El Domingo para alcanzar el bien dejando los bienes.

 Evangelio: Marcos 10,17-30

 10,17: En aquel tiempo, cuando Jesús se puso en camino, llegó uno corriendo, se arrodilló ante él y le preguntó: Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar vida eterna? 10,18: Jesús le respondió: ¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno fuera de Dios. 10,19: Conoces los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no jurarás en falso, no defraudarás, honra a tu padre y a tu madre. 10,20: Él le contestó: Maestro, todo eso lo he cumplido desde mi juventud. 10,21: Jesús lo miró con cariño y le dijo: Una cosa te falta: ve, vende cuanto tienes y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; después sígueme. 10,22: Ante estas palabras, se llenó de pena y se marchó triste; porque era muy rico. 10,23: Jesús mirando alrededor dijo a sus discípulos: Difícilmente entrarán en el reino de Dios los que tienen riquezas. 10,24: Los discípulos se asombraron de lo que decía. Pero Jesús insistió: ¡Qué difícil es entrar en el reino de Dios! 10,25: Es más fácil para un camello pasar por el ojo de una aguja que para un rico entrar en el reino de Dios. 10,26: Ellos llenos de asombro y temor se decían: Entonces, ¿quién puede salvarse? 10,27: Jesús los quedó mirando y les dijo: Para los hombres es imposible, pero no para Dios; porque para Dios todo es posible. 10,28: Pedro entonces le dijo: Mira, nosotros hemos dejado todo y te hemos seguido. 10,29: Jesús le contestó: Les aseguro que todo el que deje casa o hermanos o hermanas o madre o padre o hijos o campos por mí y por la Buena Noticia 10,30: ha de recibir en esta vida cien veces más en casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y campos, en medio de las persecuciones, y en el mundo futuro la vida eterna. Palabra del Señor

 

El domingo pasado Jesús ha hablado de la indisolubilidad del matrimonio, ahora pone a los discípulos frente a la necesidad de renunciar a todos los bienes para poder seguirle.

 

En la primera parte de la lectura
 (vv. 17-22) entra en escena un joven rico que cae de rodillas ante Jesús y le pregunta: «Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar la vida eterna?» (v. 17). El comportamiento de este hombre es verdaderamente único, parece un enfermo que se acerca a Jesús para implorar la gracia de la curación.

 

Por la lectura nos enteramos de que es una persona justa y que es consciente de haber llevado una vida intachable. Sin embargo, siente una preocupación profunda, una pena íntima e indefinida que le hace sufrir como si fuera una enfermedad espiritual. Busca a Jesús porque ha intuido que sólo de un maestro excepcional como él le puede venir la palabra que comunica serenidad y esperanza.

 

También está preparado desde el punto de vista teológico: no habla de «ganar, merecer, tener derecho a», sino de heredar la vida eterna. La herencia no se gana, no se recibe como premio, como el salario por un trabajo, sino que es dada gratuitamente. Como todo israelita piadoso, es consciente de que todo lo que se recibe de Dios es en «heredad»: la tierra (cf. Sal 135,12), la ley (cf. Sal 119,111), las bendiciones, las promesas (cf. Heb 6,12), el reino de Dios (cf. Mt 25:34), el Señor mismo, la heredad de Israel (cf. Sal 16,5). Nada se da como recompensa por las buenas acciones. Todo es regalo.

 

A pesar de entender que la vida eterna es una heredad, le pregunta a Jesús qué le falta aún por hacer. Se da cuenta de que no sólo debe esperar, sino que debe estar dispuesto porque el Señor no obliga a nadie a aceptar su regalo.

 

La observancia de los mandamientos no representa, sin embargo, ningún mérito, sino que es motivo de gratitud al Señor, el único maestro bueno que ha dado a su pueblo la ley de la vida. Reflexionaba el salmista: «Bienaventurado el hombre que teme al Señor, el que se deleita en sus mandamientos» (Sal 112,1) y, con agudeza, los rabinos comentaban: la alegría está «en sus mandamientos», no en la recompensa que se espera recibir. El bien hecho es su propia recompensa, como el mal castiga a aquellos que lo cometen.

 

La respuesta de joven rico es increíble. Declara, convencido, de haber guardado todos los mandamientos desde que tenía uso de razón (v. 20). Juan nos asegura que «Si decimos que no hemos pecado, nos engañamos y no somos sinceros” (1 Jn 1,8). Algunas dudas sobre la afirmación del joven rico, por tanto, parecen razonables.

 

Los rabinos enseñaban que, para ser justos, era suficiente guardar los mandamientos. Jesús, después de haber escuchado la declaración del joven rico, «lo miró con cariño» (v. 21).

 

Mira al hombre rico con afecto, con satisfacción, porque lo ve preparado para dar el salto cualitativo e inmediatamente le propone la exigencia definitiva: «Ve, vende cuanto tienes y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; después sígueme» (v. 21).   

   

Jesús  resalta la inconsistencia de los bienes de este mundo y para mostrar cómo usarlos según Dios. Podríamos parafrasear así su propuesta: «Despójate de todos los bienes que tienes, no los tires a la basura, sino dáselo a aquellos que lo necesiten; permanecerás pobre y Dios será su tesoro».

 

No se trata de otro mandamiento más, sumado a los del Decálogo, sino de la invitación a dejarse guiar por una lógica totalmente nueva. Pide la renuncia de cualquier uso egoísta no sólo del dinero, sino de todos los bienes recibidos de Dios: inteligencia, salud, belleza, el tiempo a nuestra disposición. No pueden ser discípulos suyo si no desprenden el corazón de lo que poseen. Insensato es el que celosamente se aferra los bienes hasta que llegue, ineludiblemente, el momento de la expropiación.

 

No pide dar algo en caridad, sino renunciar a todo.

 

¿Cómo hacer viable esta necesidad?

 

Para obviar esta invitación de Jesús se ha recurrido a una ingeniosa solución, explicando que no se trata de una condición necesaria para ser discípulo, sino de un consejo reservado a algunos héroes. Los cristianos estarían pues repartidos en dos clases: una es la de los «perfectos», los que hacen voto de pobreza, para adherirse plenamente a lo que Jesús ha mandado; los otros, los «simples cristianos», pueden seguir poseyendo sus bienes, resignándose a seguir siendo «imperfectos».

 

El ideal del cristiano no es la miseria, el hambre, la desnudez, sino el compartir fraterno de los bienes que Dios ha puesto a disposición de todos. El pecado no es hacerse rico, sino enriquecerse en solitario. En el Evangelio de los Nazarenos, un libro apócrifo del siglo II d.C., este episodio está reflejado, pero con la adición de algunos detalles curiosos. Tras la petición del Maestro, “el rico empezó a rascarse la cabeza; no quedó contento. El Señor comentó: muchos de tus hermanos, los hijos de Abrahán, se revuelven en la miseria y mueren de hambre, mientras que tu casa está llena de todo bien y no hay nada para ellos».

 

En Marcos la historia termina amargamente: el joven rico decide quedarse con sus posesiones; no tiene el coraje de fiarse de la propuesta de Jesús, no se siente capaz de correr el riesgo, tiene miedo de perderlo todo y se aleja triste. Se aflige porque no podía separarse de los bienes. No se ha dado cuenta de que el corazón del hombre está hecho para el amor infinito y mientras permanezca esclavo de las cosas no puede sino estar decepcionado y descontento.

 

La historia no ha terminado, pero no es difícil de reconstruir lo que sigue. 

 

El joven rico no era un novato, movido por el entusiasmo de un momento; había crecido alimentando profundas convicciones religiosas, por lo que no es probable que, después de reunirse con Jesús, se haya abandonado al libertinaje, haya comenzado a transgredir los mandamientos. Seguiría sin duda siendo una persona justa, llevando una vida piadosa impecable… pero no llegó a ser un cristiano, no pudo dar el salto de calidad.

 

La segunda parte de la lectura (vv. 23-27) se refiere a las consideraciones de Jesús sobre el peligro de la riqueza: es el mayor impedimento para quienes quieren ser discípulos del Maestro. La riqueza tiene el poder de seducción de un dios, ya que cada vez que se recurre a ella, responde dando lo que se le pide. Constituye un obstáculo casi insalvable para los que quieren entrar en el reino de los cielos. «Es más fácil –asegura Jesús– que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el reino de Dios».

 

Algunos han tratado de interpretar esta extraña imagen explicando que no se trata de un camello, sino de una cuerda gruesa (las dos palabras son muy similares en griego), o que el ojo de la aguja aludía a una pequeña puerta en la ciudad de Jerusalén. Es mejor mantener la imagen paradójica utilizada por Jesús que nos habla de una decisión imposible (v. 27). El desprendimiento de todo lo que se posee exige un acto de generosidad que sólo un milagro de Dios puede ayudar a lograrlo.

 

Los discípulos a los que el Maestro se dirige no son ricos, pero se quedan perplejos ante sus palabras. Han comprendido que incluso los pobres deben despojarse de todo, lo que no consiste en dar mucho o poco, sino ofrecer todo lo que somos y tenemos, por muy poco que sea.

 

Entre las personas a las que uno tiene que renunciar no está incluida su esposa. La razón es que ni Pedro ni los otros apóstoles han renunciado a su matrimonio. Ellos no han roto los lazos con sus familias; esto no hubiera sido justo ni humano. Cuando, por razones apostólicas, han tenido que viajar y cambiar de residencia, siempre han actuado de acuerdo con sus esposas quienes, por lo general, han accedido a acompañarlos (cf. 1 Cor 9,5). El compromiso con el evangelio no se puede colocar en oposición a los deberes para con la familia.

 

Es significativo, por último, que entre las cosas centuplicadas que recibe el discípulo, no aparece el padre. Ya en este mundo el amor generoso será recompensado con el ciento por uno en casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y campos, pero no en «padres». De hecho, en la comunidad cristiana no deben existir «padres» porque todos son hermanos; el único Padre es el que está en los cielos (cf. Mt 23,9).

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