El Domingo para liberarnos del mal del egoísmo.

Evangelio: Lucas 3,10-18

En aquel tiempo, 3,10: la gente preguntó a Juan: “Entonces, ¿qué debemos hacer?” 3,11: Les respondió: “El que tenga dos túnicas, dé una al que no tiene; otro tanto el que tenga comida”. 3,12: Fueron también algunos recaudadores de impuestos a bautizarse y le preguntaban: “Maestro, ¿qué debemos hacer?” 3,13: Él les contestó: “No exijan más de lo que está ordenado”. 3,14: También los soldados le preguntaban: “Y nosotros, ¿qué debemos hacer?” Les contestó: “No maltraten ni denuncien a nadie y conténtense con su sueldo”. 3,15: Como el pueblo estaba a la expectativa y todos se preguntaban por dentro si Juan no sería el Mesías, 3,16: Juan se dirigió a todos: “Yo los bautizo con agua, pero viene uno con más autoridad que yo, y yo no soy digno para soltarle la correa de sus sandalias. Él los bautizará con Espíritu Santo y fuego. 3,17: Ya empuña la horquilla para limpiar su cosecha y reunir el trigo en el granero, y quemará la paja en un fuego que no se apaga”. 3,18: Con otras muchas palabras anunciaba al pueblo la Buena Noticia. – Palabra del Señor



En la primera parte del evangelio de hoy (vv. 10-14), hay tres grupos de personas –el pueblo, los recaudadores de impuestos, los soldados– que se acercan al Bautista para recibir de él amonestaciones concretas. Se trata de un esquema ternario de preguntas y respuestas que sirve para presentar situaciones ejemplares (cf. Lc 9,57-62). Es un recurso literario que invita a aplicar el principio ascético mostrado por el Bautista a otros casos similares.

La pregunta: “¿Qué debemos hacer?” se repite varias veces en la obra de Lucas (cf. Hch 2,37; 16,30; 22,10). Indica la total disposición para aceptar la voluntad de Dios por aquellos que son conscientes de estar fuera del camino, están decididos a cambiar de vida y buscan una indicación sobre la ruta a seguir.

Imaginemos que algunos de nosotros, deseosos de prepararnos bien para la Navidad, hacemos esta misma pregunta a aquellos que consideramos ‘expertos’ en el campo religioso (el catequista, el agente de pastoral, la religiosa, el sacerdote). ¿Qué nos responderían?

Alguno de estos ‘expertos’ podría sugerirnos que ayudemos a un hermano que se encuentra en problemas o que visitemos a una persona enferma, pero también podría darnos otras respuestas: ‘Recite el rosario todos los días’; ‘Rece tres Salves  antes de ir a dormir’; ‘Vaya a confesarse’… Se trata de consejos buenos –entendámonos–; sin embargo, el Bautista no elige este camino. No sugiere nada de específicamente «religioso», no recomienda prácticas devocionales, ceremonias penitenciales (imposición de ceniza, ayunos, oraciones, retiros espirituales en el desierto). Exige algo muy concreto: una revisión radical de la propia vida desde el principio ético del amor a los hermanos. Les dice a sus oyentes: “El que tenga dos túnicas debería compartir con el que no tiene; y el que tenga comida debe hacer lo mismo” (vv. 10-11).


Ciertamente no se le puede acusar al Bautista de falta de claridad. Las oraciones y devociones están bien, siempre y cuando no se conviertan en una coartada, siempre que no se utilicen como excusas para escapar de la obligación de compartir los bienes con los necesitados.

Solemos reunirnos de buena gana para rezar, para cantar, pero cuando se nos pide que pongamos a disposición de los demás los bienes que poseemos… todos nuestros entusiasmos religiosos desaparecen de repente. Sin embargo, el Bautista es comprensivo con la debilidad humana. Dice: “Si tienes dos túnicas comparte una con quien no la tiene”. A sus discípulos, Jesús les exigirá aún más: “¡Al que te quite el manto, no le niegues la túnica!» (Lc 6,29).

Seguidamente se presentan ante Juan los publicanos. Son los que ejercitan la profesión más odiada por el pueblo: recaudan impuestos y son colaboradores con el sistema opresor de los romanos. Se enriquecen extorsionando a los más débiles e indefensos. A ellos el Bautista no les pide cambiar de profesión sino que no se aprovechen de su oficio para explotar a los pobres.

Tal vez pensemos que nosotros nada tenemos que ver con esta profesión. Sin embargo –si somos sinceros– actuamos como ‘publicanos’ cuando, por ejemplo, habiendo alcanzado una posición de prestigio, exigimos emolumentos muy altos por nuestro trabajo, tal vez tomando como justificación que “estas son las tarifas establecidas”.

El recaudador de impuestos es el símbolo de la persona que maneja el dinero de un modo desenvuelto. Publicano es el que compra y vende sin escrúpulos pensando solo en su propio beneficio; es el que, con hábiles ardides, se las arregla para engatusar a la gente sencilla; son los que evaden impuestos, los que urden fraudes a costa del Estado, los que se aprovechan de la ingenuidad de los pobres para explotarlos y enriquecerse. Quien actúa como «publicano» ciertamente no puede prepararse para la Navidad con unas cuantas oraciones solamente.

Los últimos en pedir consejo al Bautista son los soldados. Hubiéramos esperado que Juan les hubiera aconsejado despojarse del uniforme, dejar las armas inmediatamente y negarse a luchar. Pero también con esta profesión militar se muestra «tolerante». Jesús será más radical y prohibirá cualquier recurso a la violencia: “No pongan resistencia al que les hace el mal. Antes bien, si uno te da una bofetada en tu mejilla derecha, ofrécele también la otra” (Mt 5,39).

Los soldados de la época estaban mal pagados… y al ir armados, se aprovechaban de su poder para abusar de la gente, acosar a las mujeres, extorsionar e imponer duros y humillantes servicios a los más débiles, intimidar a los campesinos pobres y obligarlos a llevar sus cargas. El Bautista les pide no maltratar a nadie y contentarse con su salario.

Los soldados son el símbolo de aquellos que abusan de su poder. El que se aprovecha del puesto que ocupa, de la profesión que desempeña, para dominar y oprimir a los más débiles, se comporta como «soldado» (de aquel tiempo, por supuesto) y es invitado a revisar su comportamiento si quiere prepararse para la venida del Señor.

En la segunda parte del evangelio (vv. 15-18), el Bautista recupera su lenguaje aparentemente duro, áspero, casi intolerante. Habla de la separación del buen trigo de la paja y amenaza con la destrucción de ésta en el fuego inextinguible. Parece que no deja a los pecadores ningún margen para la alegría: les espera y asegura que es inminente un terrible juicio de Dios. Sin embargo, el evangelista concluye el severo discurso de Juan con una frase sorprendente: “Con estas y otras muchas palabras anunciaba al pueblo la Buena Noticia” (v. 18).

No hay lugar a dudas: son palabras de consuelo (esta es la traducción correcta del verbo parakaleo). Para Lucas el mensaje de Juan el Bautista es una Buena Noticia, es un anuncio agradable, es la promesa de un acontecimiento feliz. La manera que tiene Juan de expresarse tal vez no se ajuste a nuestra sensibilidad actual; no es comedido ni afable, pero ciertamente lo que quiere comunicar es alegría y esperanza. Si consideramos detenidamente el texto, vemos que el Bautista no amenaza con ningún castigo de Dios; solo habla de la venida del Espíritu Santo y del fuego que destruirá la paja.

El agua limpia, pero también puede matar, puede sumergir y ahogar. Cuando emergían del río Jordán los que venían a ser bautizados por él, Juan realizaba un gesto que significaba la purificación de las manchas del pecado y la muerte a la vida pasada. Nada más. Su bautismo era imperfecto, incompleto, de lo que el Bautista era perfectamente consciente. Él sabía que el agua que empleaba era un baño exterior.

El Bautismo de Jesús no es agua que limpia lo exterior sino que penetra dentro, que vivifica y transforma. Es agua que se convierte en quien la bebe en “manantial que brota para vida eterna” (Jn 4,14). Es su Espíritu, es el poder de Dios que transforma al hombre viejo en una nueva criatura. Es el cumplimiento de la profecía de Ezequiel: “Los rociaré con un agua pura que los purificará: de todas sus inmundicias e idolatrías los he de purificar. Les daré un corazón nuevo y les infundiré un espíritu nuevo; arrancaré de su cuerpo el corazón de piedra y les daré un corazón de carne. Les infundiré mi espíritu y haré que caminen según mis preceptos y que cumplan mis mandatos poniéndolos por obra” (Ez 36,25-27).

Ahora se hace evidente incluso la imagen del fuego. Esto lo dirá más adelante el mismo Jesús: “Vine a traer fuego a la tierra, y ¡cómo desearía que ya estuviera encendido!” (Lc 12,49). No es el fuego preparado para castigar a los pecadores impenitentes. El único fuego que Dios conoce es el que trajo Jesús, es el Espíritu que renueva la faz de la tierra (cf. Sal 104,1). Descenderá del cielo el día de Pentecostés (cf. Hch 2,3) y unirá a los hombres en un solo idioma, el del Amor.

Este será el fuego que purificará el mundo de todo mal, que destruirá toda la ‘paja’. No son los pecadores, entonces, los que deben temer la venida de Cristo, sino el pecado que, según se anuncia, será destruido. Los pecadores solo tienen motivos de alegría porque para ellos llega la liberación del mal que los mantiene esclavizados.

Hay muchas alegrías que no son cristianas. El Bautista señala el camino para dejar al corazón llenarse de la verdadera alegría: preparar la venida del Señor en la propia vida a través del compartir los bienes con los pobres y del rechazo a cualquier forma de abuso, de opresión, de prevaricación contra el hermano.

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