Evangelio: Marcos 16,15-20
En aquel tiempo 16,15: se apareció Jesús y les dijo: Vayan por todo el mundo proclamando la Buena Noticia a toda criatura. 16,16: Quien crea y se bautice se salvará; quien no crea se condenará. 16,17: A los creyentes acompañarán estas señales: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán lenguas nuevas, 16,18: agarrarán serpientes; si beben algún veneno, no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se sanarán. 16,19: El Señor Jesús, después de hablar con ellos, fue llevado al cielo y se sentó a la derecha de Dios. 16,20: Ellos salieron a predicar por todas partes, y el Señor los asistía y confirmaba la Palabra con las señales que la acompañaban. – Palabra del Señor
En la historia de la Iglesia han ocurridos hechos que propiciaron cambios dramáticos, que marcaron una época, pero ningún acontecimiento ha sido tan decisivo como el que se produjo en el “cambio de presencia” de Jesús. Antes de la Pascua él vivía físicamente en este mundo, guiando a sus discípulos paso a paso; después de la Pascua, ha seguido estando presente, pero ya no de manera perceptible a los sentidos y los discípulos se han sentido solos y vacilantes frente a una misión todavía no bien definida y, ciertamente, superior a sus fuerzas.
¿Cómo llevar adelante la obra del Maestro? ¿No era presuntuoso por su parte creer que podrían dar comienzo a un mundo nuevo? Era difícil hacerse a la idea de que tal empresa había sido confiada un grupo de pobres pescadores de Galilea.
El pasaje se abre con una escena grandiosa (vv. 15-16). El Resucitado se manifiesta a los Once y les indica la misión que están llamados a desarrollar: “Vayan por todo el mundo proclamando la Buena Noticia a toda criatura”.
Sorprende que la Buena Noticia deba ser anunciada «a toda criatura». La expresión designa ciertamente «todos los hombres», pero contiene también la invitación a abrir de par en par el horizonte y contemplar una salvación que se extiende a todo el universo; toda criatura, de hecho, es objeto de la complacencia afectuosa de Dios (cf. Pro 8,22-31).
A causa del pecado, el hombre ha asumido a menudo una relación equivocada con la creación.
Movido por la codicia y una avidez insaciable, no ha comprendido o ha tergiversado las intenciones de Dios y, en lugar de actuar como un jardinero y cuidador del mundo, se ha convertido en déspota y depredador. No ha usado la ciencia y la tecnología en sintonía con el proyecto del creador, sino de manera desconsiderada y arbitraria. Ha manipulado la naturaleza a su placer, amoldándola a sus propios intereses egoístas o a diseños locos. Actuando así ha vuelto a introducir el caos.
Por eso –como ha intuido Pablo– todas las criaturas están a la espera de los efectos beneficiosos de la salvación: “La creación aguarda ansiosamente que se revelen los hijos de Dios…tiene la esperanza de ser liberada de la esclavitud de la corrupción” (Rom 8,19-21).
El anuncio del evangelio libera al hombre de la insensata convicción de ser dueño absoluto, le hace comprender que no tiene derecho a intervenir a su placer en la naturaleza y lo lleva a establecer una nueva relación, no sólo con sus semejantes, sino también con el medio ambiente, las plantas, los animales.
La salvación y la condenación dependen de la aceptación o rechazo del mensaje evangélico y del bautismo (v. 16).
La iglesia, con los medios de salvación que ofrece, no puede ser culpablemente ignorada. En la palabra de Dios que anuncia, es Cristo mismo quien se revela; en los sacramentos que administra, es Cristo el que, por medio de signos sensibles y eficaces, comunica su vida. Rechazar estos dones equivalente a decretar la propia ruina que, aunque no sea la condenación eterna, es la elección insensata, hecha hoy, de auto-excluirse del plan de Dios.
En la segunda parte del pasaje (vv. 17-18). Marcos enumera cinco señales a través de las cuales el Resucitado manifiesta su presencia: “A los creyentes acompañarán estas imágenes: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán lenguas nuevas, agarrarán serpientes; si beben algún veneno, no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y sanarán”.
La impresión más inmediata es que se trate de prodigios muy especiales, incluso extraños, difíciles de constatar por lo poco frecuentes, en caso que existieran; Jesús, por el contrario, parece que promete señales que estarán constantemente convalidando el anuncio del evangelio.
Él siempre se ha opuesto resueltamente a la petición de prodigios demostrativos (cf. Lc 11,29-32) y, sin embargo, a finales del siglo II d.C., la concepción apologética del milagro ha terminado por imponerse y también nosotros la hemos heredado. Si no estamos atentos, corremos el riesgo de malinterpretar el significado de las palabras del Resucitado.
Es cierto que la predicación del evangelio va acompañada de signos, incluso extraordinarios, pero éstos no constituyen pruebas; son un anuncio, un alegre mensaje: proclaman que la salvación está presente y que, a pesar de todas las oposiciones, el reino de Dios alcanzará su plenitud. Los apóstoles los han realizado, no para competir con magos y adivinos, sino para dar testimonio de que el Resucitado sigue actuando en el mundo.
Es a la luz de este lenguaje bíblico que deben ser interpretadas las palabras del Resucitado.
Los demonios son todas las fuerzas de muerte que se encuentran en el hombre y que le llevan a tomar decisiones opuestas al Evangelio: el orgullo, el ansia de dinero, el odio, los impulsos egoístas. Estos demonios no son vencidos recurriendo a ritos de exorcismo, sino por el poder de la palabra de Cristo y del Espíritu que nos ha dado. Es la proclamación del evangelio la que los aleja; es la Eucaristía y los demás sacramentos que comunican la fuerza divina que permite resistir a sus ataques. Si estas fuerzas de muerte son dominadas, significa que el Resucitado está vivo y presente en el mundo.
Las lenguas nuevas se refieren a un fenómeno de éxtasis, muy común en la iglesia primitiva. De forma diferente, el prodigio debe repetirse en nuestras comunidades cristianas: la humanidad necesita un lenguaje completamente nuevo; el lenguaje del insulto, de la prepotencia, de la violencia se ha escuchado demasiadas veces en nuestra sociedad; hoy el mundo quiere oír el lenguaje del amor, del perdón, del servicio gratuito e incondicional, y los discípulos de Cristo deben saber hablar este lenguaje.
Las serpientes y los venenos se mencionan a menudo en la Biblia como símbolos de los enemigos del hombre y de la vida. No es fácil identificarlos de inmediato, ya que con frecuencia se presentan de manera astuta y furtiva, y los venenos mortales que inoculan pueden tomar la apariencia de bebidas embriagadoras. El justo es invitado a no temer sus insidias (cf. Sal 91,13) y los discípulos no deben tener miedo, pues la fuerza que han recibido de Cristo, de hecho, los hace invulnerables: “Miren, les he dado poder para pisotear serpientes y escorpiones y para vencer toda la fuerza del enemigo y nada los dañará” (Lc 10,19).
Las curaciones son una señal frecuentemente ofrecida por Jesús. Si la palabra del evangelio realiza recuperaciones inexplicables y prodigiosas en favor de la vida, resultará evidente a todos que la comunidad cristiana es portadora de una fuerza divina capaz de recrear el mundo.
En el v. 19 se resume el tema de la fiesta de hoy: “El Señor Jesús, después de hablar con ellos, fue llevado al cielo y se sentó a la diestra de Dios”.
Se trata de una afirmación teológica; Dios no tiene derecha ni izquierda y en el paraíso no se está sentado. La imagen se refiere a la usanza de las cortes orientales donde los súbditos que habían dado pruebas de fidelidad heroica a sus señores, venían convocados al palacio real y, frente a todos los notables del reino, eran invitados a tomar asiento a la derecha del soberano. Las palabras que el salmista dirige al nuevo rey, el día de su entronización “Siéntate a mi diestra, hasta que haga a tus enemigos estrado de tus pies” (Sal 110,1), se refieren a este uso.
El evangelista nos quiere decir que Jesús, el derrotado según los hombres, ha sido proclamado por Dios “su siervo fiel”. No había establecido el tan esperado dominio terreno del pueblo de Israel, no había sometido a los enemigos con la espada, pero había dado comienzo al reino de Dios, a un mundo completamente nuevo, ofreciendo su propia vida y derramando su propia sangre. A causa de su fidelidad, Dios lo ha exaltado (cf. Fil 2,6-11), lo ha hecho ascender al cielo (cf. Ef 4,8-9), y ha sometido a él toda la creación (cf.1 Corintios 15:27). Sirviéndose de la imagen de la entronización del mesías, los autores del Nuevo Testamento afirman reiteradamente que «Dios lo hizo sentarse a su diestra» (cf. 1 Pe 3,18-22).
La frase final del evangelio de Marcos: “Y ellos salieron a predicar por todas partes, y el Señor los asistía confirmando la Palabra con las señales que la acompañaban” (v. 20) da testimonio de la convicción de los primeros discípulos de no estar solos, sino de tener siempre a su lado al Señor Jesús, quien, junto a ellos, realizaba prodigios de salvación.
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