El Domingo de la Comunidad: Dios amor.

 Evangelio: Mateo 28,16-20

 En aquel tiempo 28,16: los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que les había indicado Jesús. 28,17: Al verlo, se postraron, pero algunos dudaron. 28,18: Jesús se acercó y les habló: —Me han concedido plena autoridad en cielo y tierra. 28,19: Vayan y hagan discípulos entre todos los pueblos, bautícenlos consagrándolos al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, 28,20: y enséñenles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Yo estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo.  Palabra del Señor

 

En las comunidades primitivas el bautismo era administrado en nombre de Jesús. Pedro, el día de Pentecostés, se dirige al pueblo y le exhorta a arrepentirse y ser bautizados “invocando el nombre de Jesucristo para que se les perdonen los pecados” (Hch 2,38). Sólo después se introdujo el uso de bautizar en el nombre de la Trinidad; la fórmula que Mateo pone en labios del Resucitado, refleja la práctica litúrgica en uso, a partir de la segunda mitad del siglo I d.C. 

La escena narrada en el pasaje de hoy, está ambientada en un monte de Galilea (v. 16). La montaña, en el lenguaje bíblico, significa el lugar de las revelaciones de Dios. Colocando sobre el monte las manifestaciones del Resucitado, Mateo intenta decir que sólo quien ha hecho una auténtica experiencia de Cristo y ha asimilado su mensaje, está capacitado para desarrollar la misión que él encomendó a sus discípulos.


En la segunda parte del pasaje (vv. 18-20) viene presentada esta misión: los discípulos reciben la tarea de hacer discípulos entre todos los pueblos, bautizarlos y enseñarles a guardar todo lo que Jesús les había mandado.

 

Ya habían sido enviados por el Maestro para proclamar el reino de los cielos, pero con una limitación: “No se dirijan a países de paganos, no entren en ciudades de samaritanos; vayas más bien a las ovejas descarriadas de la casa de Israel” (Mt 10,5-6). Después de Pascua, su misión se expande, se hace universal.

 

La luz del Evangelio comenzó a brillar en Galilea cuando Jesús, habiendo salido de Nazaret, se había establecido en Cafarnaúm. El pueblo que habitaba en tinieblas había visto una gran luz; sobre los que vivían en tierra y sombras de muerte, una luz había surgido (cf. Mt 4:16). Ahora esta luz está destinada a brillar en el mundo: como anunciaron los profetas, Israel se convierte en “luz de las naciones” (cf. Is 42,6).

 

El momento es decisivo y Jesús se remite, de manera solemne, a su autoridad. El Padre lo ha enviado para llevar el mensaje de salvación y le ha conferido todo poder en el cielo y en la tierra. Cielo y tierra indican, en el lenguaje bíblico, toda la creación (cf. Gn 1,1). Nada, por tanto, está fuera del “dominio” que el Padre ha dado a Cristo.

 

Es en este punto que viene colocada la referencia al misterio de la vida divina que celebramos en esta fiesta y que, con el balbuceo de nuestro pobre lenguaje, llamamos Trinidad.

 

No estamos llamados a dar nuestra adhesión a un concepto abstracto, ni a profesar una fórmula fría, sino a cantar un himno de agradecimiento a Dios por el don de su vida, que ha querido darnos. Nuestro destino era la muerte, pero “el don de Dios, por Cristo Jesús Señor nuestro, es la vida eterna” (Rom 6,23). Aflora en nuestros labios el grito de alegría: “Miren qué amor tan grande nos ha mostrado el Padre: que nos llamamos hijos de Dios y realmente lo somos…Ya somos hijos de Dios, pero todavía no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando aparezca, seremos semejantes a él y lo veremos como él es” (1 Jn 3,1-3) y también: “Ningún ojo vio, ningún oído oyó, ni mente humana concibió, lo que Dios preparó para los que le aman. A nosotros nos lo ha revelado Dios por medio del Espíritu” (1 Cor 2,9-10).

 

¿Cómo se realizará este plan de salvación?

 

Dios lo llevará a cabo por medio de la comunidad cristiana. El Resucitado no se ha reservado para sí el “poder” que le confirió el Padre, sino que lo ha comunicado a los discípulos que son su prolongamiento en el mundo. A ellos les ha encomendado la tarea de llevar la salvación “a todas las naciones”.

 

De esta tarea y de la universalidad de la salvación era consciente Pablo cuando dijo: “Dios nuestro salvador…quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tim 2,4). Nadie, por más pecador que sea, quedará excluido de la vida divina, que se ofrece gratuitamente a todos los hombres, “Porque Dios ha encerrado a todos en desobediencia, para apiadarse de todos” (Rom 11,32).

 

La vida divina llegará al hombre a través de la proclamación del mensaje Evangélico y del bautismo (v. 19), dos realidades que transforman a los hombres en discípulos y dan comienzo a una vida completamente nueva, inspirada en los valores propuestos por Cristo (v. 20).

 

La “familia” de Dios, la Trinidad, es imagen de la armonía perfecta, de la plena integración, la realización total que se produce en el encuentro y en el diálogo de amor. Esta unidad de todos en la paz de la “casa” del Padre, se realizará plenamente cuando el “poder de salvación” del Resucitado habrá llegado, a través de los discípulos, a cada persona, pero tiene que comenzar hoy, en este mundo, porque Dios ya nos ha hecho partícipes de su mismo Amor.

 

La vocación a la que la sido llamada la comunidad cristiana, es un compromiso ciertamente superior a las capacidades humanas.

 

El Dios en el que creemos los cristianos, no está muy lejos, no está en el cielo, no vive como si nuestros problemas, nuestras alegrías y nuestras angustias no le afectaran. Él es el “Dios con nosotros”, el Dios que está a nuestro lado todos los días, hasta que nos haya acogido a todos en su casa, para siempre. 


La Iglesia entendida como la comunidad de creyentes necesita volver a su fundamento; percibimos una institución muy fuerte que busca permanecer en el tiempo pero lejos de ser comunidad y mucho menos instrumento del Reino. Por tal razón cualquier escaramuza de verdadera comunidad hay que apoyarla, acompañarla e imitarla. En el momento actual asistimos a la proliferación de movimientos apostólicos, mal llamados porque su interés no es el Reino de Dios sino engordar un club eclesial que satisface egos en donde se confunde coreografías con alabanzas, apostolado con servicios a sí mismos, concentraciones en casa de oración con retiros espirituales y participación exclusiva en los templos con actualizar el misterio de nuestra fe. Feliz Domingo de la Santísima Trinidad o de la comunidad de amor.




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