El Domingo del rebaño y su Buen Pastor.

Evangelio: Juan 10,11-18

En aquel tiempo, dijo Jesús: 10,11: Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas. 10,12: El asalariado, que no es pastor ni dueño de las ovejas, cuando ve venir al lobo, escapa abandonando las ovejas, y el lobo las arrebata y dispersa. 10,13: Como es asalariado no le importan las ovejas. 10,14: Yo soy el buen pastor: conozco a mis ovejas y ellas me conocen a mí, 10,15: como el Padre me conoce y yo conozco al Padre; y doy la vida por las ovejas. 10,16: Tengo otras ovejas que no pertenecen a este corral; a ésas tengo que guiarlas para que escuchen mi voz y se forme un solo rebaño con un solo pastor. 10,17: Por eso me ama el Padre, porque doy la vida, para después recobrarla. 10,18: Nadie me la quita, yo la doy voluntariamente. Tengo poder para darla y para después recobrarla. Éste es el encargo que he recibido del Padre. – Palabra del Señor


El hecho de pasar mucho tiempo en lugares solitarios con el rebaño hacía que, entre el pastor y sus ovejas, se estableciera una relación afectiva. El pastor llamaba a cada oveja por su nombre y ésta reconocía su voz. Los mayores peligros para el rebaño eran los animales salvajes que, en los tiempos bíblicos, poblaban el valle del Jordán: hienas y chacales, leones y osos, contra los que los pastores estaban dispuestos a luchar armados con honda y un robusto bastón reforzado con trozos de pedernal incrustados en la punta.

Esta era la realidad social; no es de extrañar, por tanto, que aparezca repetidamente en la Biblia la imagen del pastor. David es llamado por Dios quien lo sacó de los «apriscos del rebaño» para pastorear a los israelitas y «los pastoreó con corazón íntegro, y los guio con mano experta» (Sal 78,70-72). Los reyes de Israel son comparados frecuentemente con pastores perversos quienes, en lugar de alimentar el rebaño, se pastorean a sí mismos, explotan, dispersan y matan (cf. Ez 34).

Dios es representado como viñador y agricultor (cf. Is 27,3; Sal 65) pero, sobre todo, como un pastor que guía, protege, alimenta a su pueblo (cf. Sal 80,2; 23), «toma en brazo a los corderos y hace recostar a las madres” (Is 40,11). Cuida a Israel que ha sido llevado a la ruina por soberanos indignos y promete: «Yo mismo reuniré el resto de mis ovejas en todos los países adonde las expulsé, las volveré a traer a sus pastos, para que crezcan y se multipliquen. Les daré pastores que las pastoreen: no temerán, ni se espantarán, ni se perderán. Miren que llegan días en que daré a David un retoño legítimo. Reinará como rey prudente, y administrará la justicia y el derecho en el país» (Jer 23,3-5). Es el anuncio del Mesías que será un verdadero pastor, un rey según el corazón de Dios.

La afirmación de Jesús: «Yo soy el buen pastor», con que comienza el pasaje del Evangelio de hoy, se refiere de manera explícita, al cumplimiento de esta profecía. Él es el pastor enviado por Dios para cuidar del pueblo que se encuentra como un rebaño en desbandada (cf. Mc 6,34).

Una primera explicación nos viene dada por la alegoría: «El buen pastor ofrece la vida por las ovejas» (v. 11).

            

En el evangelio de hoy, sin embargo, el «Buen Pastor» no es quien tiernamente acaricia a la oveja herida, sino el luchador que, a costa de su propia vida, se enfrenta a cualquiera que ponga en peligro el rebaño. 

La calificación de «bueno» no se refiere a sentimientos, no significa tierno, amable, sino «verdadero», «auténtico», «valiente». Jesús es el verdadero pastor tan apasionadamente ligado a sus ovejas que está dispuesto a sacrificar su vida por ellas.

La imagen del «Buen Pastor» no se refiere solamente a aquellos que desarrollan en la iglesia el ministerio de la autoridad, sino a todo cristiano. Cada discípulo debe tener un corazón de verdadero pastor, debe cultivar la generosidad incondicional del Maestro hacia todo hombre.

Tiene corazón de mercenario quien se reduce a cumplir las obligaciones mínimas establecidas en el contrato, quién está pronto a discutir sobre los deberes más o menos eludibles, quien es fiel a las disposiciones de la ley solamente para obtener una recompensa o evitar un castigo.

Quién tiene un corazón como Jesús no es un calculador, no se pregunta hasta dónde llegan sus derechos y dónde terminan sus deberes, qué establecen las normas y cuáles son los acuerdos estipulados con el propietario. Sigue una única ley: el amor «loco» por la persona humana. El amor no conoce confines, no se detiene ante ningún obstáculo, ningún riesgo, ningún sacrificio. Quién no ama como Cristo, no entenderá nunca sus opciones y propuestas; lo tendrá por soñador, iluso, imprudente, temerario.

Buen Pastor es Jesús y todo aquel que se deja envolver en el amor hacia Dios y hacia los hermanos con su mismo apasionamiento.

Parece aún lejano el día en que toda la humanidad realice esta experiencia de recíproco conocimiento con Dios. Jesús sabe que todavía hay muchas personas que no han aceptado su amor: «También tengo otras ovejas que no son de este redil», pero un pastor verdadero como él no se resigna nunca a perder una sola de sus ovejas, por eso asegura: «tengo otras ovejas que no pertenecen a este corral; a esas tengo que guiarlas para que escuchen mi voz, y se forme un solo 

Jesús ha mostrado su amor porque se ha entregado libremente: «Nadie me quita la vida, yo la doy voluntariamente. Tengo poder para darla y después para recobrarla» (v. 18).

«Tomarla de nuevo” significa que el destino de aquel que da la vida no es la muerte, sino la plenitud de la vida. Hacer de ésta un don, es el único modo de «recuperarla». Es el mismo principio que, con otra imagen, será retomado más tarde: «Si el grano de trigo caído en tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto. El que se aferra a la vida, la pierde, y el que desprecia la vida en este mundo, la conservará para una vida eterna» (Jn 12,24-25) 


La Iglesia ha perdido el sentido de rebaño, no es raro ver funcionarios al frente de las Diócesis, de las Parroquias y de las estructuras eclesiásticas venidas del medioevo, como administradores económicos que se miden no por el pastoreo sino por la capacidad de generar acciones religiosas usando el mundo digital y real para aglutinar masas pero no comunidades al estilo de los Hechos de los Apóstoles. Cada vez nos alejamos de ser pastores y por ende ser rebaños. 


Me llamó la atención la publicidad de la semana vocacional que circuló en las redes sociales patrocinado por la Arquidiócesis de Bucaramanga en donde se invita a ser parte jerárquica de una institución sin pueblo de Dios.  Unos jóvenes seminaristas y religiosas con sus hermosos hábitos pero no se les ve al lado del rebaño, mucho menos dando la vida por las ovejas. Si es así el llamado a la vida sacerdotal y religiosa qué podemos esperar de los nuevos párrocos y de las nuevas religiosas?: funcionarios de hermosos trajes que quieren cautivar la autoridad, luciendo sus hermosos vestidos pero las ovejas cada vez más entretenidas en  pastos sintéticos. Cuánta falta hace el profetismo en nuestra Iglesia, es decir dar la vida por las ovejas.


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