El Domingo en que Jesús abraza a un niño y rechaza el poder.
Evangelio: Marcos 9,30-37
En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se marcharon de la montaña y 9,30: fueron recorriendo Galilea, y no quería que nadie lo supiera. 9,31: A los discípulos les explicaba: El Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de hombres que le darán muerte; después de morir, al cabo de tres días, resucitará. 9,32: Ellos, aunque no entendían el asunto, no se atrevían a preguntarle. 9,33: Llegaron a Cafarnaún y, ya en casa, les preguntó: ¿De qué hablaban por el camino? 9,34: Se quedaron callados, porque por el camino habían estado discutiendo quién era el más importante. 9,35: Se sentó, llamó a los Doce, y les dijo: El que quiera ser el primero, que se haga el último y el servidor de todos. 9,36: Después llamó a un niño, lo colocó en medio de ellos, lo acarició y les dijo: 9,37: Quien reciba a uno de estos niños en mi nombre, a mí me recibe. Quien me recibe a mí, no es a mí a quién recibe, sino al que me envió. – Palabra del Señor
Nos dice San Marcos que los discípulos callan, se sienten expuestos, avergonzados, se dan cuenta de que han cometido una insensatez y saben que el Maestro no deja de intervenir firmemente siempre que sale a relucir lo de buscar los primeros puestos. Jerarquías y precedencias eran temas muy debatidos entre los rabinos. Constantemente, ya fuera en la mesa, en las sinagogas, en la calle, en las asambleas, etc., siempre surgía la necesidad de asignar escrupulosamente los puestos de honor a quienes les correspondían. Se debatía incluso sobre las diferentes categorías de santos en el cielo y habían concluido que eran siete: cada uno según su rango, mayor o menor, en función de los méritos. Al igual que los santos en el cielo, con mayor razón tenían que ser catalogados los habitantes de este mundo; los justos, naturalmente, tenían aseguradas las posiciones de prestigio, mientras que las personas impuras, los pobres de la tierra estaban destinados a la más completa marginación..Hay asuntos que Jesús no abordó directamente y sobre estos se puede discutir y e incluso tener opiniones diferentes, pero sobre jerarquías, títulos honoríficos, clases sociales, Jesús intervino en varias ocasiones y de forma explícita.
Marcos reconstruye con precisión la escena. Mientras los discípulos están avergonzados, silenciosos, Jesús se sienta, es decir asume la posición del rabino que se dispone a impartir una lección importante. Entonces llama a sus discípulos y les pide que se acerquen porque los ve distantes, siente que están muy lejos de él. Finalmente pronuncia su juicio solemne sobre la verdadera grandeza del hombre: “El que quiera ser el primero, que se haga el último y el servidor de todos” (v. 35).
Es la síntesis de su propuesta de vida y es tan importante que los evangelistas la retoman, con diferentes matices, seis veces.
Marcos señala que la escena tuvo lugar en casa y esta casa es la comunidad cristiana. Toda comunidad debe considerar las palabras del Maestro como dirigidas a ella misma y evitar, de la manera más absoluta, pretextos y excusas para justificar que se den, dentro de la misma comunidad, situaciones de dominación y sometimiento, que están en marcado contraste con el evangelio. Debe estar en guardia, sobre todo, contra la tentación de tomar como punto de referencia las inclinaciones, agasajos y homenajes en uso en la sociedad civil. ¡“Ustedes –ha ordenado Jesús– no sean así!” (Lc 22,26).
En la comunidad cristiana, quien ocupa el primer puesto, debe dejar de lado toda manía de grandeza. La iglesia no es un trampolín para alcanzar posiciones de prestigio, para descollar, para conseguir el dominio sobre los demás. Es el lugar donde todo el mundo, de acuerdo con los dones que recibió de Dios, celebra la propia grandeza en el servicio humilde a los hermanos. A los ojos de Dios, el más grande es quien más se parece a Cristo que se hizo servidor de todos (cf. Lc 22,27).
Para inculcar mejor la lección, Jesús hace un gesto significativo, narrado en la tercera parte de la lectura (vv. 36-37). Llama a un niño, lo coloca en el medio, lo abraza y agrega: “Quien reciba a uno de estos niños en mi nombre, a mí me recibe”.
En este episodio, los niños se presentan como modelos a seguir y Jesús nos invita a ser como ellos, para entrar en el reino de Dios. En el pasaje de hoy, en , los niños vienen presentados como símbolos del débil e indefenso que necesita protección y cuidado.
En tiempos de Jesús, como hoy, los niños eran amados, pero no se les daba importancia social, no contaban nada desde un punto de vista legal, e incluso eran considerados impuros porque transgredían los requisitos de la ley.
Si se tiene esto presente, es claro de inmediato el significado del gesto de Jesús. Él quiere que la comunidad de sus discípulos pongan en el centro de su atención y esfuerzos a los más pobres, a los que no cuentan, los marginados, las personas impuras.
Vivimos en una sociedad competitiva. El maestro se complace en el alumno más diligente y aventajado, el entrenador se enorgullece de su atleta más fuerte, pero la madre sigue diferentes criterios, se guía por el amor y dedica sus premuras y cuidados al más débil de sus hijos.
Discípulo de Cristo es aquel que, siguiendo el ejemplo del Maestro, abraza a los niños.
Niño es aquel que depende completamente de los demás, no produce, solo consume, necesita de todo, también puede crear problemas, no razona como un adulto.
No es fácil abrazar a quien, a los cuarenta años, todavía tiene que ser asistido como a un niño, habla demasiado, es grosero, travieso, interfiere en la vida ordenada de los demás, no coopera. Abrazarlo no significa consentirle sus caprichos o satisfacer todos sus deseos, pasar por alto su indolencia, sino educarlo, ayudarlo a crecer, convertirlo en adulto.
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