El Domingo para preguntarnos si somos cristianos unidos a Cristo.

Evangelio: Juan 15,9-17

 

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: 15,9: Como el Padre me amó así yo los he amado: permanezcan en mi amor. 15,10: Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor; lo mismo que yo he cumplido los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. 15,11: Les he dicho esto para que participen de mi alegría y sean plenamente felices. 15,12: Éste es mi mandamiento: que se amen unos a otros como yo los he amado. 15,13: Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por los amigos. 15,14: Ustedes son mis amigos, si hacen lo que yo les mando. 15,15: Ya no los llamo sirvientes, porque el sirviente no sabe lo que hace su señor. A ustedes los he llamado amigos porque les he dado a conocer todo lo que escuché a mi Padre. 15,16: No me eligieron ustedes a mí; yo los elegí a ustedes y los destiné para que vayan y den fruto, un fruto que permanezca; así, lo que pidan al Padre en mi nombre él se lo concederá. 15,17: Esto es lo que les mando, que se amen unos a otros. – Palabra del Señor



 Después de haber introducido la alegoría de la vid y los sarmientos, Jesús explica lo que sucede en aquellos que permanecen unidos a él.

Jesús permanece en el amor del Padre, porque siempre está unido a él, le es fiel y hace siempre “lo que le agrada” (Jn 8,29); los discípulos pueden llegar a ser en el mundo un reflejo de esta unión, sólo si permanecen en su amor y guardan sus mandamientos: “Si alguien me ama, cumplirá mi palabra, mi Padre lo amará, vendremos a él y habitaremos en él” (Jn 14,23).
En estas palabras e imágenes llenas de misticismo, se percibe, nítida, la referencia a la Eucaristía, el sacramento donde se celebra y realiza esta unión íntima con el Señor: “Quien come mi carne y bebe mi sangre abita en mí y yo en él” (Jn 6,56).

He aquí la razón por la que antes de acercarnos a la comunión, “debe uno preguntarse” si realmente está decidido a permanecer en el Señor, de lo contrario su gesto es una mentira y “come y bebe su propia condena” (cf. 1 Cor 11,28-29).

En estos primeros versículos (vv. 9-10), Jesús no presenta su amor como modelo a imitar, sino como una vida que continúa en los discípulos, los cuales, en el bautismo, han sido unidos a él, convirtiéndose en sus miembros. De este modo, es Él quien actúa en ellos. En los discípulos es Cristo el que anuncia la buena noticia al pobre, el que ama, sana, consuela, enjuga las lágrimas de la viuda y del huérfano. Fruto de esta unión con Cristo y con el Padre y la observancia de sus mandamientos, es la plenitud de la alegría (v. 11).

Todavía está arraigada de muchos la creencia de que permanecer en Cristo equivale a renunciar a lo que nos hace felices. No es así. Jesús nos pone en guardia, es cierto, contra las alegrías vanas e ilusorias que nacen del egoísmo, de la búsqueda del placer a cualquier precio, pero nos pone ante los ojos la alegría auténtica, la que surge de la unión con Él y con el Padre. Esta alegría, la única verdadera y duradera, no se puede obtener sino pasando a través del dolor: “Ustedes lloraran y se lamentaran, mientras el mundo se divierte; estarán tristes, pero esa tristeza se convertirá en gozo” (Jn 16,20). Intentar caminos alternativos, escoger sendas fáciles y amplias significa perderse, alejarse de la meta.

Después de haber hablado de sus mandamientos como si fueran muchos, Jesús declara: “Este es mi mandamiento: que se amen los unos a los otros como yo los he amado”, como si se tratara de un solo (v. 12).

Es cierto que los mandamientos son muchos, pero sólo son aclaraciones de un solo mandamiento, el que Jesús ha practicado de manera perfecta: el amor a la persona humana. Es el bien al hombre que debe ser el punto de referencia de las todas las opciones morales, disposiciones, leyes, porque es la única manera que tenemos para mostrar nuestro amor a Dios: “Quién no ama al hermano a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve” (1 Jn 4,20) y quien ama al hermano ha cumplido toda la ley, “porque toda la ley se cumple con un precepto: amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Gál 5,14; cf. Rom 13,8-10).

Permanece en él sólo quien está siempre dispuesto a “dar la vida”, porque “nadie tiene amor más grande que el que da la vida por los amigos” (v. 13) y “Cristo los amó hasta entregarse por ustedes” (Ef 5,2).

Su mandamiento no pretende ser una ley exigente, precisa y bien definida en todos sus detalles. Se trata de una orientación de la vida que, en sus consecuencias prácticas, debe ser establecida y actuada en todo momento; exige constante atención a las necesidades del hermano, pide creatividad, discernimiento y el coraje de tomar decisiones aun a riesgo de equivocarse.

Jesús no llama a sus discípulos siervos, sino amigos (vv. 14-15). No resulta clara de manera inmediata esta afirmación porque en la Biblia, “siervo de Dios” es un título honorífico que se atribuye a personas como Abrahán, Moisés, David, los profetas. También el anciano Simeón, Pablo, Pedro y muchos otros se califican como “siervos” y María se define “la sierva del Señor” (cf. Lc 1,38). Jesús, especialmente, viene referido por el Padre con las palabras: “Miren a mi siervo” (Mt 12,18) y, en el celebre himno de la Carta a los Filipenses, Pablo recuerda que él “tomó la condición de esclavo” (Phil 2,7). De aquí la exhortación a convertirnos en siervos los unos de los otros (cf. Mc 9,35).

 

Jesús da la razón por la que no llama siervos a sus discípulos, sino amigos. 
El siervo sólo está comprometido exteriormente en el proyecto de su dueño, es un ejecutor de las órdenes y tareas que le son encomendadas. El amigo, por el contrario, es un confidente, es aquel con el que tiene una comunión de vida, de proyectos y de intenciones. El amigo es feliz cuando puede hacer un favor a un ser querido, no le oculta nada, no pide una compensación por el servicio prestado.

 

Jesús llama “amigos” a sus discípulos porque a ellos les ha revelado el Proyecto del Padre (v. 15) y los ha llamado a colaborar con él en su realización.

 

La comunidad cristiana se compone de “amigos”, se excluyen por tanto las relaciones superior-súbdito; dueño-esclavo; maestro-discípulo; todos sus miembros están en el mismo nivel y gozan de igual dignidad.

 

Después de haber lavado los pies a los apóstoles, Jesús admite ser “maestro y señor”, pero da un significado completamente nuevo a estos títulos: “el primero”, aquel que es “grande” en la comunidad, es el que lava los pies al último. No hay lugar para los que, en lugar de servir, aspiran a posiciones de prestigio y honor.

 

Todo el pasaje es un himno al amor. Pero, ¿quién es el amado?

 

La exhortación está claramente dirigida sólo a los discípulos y el amor parece estar restringido a su grupo. Uno se pregunta, entonces, por qué Jesús no ha pedido un amor universal, extendido a todos, incluso a los enemigos, como lo hizo en el Sermón de la montaña (cf. Mt 5,44).

 

Es cierto que aquí Jesús se dirige directamente solo a los miembros de la comunidad cristiana y sólo a ellos les recomienda estar unidos y amarse recíprocamente. Es una limitación, pero existe un motivo: antes de hablar de amor y de paz a los demás, es necesario cultivar el amor y la paz en la iglesia.

 

Sólo una comunidad cuyos miembros hacen una experiencia viva y profunda de la acogida, de tolerancia, de perdón, de servicio mutuo y compartir los bienes, puede anunciar al mundo la fraternidad y la paz.

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