Evangelio: Marcos 12,28-34
12,28: En aquel tiempo, un letrado se acercó a Jesús y le preguntó: “¿Cuál es el precepto más importante?” 12,29: Jesús respondió: “El más importante es: «Escucha, Israel, el Señor nuestro Dios es uno solo. 12,30: Amarás al Señor, tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todas tus fuerzas.» 12,31: El segundo es: «Amarás al prójimo como a ti mismo.» No hay mandamiento mayor que éstos.” 12,32: El letrado le respondió: “Muy bien, maestro; es verdad lo que dices: el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él. 12,33: Que amarlo con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios.” 12,34: Al ver Jesús que había respondido acertadamente, le dijo: “No estás lejos del reino de Dios”. – Palabra del Señor
El Evangelio de hoy se sitúa en este contexto polémico. Un escriba que ha asistido a controversias anteriores se adelanta y le hace también una pregunta: “¿Cuál es el mandamiento más importante?” A diferencia de los colegas que lo precedieron, a él no lo mueve el odio contra Jesús; no tiene intención de ponerlo a prueba; ha oído cosas buenas sobre Jesús y quiere verificar su preparación bíblica.
Mediante el estudio de la Escritura, los rabinos habían recabado 613 mandamientos que distinguían entre preceptos negativos (acciones a evitar: 365, como los días del año) y preceptos positivos (acciones a cumplir: 248, como los miembros del cuerpo humano). Algunos de estos preceptos eran considerados menos importantes y otros más graves, pero la obligación de observarlos todos era igualmente rigurosa. Las mujeres estaban excluidas de los 248 preceptos positivos pero incluso para ellas continuaban siendo muchos, demasiados. Se debatía si era posible resumirlos, reducirlos a lo esencial. Algunos rabinos no querían ni oír hablar de tal propuesta. Se dice que un día el Rabino Shamai se lanzó a bastonazos contra un pagano que, queriendo hacerse judío rápidamente, le había pedido un resumen de la ley de Dios. Otros rabinos eran bastante más razonables; se daban cuenta de que los pobres de la tierra nunca hubieran podido aprender tantos preceptos y mucho menos cumplirlos.
Muchos maestros sostenían que el mandamiento más importante era la observancia del sábado; otros consideraron que el principal era el que imponía no tener otros dioses; era famosa la opinión del Rabí Hillel: “Lo que no quieras para ti, no lo hagas a tu prójimo; esta es toda la ley, el resto es solo comentario”. El Rabí Akiba enseñaba: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo; este es el gran principio de la ley”. Y el rabino Simón, llamado El Justo, decía: “El mundo se apoya en tres pilares: la ley, el culto y las obras de amor”.
¿Cuál era la posición de Jesús frente a tema tan debatido? Jesús mostraba ser muy comprensivo con los pecadores y sus debilidades. No tan inflexible como el Rabino Shamai, lo que induciría a nuestro escriba a pedir al Maestro un resumen de lo más importante de la Ley. Otras veces Jesús había tomado partido contra los ‘sabios’ que complicaban la vida de la gente simple cargando sobre sus hombros el yugo insoportable de prescripciones minuciosas, de las innumerables prácticas impuestas por la tradición de los Ancianos.
La respuesta que da Jesús al escriba está tomada de la más conocida de las oraciones de su pueblo: “Escucha, Israel. El Señor nuestro Dios es el único Señor; amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas.” Y a continuación, sin que le pregunten, añade un segundo mandamiento tomado del libro del Levítico: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Lev 19,18).
Como hemos aprendido de la primera lectura, Dios debe ser amado con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas (cf. Deut 6,5). Pero para Jesús esto no es suficiente: a estas tres facultades Jesús añade: con toda la mente.
Si se quiere que la adhesión a Dios sea sólida e inquebrantable, no se la puede fundar en fugaces emociones religiosas o hacerla depender de cualquier devoción piadosa. Debe involucrar a la mente; debe ser el fruto de una elección consciente y bien ponderada, que satisfaga plenamente incluso a la razón.
Quien no dedica tiempo al estudio de la Palabra de Dios, quien es indiferente a los temas teológicos o a los problemas eclesiales, quien no es capaz de dar razón de su propia fe, no puede decir que ama a Dios con toda su mente.
A continuación, Jesús une el amor a Dios al amor al hombre haciendo inseparables ambos mandamientos. Aunque no siempre sea fácil determinar lo que concretamente hay que hacer, el significado del amor al prójimo está clarísimo: es la disponibilidad a hacer siempre lo que es bueno para el otro. No es del todo evidente, sin embargo, lo que pueda significar amar a Dios y cual sea la relación entre los dos mandamientos.
El amor al prójimo requiere el compromiso de garantizar que nadie se quede sin comida, vestido, atención, educación y sin lo necesario para una vida digna. Sin embargo, este compromiso no debe relegar a un segundo puesto los deberes para con Dios: la oración, la misa dominical, las prácticas religiosas. Una parte del tiempo, por tanto, hay que dedicarla al trabajo, a la familia, a los amigos, pero sin quitarle a Dios la parte que le pertenece. Esta insatisfactoria y bastante extendida interpretación es peligrosa pues lleva a enfrentar a un mandamiento con el otro, ya que lo que se le da al prójimo se le quita a Dios.
Notemos que solo en el evangelio de Marcos los dos mandamientos se colocan en orden jerárquico, se dice que hay un primer precepto, sin duda el más importante, y un segundo. Mateo presenta la respuesta de Jesús al rabino de una manera más matizada: “El segundo es semejante a éste” (Mt 22:39); por tanto no es menor, como parecería resultar de la versión de Marcos.
Los dos mandamientos no pueden, por lo tanto, separarse ya que constituyen la manifestación de un amor único. Como dice Juan: “Si uno dice que ama a Dios mientras odia a su hermano, es un mentiroso. Quien no ama a su hermano, miente; porque si no ama al hermano a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve” (1 Jn 4,20).
Amar a Dios no significa darle algo (tiempo, oraciones, canciones…) sino compartir su proyecto en favor del hombre, recibir su Amor y derramarlo entre los demás. ¿Se puede dar el hecho de amar al hombre sin amar a Dios? Tal posibilidad es tan impensable que la Biblia ni siquiera la considera. Si alguno ama al hombre ciertamente está animado por el Espíritu, porque el amor solo puede venir de Dios (cf. 1 Jn 4,7).
Queda por aclarar lo que Jesús entendía por prójimo. Ya el libro de Levítico incluye al extranjero entre las personas a quienes hay que amar: “Cuando un emigrante se establezca entre ustedes en su país, no lo opriman. Será para ustedes como uno de sus compatriotas: lo amarás como a ti mismo” (Lev 19,33-34). Bastantes rabinos, en referencia al pasaje del Génesis donde se dice que Dios creó al hombre a su semejanza (cf. Gén 5,1), argumentaban que el término prójimo incluye a todos los hombres. En realidad, sin embargo, el mandamiento solo se refería a los miembros del pueblo de Israel o, a lo sumo, a los que residían dentro de los límites de la tierra santa. Jesús pone fin a toda discriminación y declara sin dudarlo y de modo irrevocable: prójimo es quienquiera que se encuentre en necesidad, sea amigo o enemigo (cf. Mt 5,43-48).
En su respuesta (vv. 32-33), el escriba, retomando la declaración de Jesús, presenta la comparación entre la práctica de estos dos mandamientos y el culto ofrecido en el templo. No tiene dificultad en pronunciar su sentencia, ya que, como buen rabino, ha estudiado los escritos y ha asimilado el pensamiento de los profetas y sabios de Israel. Él sabe que “hacer justicia y equidad, para el Señor vale más que un sacrificio” (Prov 21,3); recuerda la exclamación del salmista: “Tú no quieres sacrificios ni ofrendas… no pides holocaustos ni víctimas; entonces yo digo: «Aquí estoy… deseo cumplir tu voluntad, Dios mío; llevo tu enseñanza en mis entrañas»” (Sal 40,7). No tiene dudas: el amor es inmensamente más valioso y aceptable a Dios que cualquier ofrenda.
Jesús –quien, citando al profeta Oseas, ha dirigido en repetidas ocasiones a los fariseos la invitación: “Vayan a aprender lo que significa: «Misericordia quiero y no sacrificios»” (Mt 9,13)– no puede menos que mostrar ahora su complacencia ante la sensibilidad espiritual de su interlocutor. Por eso añade: “No estás lejos del reino de Dios” (v. 34).
Los otros –el sabio rabino del evangelio de hoy, los devotos israelitas observantes de la Ley y toda la gente buena y honesta– están solamente cerca del reino de Dios. Para ingresar en él, deben acercarse a Cristo, estudiar a fondo su mensaje, evaluar su propuesta y darle su adhesión consciente y decidida. Para llegar a esta elección, deben recorrer primero el camino que va de Galilea a Jerusalén.
Leer el evangelio de Marcos es como hacer este viaje. Puede ocurrir que, habiendo llegado a la última página, no se tenga todavía el coraje de ofrecer la propia vida como lo hizo Jesús. Puede ser que todavía no estemos plenamente convencidos de que su propuesta es la propuesta justa. No hay que desanimarse. Basta recomenzar el viaje con Él desde Galilea. Un día, como ocurrió al ciego de Betsaida, Jesús finalmente nos abrirá los ojos a todos.
Comentarios
Publicar un comentario
Construye comentando.