El domingo para aceptar la poda de nuestro ego.

Evangelio: Juan 15,1-8

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: 15,1: Yo soy la vid verdadera y mi Padre es el viñador. 15,2: Él corta los sarmientos que en mí no dan fruto; los que dan fruto los poda, para que den aún más. 15,3: Ustedes ya están limpios por la palabra que les he anunciado. 15,4: Permanezcan en mí como yo permanezco en ustedes. Así como el sarmiento no puede dar fruto por sí solo, si no permanece en la vid, tampoco ustedes, si no permanecen en mí. 15,5: Yo soy la vid, ustedes los sarmientos: quien permanece en mí y yo en él dará mucho fruto; porque separados de mí no pueden hacer nada. 15,6: Si uno no permanece en mí, lo tirarán afuera como el sarmiento y se secará: los toman, los echan al fuego y se queman. 15,7: Si permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pedirán lo que quieran y lo obtendrán. 15,8: Mi Padre será glorificado si dan fruto abundante y son mis discípulos. – Palabra del Señor


«Yo soy la vid verdadera»
 (v. 1) es la afirmación solemne con la que Jesús comienza el evangelio de hoy. Para comprender el significado y también el componente provocativo de esta frase, es necesario tener presente que la viña del Señor, cantada por los profetas, era Israel, viña que había producido abundantes frutos de lealtad cuando era «como uvas en el desierto» (Os 9,10) y cuando respondía a los cuidados de Dios. «Aquel día cantarán a la viña hermosa; Yo, el Señor, soy su guardián, la riego con frecuencia, para que no le falte su hoja, noche y día la guardo. Si me diera zarzas y cardos, me lanzaría contra ella para quemarlos todos” (Is 27,2-5).

 

Símbolo del “Israel-Viña del Señor” en el templo de Jerusalén, era la vid de oro que cubría las paredes del vestíbulo y que se extendía progresivamente, gracias a los sarmientos, pámpanos y uvas de oro ofrecidas por los peregrinos.

 

La “Viña-Israel” había sido plantada en el suelo fértil de una colina, pero decepcionó a su Dios y comenzó a producir uva agria (cf. Is 5,1-4). El Señor se quejó: «Yo te planté vid selecta de cepas legítimas y tú te volviste espino, niña bastarda” (Jer 2,21) y tomó una decisión dolorosa, pero necesaria: «Le quitaré su valla para que sirva de pasto, destruiré su cerca para que la pisoteen. La dejaré arrasada: no la podarán ni la limpiarán, crecerán zarzas y cardos; prohibiré a las nubes que lluevan sobre ella” (Is 5,5-7).


Jesús es la vid y los discípulos, que forman los sarmientos, son parte de él y es de ellos que el Señor espera frutos deliciosos: la justicia, la rectitud, el amor; por eso actúa de jardinero, de viñador: los poda y los corta (vv. 2-3). 

 

La interpretación más inmediata de estas imágenes puede conducir a la tristeza; parece, de hecho, una grave amenaza para los sarmientos muertos o improductivos, que podrían indicar a los cristianos tibios o incoherentes con su propia fe. Su destino sería el fuego: «Si uno no permanece en mí, lo tirarán afuera como el sarmiento y se secará: los toman, los echan al fuego y se queman” (v. 6).

 

Es una interpretación engañosa y contradictoria con la predilección de Dios por los más débiles.

 

Podar y cortar no son imágenes de represalias, sino de la premura de Dios en favor de todo hombre y de todo discípulo. El hecho de estar incorporados a Cristo –ya sea por acción directa del Espíritu, como sucede con quienes no han sido bautizados, ya sea por el renacer por “el agua y el Espíritu” como en el caso de los cristianos– no nos dispone a producir automáticamente fruto. Las ramas secas no representan a individuos que se comportan de manera poco edificante, sino a las miserias, las infidelidades al evangelio, las debilidades, los pequeños y grandes pecados presentes incluso en el mejor de los discípulos. Nadie es inmune, todo el mundo tiene una necesidad constante de purificación.


Incluso el desaliento ante las miserias humanas presentes en la Iglesia, es signo de falta de confianza en el trabajo purificador de Dios. Las decepciones causadas por los pecados de los que profesan ser cristianos, pueden llevar a alguno a la penosa decisión de abandonar la comunidad. Elección comprensible y digna de respeto, pero será siempre una decisión equivocada. Quién no comprende a los hermanos que cometen errores, quien los rechaza, se aleja también de la vid, Jesús, que acariciaba a los leprosos (cf. Mc 1,41) y era “amigo de publicanos y pecadores” (Mt 11,19).

 

“Ustedes ya están limpios por la palabra que les he anunciado» (v. 3) no es una declaración de inocencia de los discípulos, sino la indicación del instrumento del que el Padre se sirve para podar.


¿Para quién se producen estos frutos? Para la gloria del Padre, responde el último versículo del pasaje evangélico de hoy (v. 8). 

 

Dios no espera aplausos y elogios. Su gloria consiste en la manifestación y efusión de su amor a toda la humanidad. Es en vista a esta obra de amor que los discípulos se asocian con Cristo, en perfecta unidad, porque juntamente con Él, forman la verdadera vid.

 

La vid no produce uva para sí misma, sino para los demás. El sarmiento encuentra su propia realización cuando se siente vivo, cuando ve despuntar los brotes, las flores, las hojas y los dulces racimos.

 

El cristiano no produce obras de amor para sí mismo, para auto-complacerse en su propia perfección moral, ni siquiera para obtener una recompensa de Dios; él es como el Padre que está en los cielos: ama sin esperar nada a cambio. Su recompensa es la alegría de ver feliz a un hermano, de constatar que el amor de Dios se manifiesta a través de él. Nada más y nada menos: ésta es, en realidad, la alegría misma de Dios y, cuando habrá llegado a su plenitud en todos, será el reino de Dios. 


La comunidad de fe camina unida al Señor que es la vid verdadera; en la vivencia comunitaria pueden haber desprendimiento de las ramas de la vid, pero cuando hemos conocido la Palabra en su Evangelio de salvación, el retornar es una actitud como la del hijo pródigo que arrepentido pide perdón al padre. La casa del Padre se inicia en nuestra propia comunidad, esa a la que tu perteneces, y si aun no perteneces, inicia por hacer parte de una, pero el entrar a un templo por celebrar un rito no es garantía de comunidad. En la comunidad estamos unidos al tronco o vid que es el Señor y las ramas o sarmientos entre si. Muchos bautizados no han vivido esta experiencia, pero si tu la has vivido regresa y acepta la poda para que empieces a dar abundantes frutos para la gloria de Dios padre.



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