El Domingo del anuncio de la verdadera libertad.
Evangelio: Lucas 1,1-4; 4,14-21
1,1: Ya que muchos emprendieron la tarea de relatar los sucesos que nos han acontecido, 1,2: tal como nos lo transmitieron los primeros testigos presenciales y servidores de la palabra, 1,3: también yo he pensado, ilustre Teófilo, escribirte todo por orden y exactamente, comenzando desde el principio; 1,4: así comprenderás con certeza las enseñanzas que has recibido. 1,14: Impulsado por el Espíritu, Jesús volvió a Galilea, y su fama se extendió por toda la región. 1,15: Enseñaba en sus sinagogas, y era respetado por todos. Jesús fue a Nazaret, donde se había criado, y según su costumbre entró un sábado en la sinagoga y se puso en pie para hacer la lectura. 1,17: Le entregaron el libro del profeta Isaías. Lo abrió y encontró el texto que dice: 1,18: El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido para que dé la Buena Noticia a los pobres; me ha enviado a anunciar la libertad a los cautivos y la vista a los ciegos, para poner en libertad a los oprimidos, 1,19: para proclamar el año de gracia del Señor. 1,20: Lo cerró, se lo entregó al ayudante y se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos fijos en él. 1,21: Él empezó diciéndoles: Hoy, en presencia de ustedes, se ha cumplido este pasaje de la Escritura. – Palabra del Señor
Es sábado y la gente va a la sinagoga para orar y escuchar las lecturas y la explicación de la palabra de Dios. Un rabino organiza el encuentro, pero todo judío adulto puede presentarse o ser invitado a leer y comentar las Escrituras. Hacer una homilía era bastante fácil: bastaba haber aprendido de memoria las explicaciones y comentarios de los grandes rabinos y referir sus opiniones. Nadie es tan presuntuoso como para aventurarse a añadir la propia interpretación. Como solía hacer, Jesús se une a su pueblo y se ofrece a hacer de lector.
La liturgia comienza con la recitación del Shemá –la profesión de fe del israelita piadoso–, continúa con las diez y ocho bendiciones que introducen la parte central de la celebración, la lectura de los dos pasajes de la Escritura: el primero sacado del Pentateuco (la Torah) y el otro de los Profetas. Quien lee el segundo texto, por lo general, pronuncia también la homilía. El clima es de recogimiento y oración, la gente está bien dispuesta a la escucha de la palabra de Dios y Jesús aprovecha la ocasión para lanzar su mensaje (16).
Lucas resalta minuciosamente algunos detalles, no por escrúpulo histórico, sino para transmitir mensajes teológicos.
El primer detalle es aparentemente superfluo: Jesús abre el volumen que le ha sido consignado. El evangelista quiere hacer comprender a sus lectores que, sin Cristo, el texto sagrado es un libro cerrado; los oráculos de los profetas y todos los libros del Antiguo Testamento permanecen incomprensibles. Solo Él puede darles un sentido. Hecha la lectura, Jesús enrolla el volumen, lo consigna al sirviente y se sienta; los ojos de todos están fijos en él. Los rabinos explicaban la Palabra de Dios estando sentados. Si se subraya que Jesús asume esta posición es para decir que él se ha convertido en el Maestro. Es una invitación a fijar nuestros ojos en él y no en ningún otro. Los libros santos del Antiguo Testamento tienen el objetivo de conducir a él y, realizada esta finalidad, pueden ser enrollados.
El texto elegido está tomado del profeta Isaías: “El Espíritu del Señor está sobre mí, me ha ungido para que dé la Buena Noticia a los pobres; me ha enviado a anunciar la libertad a los cautivos y la vista a los ciegos, para poner en libertad a los oprimidos y para proclamar el año de gracia del Señor” (vv. 17-19).
¿Quién es el hombre encargado para llevar este mensaje gozoso a los pobres? ¿De quién está hablando Isaías? El profeta se refiere a un personaje que, alrededor de 400 años antes de Cristo, fue enviado por Dios a consolar a los Israelitas que habían regresado del exilio de Babilonia.
Vivían en una situación dramática que hemos descrito en la explicación de la primera lectura: los ricos explotaban a los pobres, los ricos no pagaban a sus trabajadores, los fuertes dominaban a los débiles (cf. Is 56,10–52,2).
En este contexto histórico, un hombre poseído por el Espíritu del Señor es enviado a proclamar “el año de gracia”, “el jubileo”, el tiempo en que son condonados todos los delitos, puesto fin de toda forma de esclavitud y restablecida la justicia.
Hoy –comienza a decir Jesús– se ha cumplido este pasaje de la Escritura” (v. 21).
No comenta el texto del profeta, sino que proclama su realización. Hoy comienza el año de gracia, la fiesta sin fin para todos, porque a todos, en nombre de Dios, les ha sido anunciada la salvación, gratuita y sin condiciones.
El término hebreo usado por Isaías para indicar la liberación de los prisioneros es deror que significa: liberar de todo lo que impide correr con soltura. Hoy la palabra de Jesús comienza a liberar no solo de las enfermedades –que son el signo de una disminución de la vida– sino de todos los impedimentos morales y sicológicos que bloquean, entorpecen y no permiten avanzar y crecer, inhiben los arrebatos de amor. La maraña de pasiones incontroladas que hacen que nos repleguemos sobre nosotros mismos a la búsqueda de nuestro propio interés, el frenesí del poseer y del éxito…todo esto son cadenas. Hoy estos cepos comienzan a ser destruidos.
La fuerza irresistible que los rompen es la del Espíritu Santo (v. 14) que actúa en Jesús no solo cuando éste realiza curaciones prodigiosas, sino también y sobre todo, cuando su palabra potente destruye los lazos diabólicos que envuelven y mantienen al hombre en estado de esclavitud (cf. Lc 4,36).
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