al Señor, que le mandó construir una serpiente de bronce e izarla sobre un palo. Quien, después de ser mordido, levantara los ojos hacia aquella serpiente, salvaría la vida (cf. Nm 21,4-9).
El hecho es bastante singular y hay que relacionarlo con ciertas prácticas mágicas e idólatras de la antigüedad. En el templo de Jerusalén se conservaba una serpiente de bronce que se decía era la que mandó hacer Moisés.
Es difícil establecer lo que realmente sucedió durante el éxodo. El mensaje del episodio es claro y ya los rabinos lo habían intuido: los israelitas no sanaban por mirar a la serpiente sino porque elevaban el corazón a Dios; era el Señor el que salvaba y no la serpiente de bronce. El libro de la Sabiduría comenta así el hecho: “El que se volvía hacia ella (la serpiente de bronce) sanaba, no en virtud de lo que veía, sino gracias a ti, Salvador de todos” (Sab 16,7).
Jesús se refiere a este hecho y lo interpreta como un símbolo de lo que pronto va a suceder…
Nicodemo, que había entendido poco o nada de cuanto Jesús le había dicho sobre la necesidad de “nacer desde arriba”, entendió todavía menos sobre la exaltación del Hijo del Hombre. Seguramente se quedaría perplejo, desconcertado, incluso un poco desilusionado. Ha escuchado en silencio, incapaz de hacer más preguntas. No podía entender porque le faltaba la luz del Resucitado y las afirmaciones de Jesús, por consiguiente, permanecían envueltas para él en un aura de misterio. No es ésta hoy muestra situación porque, a la luz de los acontecimientos de la Pascua, podemos entender: contemplar a Jesús “exaltado” en la cruz, significa “creer en Él” (v. 15), poner nuestros ojos en el Amor que nos ha manifestado.
La cruz no es un amuleto para colgárselo al cuello ni un símbolo de conquista de un territorio o la sacralización de un espacio concreto. Es el punto de referencia de toda mirada del creyente que ve sintetizada en la cruz la propuesta de vida que nos presenta el Maestro. Solo los esclavos eran ejecutados en la cruz, solamente los esclavos. Desde lo alto de la cruz, Jesús proclama que la persona que ha logrado vivir una vida plena es aquella que se ha hecho voluntariamente esclava por Amor, sierva de los propios hermanos hasta consumar la vida por ellos.
Hoy, las serpientes que hieren, que envenenan la existencia y acaban con la vida de las personas, son el orgullo, la envidia, los resentimientos, las pasiones desenfrenadas. Solamente la mirada dirigida hacia Aquel que ha sido exaltado puede curar del veneno de la muerte que inoculan en el corazón de cada hombre. Un día, sin embargo, todos –asegura el Evangelio– “mirarán al que ellos mismos atravesaron” (Jn 19,37) y serán salvados.
En la segunda parte del pasaje (vv. 16-21) encontramos una meditación teológica sobre la misión del Hijo del Hombre: Dios no lo ha enviado “para juzgar al mundo sino para que el mundo se salve por medio de Él.”
A diferencia de Mateo que, para llamar la atención sobre la importancia y las consecuencias eternas de las decisiones hechas hoy, recurre a la imagen del juicio final, Juan emplea un lenguaje diferente, más en consonancia con la mentalidad de hoy: excluye incluso que Dios juzgue al mundo y habla de un juicio que se realiza en el presente y que es solo Salvación.
Las posiciones teológicas de Mateo y Juan parecen contradictorias; en realidad, a pesar de emplear un lenguaje e imágenes diferentes, los dos evangelistas proponen la misma verdad. El juicio de Dios no será pronunciado al final de los tiempos sino hoy. Frente a cada opción que el hombre está llamado a tomar, el Señor hace oír su parecer: indica lo que es conforme a la sabiduría del cielo y pone en alerta ante las decisiones de muerte.
No se afirma que, al final, Dios rechazará a quien haya errado, a quien haya seguido otros criterios, otros juicios. Dios no abandonará a nadie, pues Él “quiere que todos los hombres se salven” (1 Tim 2,4). El absurdo de una condena es presentada por Pablo con una serie de preguntas retóricas: “Si Dios está de nuestra parte, ¿quién estará en contra? ¿Quién acusará a los que Dios eligió? Si Dios absuelve, ¿quién condenará? ¿Será acaso Cristo Jesús, el que murió y después resucitó y está a la diestra de Dios y suplica por nosotros? (Rom 8,31-34). La conclusión es clara: “Ninguna criatura nos podrá separar del Amor manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Rom 8,39).
No obstante, al final de la vida, cuando “el fuego pruebe la calidad de la obra de cada uno” (1 Cor 3,13), quedará en evidencia la conformidad o disconformidad de nuestras acciones con la Persona de Cristo. Dios acogerá ciertamente a todos entre sus brazos, pero más de uno se verá obligado a admitir lo mal que ha administrado su vida o irremediablemente desaprovechado la oportunidad única que se le había ofrecido. Como amonesta Pablo: “Si la obra que construyó se quema, será castigado, aunque se salvará como quien escapa del fuego” (1 Cor 3,13-15).
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