El Domingo en que Jesús se compadece de la multitud.

 Evangelio: Marcos 6,30-34

6,30: En aquel tiempo los Apóstoles volvieron a reunirse con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado. 6,31: Él les dijo: Vengan ustedes solos, a un paraje despoblado, a descansar un rato. Porque los que iban y venían eran tantos, que no les quedaba tiempo ni para comer. 6,32: Así que se fueron solos en barca a un paraje despoblado. 6,33: Pero muchos los vieron marcharse y se dieron cuenta. De todos los poblados fueron corriendo a pie hasta allá y se les adelantaron. 6,34: Al desembarcar, vio un gran gentío y se compadeció, porque eran como ovejas sin pastor. Y se puso a enseñarles muchas cosas.  Palabra del Señor

El encuentro con la gente suscita en Jesús una reacción emocional tan fuerte que, para describirla, el evangelista utiliza el verbo griego splagknízomai, que exprime un sentimiento de compasión tan intenso y profundo que solamente puede ser experimentado por Dios. En la Biblia indica el gesto tierno y amoroso del Señor que se inclina sobre el hombre para vendarle las heridas.

 

Marcos ya ha destacado en Jesús este sentimiento cuando un leproso, de rodillas, (cf. Mc 1,40-41) le pidió la curación y, de nuevo, lo detectará en el encuentro con las multitudes hambrientas: “Me compadezco de esta gente, ya que llevan tres días junto a mí y no tienen qué comer” (Mc 8,2). La reacción de Jesús revela la ternura de Dios ante de dolor del hombre.

 

Cuando las miserias, los males, el dolor son causados por nuestros propios pecados, la reacción espontánea y natural es aceptar las consecuencias que se esperaban, pero si se trata de los pecados de los otros, podemos llegar incluso a invocar el castigo divino, como aceptada expresión de justicia perfecta. En la emoción de Jesús, la comunidad cristiana descubre el único sentimiento que también ella debe mostrar: siempre y sólo la misericordia.

 

El evangelista completa la escena con una imagen de belleza y dulzura incomparables: “Se compadeció porque eran ovejas sin pastor” (v.34). La imagen alude a varios textos del Antiguo Testamento. La primera referencia es a la oración, que a la conclusión de la salida de Egipto, Moisés dirigió al Señor. Preocupado por el temor de que, después de su muerte, Israel pudiera quedarse sin un guía, imploró esta gracia: “Que el Señor, Dios de los espíritus de todos los vivientes, nombre un jefe para la comunidad; uno que salga y entre al frente de ellos, que los lleve en sus entradas y salidas. Que no quede la comunidad del Señor como rebaño sin pastor” (Nm 16,17).

 

La imagen hace referencia también a las acusaciones de los profetas contra los guías que llevaron al pueblo a la ruina: “Al no tener pastor, mis ovejas se dispersaron y fueron pasto de las fieras salvajes…y vagaron sin rumbo por montes y altos cerros; se dispersaron por toda la tierra sin que nadie las buscase siguiendo su rastro” (Ez 34,5-6) y al famoso salmo: “El Señor es mi pastor, nada me falta” (Sal 23,1).

 

Retomando la imagen del pastor, Marcos muestra en Jesús al guía enviado por Dios en respuesta a la oración de Moisés y como el cumplimiento de las promesas hechas por boca de los profetas. En Israel había en tiempos de Jesús quienes se presentaban como pastores: los escribas, los fariseos, los rabinos, los líderes políticos, el rey Herodes; pero éstos se solamente se apacentaban a sí mismos, no al pueblo.

 

Jesús es el verdadero pastor porque revela un corazón sensible a las necesidades de las personas, un corazón que inmediatamente percibe de qué alimento tienen hambre y de qué agua tienen sed. Tiene en mente las palabras del profeta: “Miren que llegan días, oráculo del Señor, en que enviré hambre al país: no hambre de pan y sed de agua, sino de oír la Palabra del Señor; irán errantes de este a oeste, vagando de norte a sur, buscando la Palabra del Señor y no la encontrarán” (Am 8,11-12).

 

Los dirigentes del pueblo no fueron capaces de satisfacer esta hambre y esta sed, es más, con sus falsas doctrinas, habían conducido al pueblo a la desbandada. Jesús, entonces, comenzó a distribuir su pan, el doble pan: la enseñanza que nutre la mente y el corazón y la comida que alimenta el cuerpo.

 

El texto de hoy concluye señalando que Jesús “se puso a enseñarles muchas cosas” (v. 34). No se ha desanimado, no ha arremetido contra los responsables de la penosa condición a que habían reducido al pueblo; se ha puesto a enseñar porque es sobre todo éste, el pan que el hombre necesita.

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