El Domingo para no actuar como adultos que por su sabiduría no se dejan interpelar por la Palabra de Dios.
Evangelio: Marcos 10,2-16
10,2: En aquel tiempo, se acercaron unos fariseos y, para ponerlo a prueba, le preguntaron a Jesús: “¿Puede un hombre separarse de su mujer?” 10,3: Les contestó: “¿Qué les mandó Moisés?” 10,4: Respondieron: “Moisés permitió escribir el acta de divorcio y separarse.” 10,5: Jesús les dijo: “Porque son duros de corazón, Moisés escribió ese precepto. 10,6: Pero al principio de la Creación Dios los hizo hombre y mujer, 10,7: y por eso abandona un hombre a su padre y a su madre, se une a su mujer 10,8: y los dos se hacen una sola carne. De suerte que ya no son dos sino una sola carne. 10,9: Así pues, lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre.” 10,10: Una vez en casa, los discípulos le preguntaron de nuevo acerca de aquello. 10,11: Él les dijo: “El que se divorcia de su mujer y se casa con otra comete adulterio contra la primera. 10,12: Si ella se divorcia del marido y se casa con otro, comete adulterio.” 10,13: Le traían niños para que los tocara, y los discípulos los reprendían. 10,14: Jesús, al verlo, se enojó y dijo: “Dejen que los niños se acerquen a mí; no se lo impidan, porque el reino de Dios pertenece a los que son como ellos. 10,15: Les aseguro, el que no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él.” 10,16: Y los acariciaba y bendecía imponiendo las manos sobre ellos. – Palabra del Señor
Respondiendo a la pregunta que se le ha hecho, Jesús deja claro, en primer lugar, el verdadero significado de la Ley de Moisés, Ley que Él no tiene la intención de abolir sino de explicar y llevarla a su cumplimiento.
El libro de Deuteronomio parece permitir el divorcio: “Si uno se casa con una mujer y luego no le gusta, porque descubre en ella algo vergonzoso, le escribirá el acta de divorcio, se la entregará y la echará de casa” (Deut 24,1). Algunos rabinos, los más severos, enseñaban que el marido podía divorciar a su esposa solo si le había sido infiel; pero otros, más tolerantes y abiertos a componendas, sostenían que era suficiente que la mujer no hubiese cocinado la cena, o incluso que el marido hubiera encontrado otra mujer más atractiva.
Antes de pronunciarse sobre el tema, Jesús aclara el significado del texto bíblico. No ha sido Moisés –explica– el que introdujo el divorcio. Esta institución existió mucho antes que él y siempre fue aceptada por todos como legítima; él solamente ha tratado de disciplinarla, poniendo fin a los abusos. No ha pretendido de los israelitas, demasiado duros de corazón, un comportamiento moral más alto que el de los otros pueblos; simplemente dicta una norma que proteja a la mujer. Ha establecido que el marido escriba un documento de divorcio para que la mujer pueda volver a casarse.
Esta disposición era particularmente oportuna porque muchos echaban a su esposa de casa, y si ésta se unía a otro la acusaban de adulterio, lo que implicaba la pena de muerte. El precepto de Moisés tenía como objetivo defender a las mujeres de este abuso; el documento de repudio la declaraba libre. Algunas de estas actas de repudio han llegado hasta nosotros, firmadas por dos testigos; una de ellas dice: “Puedes irte; te puedes casar con quien quieras; eres libre”.
Jesús reconoce el valor de la norma establecida en el Deuteronomio y la considera vinculante. Si alguien quiere divorciarse –afirma– que ¡al menos respete los derechos de la mujer! La tolerancia de Moisés, sin embargo, no es la expresión ideal del plan original de Dios.
Una vez aclarado el sentido de la disposición del Antiguo Testamento, Jesús nos invita a ir más allá de la norma y considerar la sexualidad a la luz, no de razonamientos insensatos y conductas degradantes introducidas por los hombres, sino del plan de Dios, revelado desde los primeros capítulos del Génesis: «Al principio de la creación Dios los hizo hombre y mujer, y por eso abandona un hombre a su padre y a su madre, se une a su mujer, y los dos se hacen una sola carne. Así pues, lo que Dios ha unido no lo separe el hombre” (vv. 6-9).
Esta última afirmación, añadida por Jesús a la cita del Génesis, no podía menos que dejar atónitos a sus interlocutores quienes pensaban que el divorcio, en ciertas situaciones, no solo es un derecho sino un deber.
Los rabinos enseñaban que el primer mandamiento dado por Dios es la de la procreación: «Sean fecundos, multiplíquense» (Gén 1,28) y era para ellos un deber tan fundamental que, si un matrimonio no tenía hijos, el marido debía dejar a su propia esposa para poder tener hijos de otra mujer.
Jesús toma una posición que rompe con la concepción tradicional de su pueblo y dice, en los términos más enérgicos posibles, que ningún divorcio es parte del plan de Dios. El repudio ha sido introducido por los hombres y es un atentado destructor de la obra del Señor que ha unido al hombre y la mujer en una sola carne.
Con Jesús ha venido al mundo el Reino de Dios, se han cumplido las profecías: “Les daré un corazón nuevo y les infundiré un espíritu nuevo; arrancaré de su cuerpo el corazón de piedra y les daré un corazón de carne” (Ez 36,26; cf. Jer 31,31-34). Es hora de decir basta a las componendas, a la mezquindad, a los subterfugios, y tender hacia el ideal indicado «al principio» por el Creador.
Solo el matrimonio monógamo e indisoluble respeta el plan de Dios y logra el objetivo por el que los hombres han sido creados «varón y mujer». Todas las otras formas de convivencia, aunque sean muy antiguas y culturalmente explicables, no respetan la dignidad del hombre y de la mujer.
Frente a la posición dura e intransigente del Maestro, no solo los fariseos sino también los discípulos se quedan perplejos, casi consternados y, de vuelta a casa, le preguntan de nuevo sobre el tema. Pero Jesús reafirma: “El que se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra la primera”, y agrega: “Si ella se divorcia del marido y se casa con otro, comete adulterio” (vv. 11-12). Esta afirmación establece un fenómeno inaudito hasta entonces: la perfecta igualdad de los derechos y deberes del hombre y de la mujer.
¿Cómo interpretarla? Cristo no ha impuesto una nueva ley, más rigurosa que la de Moisés, sino simplemente les ha recordado el plan original de Dios, que no incluye el repudio.
La meta es altísima y los pasos de los hombres son a menudo inciertos. Y como solo Dios conoce la fragilidad de cada uno, nadie tiene el derecho de erigirse en juez de sus hermanos, de evaluar las culpas o pronunciar condenas. A cada caso concreto hay que acercarse con prudencia, con compresión para el hermano, necesitado de acompañamiento y ayuda a fin de que pueda dar lo mejor de sí mismo. Mostrarse comprensivos y pacientes no significa suavizar las exigencias del Evangelio o adaptarse a la moralidad corriente sino mostrar la sabiduría pastoral.
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