El Domingo del Reinado de la verdad.
Evangelio: Juan 18,33-37
18,33: En aquel tiempo, preguntó Pilato a Jesús: ¿Eres tú el rey de los judíos? 18,34: Jesús respondió: ¿Eso lo preguntas por tu cuenta o porque te lo han dicho otros de mí? 18,35: Pilato respondió: ¡Ni que yo fuera judío! Tu nación y los sumos sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué has hecho? 18,36: Contestó Jesús: Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis soldados habrían peleado para que no me entregaran a los judíos. Pero mi reino no es de aquí. 18,37: Le dijo Pilato: Entonces, ¿tú eres rey? Jesús contestó: Tú lo dices. Yo soy rey: para eso he nacido, para eso he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad. Quien está de parte de la verdad escucha mi voz. – Palabra del Señor
En el pretorio. Allí, en la madrugada de la víspera de la Pascua, los judíos llevaron a Jesús acusándolo de ser un criminal. Es dentro de este pretorio que tiene lugar el diálogo referido en el texto del evangelio de hoy. La cuestión que viene formulada desde la primera pregunta que el procurador dirige a Jesús es de la más delicadas: «¿Eres tú el Rey de los Judíos?».
Desde que en el año 63 a.C. Pompeyo conquista Jerusalén y somete Judea a la dominación romana, en las sinagogas se había comenzado a recitar un salmo, compuesto por un rabino empapado del pensamiento bíblico: «Señor, tú eres nuestro rey. El reinado de nuestro Dios es eterno sobre todas las naciones. Tú has elegido a David como rey de Israel, y juraste que su descendencia nunca se extinguirá ante ti. Ahora, a causa de nuestras culpas, los pecadores se han levantado contra nosotros. Mira, Señor, y suscita a un hijo de David, en el tiempo que tú hayas establecido, para reinar sobre Israel». Era un rechazo explícito a la potencia colonial extranjera.
Intentos poco realistas de desafiar el poder romano habían sido aplastados ya en el año 4 a.C, después de la muerte de Herodes. En Perea había tenido lugar la rebelión de Simón, un esclavo de la corte quien, después de haber prendido fuego a los palacios de Jericó, había hecho incursiones en todo el reino. En Judea, Atronge, un pastor de estatura gigantesca había infligido grandes pérdidas al ejército romano. Por último, con ocasión del censo de Quirino (6 d.C.), Judas el Galileo, también mencionado en el libro de los Hechos (Hch 5:37), había comenzado otra sedición en Séforis, cerca de Nazaret, instando a la gente a no pagar el tributo a César. Todos estos levantamientos fueron sangrientamente reprimidos. I así del 6 al 36 d.C., Judea conoció un período de tranquilidad bajo la autoridad de los prefectos de Roma. Los movimientos revolucionarios, como el famoso partido de los zelotes, sólo aparecieron más tarde, a mediados de los años 40 d.C., cuando Roma cometió la insensatez del enviar a palestina procuradores crueles y corruptos.
Incluso en un período de relativa calma como aquél en el que Pilato gobernaba (26-36 d.C.), la acusación de despertar esperanzas nacionalistas latentes o la sospecha de querer restaurar la monarquía davídica eran acusaciones extremadamente peligrosas.
Es en este contexto histórico donde hay que colocar el dialogo sobre la realeza mantenido entre Jesús y Pilato. La primera pregunta del procurador: ¿Eres tú el Rey de los Judíos?, tiene como objetivo puntualizar la acusación y revela las perplejidades de Pilato que se encuentra frente a hombre solo, sin armas, sin soldados que puedan defenderle, que ha sido abandonado por sus propios amigos y abofeteado por un siervo de Anás. No parece ciertamente el tipo que pueda poner en peligro el poder de Roma.
Jesús responde con otra pregunta para obligar al procurador a asumir su propia responsabilidad «¿Eso lo preguntas por tu cuenta o porque te lo han dicho otros de mí?”. Es decir: ¿tienes alguna razón para pensar que soy un sedicioso, o prestas oído a habladurías? ¿No te han referido mi reacción ante el intento de uno de mis discípulos de echar mano de la espada (cf. Jn 18,10-11)?
Pilatos replica casi con resentimiento: ¡”Ni que yo fuera judío!”, es decir: soy un oficial romano y administro justicia de manera independiente. Y continúa: «Tu nación y tus sumos sacerdotes te han entregado a mí, ¿qué has hecho?» (v. 35).
Es en este punto que el tema de la realeza de Cristo se pone al rojo vivo. Jesús trata de ayudar al procurador a entender: «Mi reino no es de este mundo» (v. 36).
Pilato no conoce más que los reinos de este mundo. Si alguien le hablara del reinado de Tiberio, inmediatamente pensaría en el inmenso territorio sobre el que el emperador extiende su dominio, o bien al tiempo, a los años en que ha reinado, o incluso a la autoridad soberana que ejerce; pensaría también en las características bien definidas de los reinos de este mundo, es decir, que se cimentan sobre hombres movidos por la ambición, que se basan en el uso de la fuerza y del dinero, que hay que defenderlos con las armas, que el fuerte se impone y que los súbditos están sometidos y obedecen.
El de Jesús no tiene nada en común con estos reinos. No mata a nadie, es él quien va a morir; no manda a los demás, sino que obedece; no se alía con los grandes y poderosos, sino se pone de parte de los últimos, de los que no cuentan para nada. Poseer, conquistar, exterminar son para los hombres signos de fortaleza; para Jesús, por el contrario, de debilidad y derrota. Para él, grande es el que sirve.
Pilato no entiende de qué está hablando Jesús; sólo consigue hacerle una pregunta general: “Entonces ¿tú eres rey?” (v. 37). Jesús siempre ha reaccionado con dureza contra quienes han intentado atraerle hacia realezas de este mundo; las ha considerado desde el principio como propuestas diabólicas (cf. Mt 4,8-10). Ha defraudado las expectativas mesiánicas de sus discípulos y huido cuando la gente quería proclamarlo rey (cf. Jn 6,15). Ahora, sin embargo, que es él es derrotado y tiene las horas contadas, ahora que ya no hay ninguna posibilidad de malentendidos, proclama solemnemente ante el representante del mundo pagano: «Tu lo dices, sí yo soy rey”. Luego explica: “Para eso he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad” (v 37). No para enseñar la verdad, como hacían los sabios, sino para testimoniar la verdad.
Para los filósofos griegos la verdad era el descubrimiento de la esencia de las cosas, indicaba la caída de todo velo, de todos los secretos sobre el sentido de su existencia. Ligada a esta verdad filosófica estaba la verdad histórica que consistía en contar objetivamente, referir los hechos tal y como ocurrieron. Los judíos entendían la verdad de manera diferente En la Biblia verdad y fidelidad a la palabra dada es estabilidad y perseverancia, es aquello o aquel de quien uno se puede fiar. Dios es verdad porque no se contradice ni se desmiente nunca, porque mantiene sus promesas, está animado por un amor que nada ni nadie podrá nunca disminuir (cf. Ex 34,6).
Para un hebreo la verdad no es algo lógico, sino concreto, es lo que sucede en la historia. Para consolar e iluminar al vidente del Libro de Daniel, preocupado por los trágicos acontecimientos de la historia de su pueblo, el Señor le revela lo que está escrito en el «Libro de la Verdad» (cf. Dn 10,21). Es una imagen para indicar que Dios le ha revelado su plan de salvación que está ya para actualizar. Verdad son los designios del amor del Señor; conocer la verdad significa comprender estos designios y participar en su realización.
Jesús vino para dar testimonio de la verdad porque encarna el plan de Dios, lo lleva a cumplimiento, por esto es la verdad (cf. Jn 14,6). Con su presencia en el mundo, con toda su vida gastada por amor, demuestra la fidelidad del Señor a su pacto con el hombre.
Ahora deberían resultar más claras muchas expresiones usadas por Juan. Hacer la verdad (cf. Jn 3,21) y andar en la verdad (cf. 2 Juan 4) indican adhesión a Cristo con toda la propia vida; el Espíritu de la verdad (cf. Jn 14,17; 15,26; 16,13) es el impulso divino que, después de habernos introducido en el proyecto de Dios, nos la fuerza para mantenerlos fieles; la verdad nos hace libres (cf. Jn 8,32) porque sólo una vida conforme al evangelio es realmente libre, el que la desvía se convierte en esclavo de sus propias pasiones y de sus propios ídolos.
Jesús concluye la explicación sobre su reinado, declarando: “Quien está de parte de la verdad escucha mi voz” (v. 37). Y Pilato, que entiende cada vez menos, responde: “¿Y qué es la verdad?». Al procurador no le interesa la persona de Jesús, sino saber si es una amenaza o no para el poder de Roma. Es refractario al plan de Dios, piensa en el reino de este mundo, no en la verdad. Insensible a la voz de Jesús y cansado de oír palabras sin sentido para él, interrumpe el diálogo.
Es el símbolo del mundo incrédulo que se niega a escuchar la palabra de la verdad: no encuentra en ella ningún motivo de condena, pero no tiene el coraje de tomar una posición y termina cediendo a las opciones de la muerte.
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