El Domingo en que Jesús nos da la vida eterna.

Evangelio: Juan 6,51-58

 

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: Yo soy el pan vivo bajado del cielo. Quien coma de este pan vivirá siempre. El pan que yo doy para la vida del mundo es mi carne. 6,52: Los judíos se pusieron a discutir: ¿Cómo puede éste darnos de comer su carne? 6,53: Les contestó Jesús: Les aseguro que si no comen la carne y beben la sangre del Hijo del Hombre, no tendrán vida en ustedes. 6,54: Quien come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré el último día. 6,55: Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. 6,56: Quien come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. 6,57: Como el Padre que me envió vive y yo vivo por el Padre, así quien me come vivirá por mí. – Palabra del Señor

 

 

Los judíos han entendido que cuando hablaba de el pan del cielo, Jesús se refería a su evangelio, el mensaje divino que trajo a esta tierra y, frente a esta inaudita pretensión, han reaccionado con duda y perplejidad. La afirmación con que comienza la lectura de hoy es aún más desconcertante: el pan a comer no es sólo su doctrina, sino su propia carne.

 

Ya explicamos el domingo pasado que un semita no entiende por carne los músculos, sino “toda la persona” considerada en sus aspectos débiles y frágiles. El hombre es carne porque es una creatura efímera y vulnerable, destinada a la muerte. Resulta, pues, claro a los oyentes que Jesús no está proponiendo ninguna forma de canibalismo; sin embargo, el aspecto escandaloso de sus palabras es inevitable y la reacción de los presentes es comprensible y justificada. Y por eso comienzan a discutir entre sí: “¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?” (v. 52). Ellos perciben que Jesús ya no sólo se refiere a la asimilación espiritual de la revelación de Dios, sino también de un manjar concreto, no metafórico. Esperan una explicación.

 

Jesús no se preocupa por su turbación y en vez de suavizar sus palabras, reafirma lo que ya ha dicho, añadiendo una exigencia todavía más cruda, repetida insistentemente: también deben beber su sangre (vv. 53-56).

 

La creencia de que en la sangre se encuentra la fuerza vital, explica el uso que se hacía en el Antiguo Testamento, en los ritos de consagración y purificación. Es significativa, sobre todo, la forma en que se había celebrado, con sangre, la alianza entre Dios y el pueblo al pie del Sinaí. Fue un solemne sacrificio de comunión, después Moisés tomó la sangre de las víctimas y vertió la mitad sobre el altar, símbolo del Señor, y la otra mitad sobre el pueblo, diciendo: “Esta es la sangre del pacto que el Señor hace con ustedes” (Ex 24,6-8). Con este gesto fue creada la comunión de vida entre Dios e Israel y sellada su pertenencia mutua. Era como si entre Dios y el pueblo se hubiesen establecido relaciones de consanguinidad.

 

Es de acuerdo con esta mentalidad que Jesús introduce en su discurso la necesidad de comer su carne y beber su sangre, para entrar en comunión de vida con él y con el Padre.

 

Hoy, en el mundo, por falta de sacerdotes, la mayoría de las comunidades cristianas no tienen a su disposición, en el día del Señor, el pan eucarístico sino solo el pan de la Palabra y estamos seguros de que, con este alimento solamente, consiguen abundancia de vida. ¿Por qué entonces la Eucaristía? ¿No es suficiente solo la Palabra?

 

Precisemos que este sacramento –que hace a Cristo presente realmente– no reemplaza la fe en su evangelio. Ésta es fundamental e indispensable. La comunión no es un ritual mágico, como lo eran los ritos realizados por los iniciados en los misterios paganos, y no es una medicina que actúa automáticamente y consigue la curación de los enfermos, incluso si están inconscientes. No es correcto pensar que, para recibir la gracia del Señor sea suficiente recibir muchas comuniones. Jesús no ha recomendado hacer muchas comuniones, sino a “comer su carne y beber su sangre”.

 

La Eucaristía no produce ningún efecto si no se recibe con fe, es decir, si no es expresión de la decisión interna de acoger a Cristo y de permitirle animar toda la vida. Antes de recibir el pan eucarístico, es siempre necesario leer y meditar un pasaje de la palabra de Dios. Quien acepta convertirse en una persona con Cristo en el sacramento, debe conocer primeros su propuesta de vida. No se firma un contrato sin haber leído y considerado cuidadosamente todas las cláusulas.

 

Inmediatamente después de la Pascua, los cristianos han sentido la necesidad de celebrar el acontecimiento fundante de su fe, la muerte y la resurrección de Cristo, y no han tenido que inventar un ritual para reproducir el evento, porque Jesús mismo lo había establecido. Antes de su pasión, mientras estaba sentado a la mesa con sus discípulos, tomó el pan, dio gracias, lo partió y se lo dio diciendo: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por ustedes. Hagan esto en memoria mía” (Lc 22,19).

 

Fiel a esta orden del Señor, el primer día de cada semana, los cristianos comenzaron a reunirse para celebrar la Eucaristía. Es conmovedor al respecto el testimonio, libre de toda sospecha, de Plinio quien, desde Bitinia, escribió al emperador Trajano: los cristianos “tienen la costumbre de reunirse en un día fijo antes de la salida del sol, y cantar alternativamente un himno a Cristo como a un dios y de comprometerse con juramento a no cometer crímenes, ni robos, ni bandolerismo, ni adulterios, a guardar la palabra dada, a no negar una deuda exigida con justicia; concluidos estos ritos, tienen la costumbre de separarse y volver a reunirse para tomar su alimento que, digan lo que digan, es normal e inofensivo” (Plinio, Ep. X).

 

Una característica del rito es la de ser repetitivo, la de seguir un esquema fijo. ¡Ay de nosotros si para saludarnos, en lugar de “buenos días” y el apretón de manos, tuviésemos que inventar cada vez fórmulas y gestos siempre nuevos! Los ritos son repetitivos, pero no inútiles, ya que crean lo que significan. El saludo no sólo indica que existe acuerdo entre dos personas, sino que produce y aumenta la armonía mutua. El regalo de una rosa hace florecer una relación de amor, lo manifiesta y lo alimenta. Los coros de los hinchas manifiestan la simpatía por su equipo de futbol y mantienen viva la pasión deportiva. El desfile militar celebra el patriotismo y lo inculca.

 

Esta es la fuerza, esta es la eficacia del rito.

 

Los primeros cristianos tenían una sola celebración eucarística semanal; hoy podemos asistir a misa todos los días. Si se repite con fe, este sacramento que significa la unión con el Señor de la vida, hace que sea cada vez más sólida y más profunda esta unión.

 

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