El Domingo para entender qué es la Eucaristía.

 Evangelio: Lucas 9,11b-17


Jesús recibió a la multitud y les hablaba del reino de Dios y sanaba a los que lo necesitaban. 9,12: Como caía la tarde, los Doce se acercaron a decirle: –Despide a la gente para que vayan a los pueblos y campos de los alrededores y busquen hospedaje y comida; porque aquí estamos en un lugar despoblado. 9,13: Les contestó: –Denle ustedes de comer. Ellos contestaron: –No tenemos más que cinco panes y dos pescados; a no ser que vayamos nosotros a comprar comida para toda esa gente. 9,14: –Los varones eran unos cinco mil–. Él dijo a los discípulos: –Háganlos sentar en grupos de cincuenta. 9,15: Así lo hicieron y se sentaron todos. 9,16: Entonces tomó los cinco panes y los dos pescados, alzó la vista al cielo, los bendijo, los partió y se los fue dando a los discípulos para que se los sirvieran a la gente. 9,17: Comieron todos y quedaron satisfechos, y recogieron los trozos sobrantes en doce canastas. – Palabra del Señor

 

 

Qué es la Eucaristía? Pablo, narra, como hemos visto, su institución durante la última cena. Lucas, elige otro: toma un episodio de la vida de Jesús, el de la multiplicación de los panes, y lo relee desde una óptica eucarística. Es decir, lo utiliza para hacer comprender a los cristianos de sus comunidades qué significado tiene el gesto de partir el pan que ellos repiten regularmente, todas las semanas, en el día del Señor.

 

Si el pasaje del Evangelio de hoy se lee como crónica detallada de un hecho, nos encontraremos con una serie de dificultades: no se comprende, en primer lugar, qué hacen cinco mil hombres en un lugar desierto (v. 12), ni sabemos de dónde hayan podido venir tanta gente (v. 14). Es así mismo extraño que también los peces sean despedazados (v. 16) o de dónde salieron las doce cestas para las sobras; ¿las trajeron vacías la gente? La comida, por otra parte, ha tenido lugar al caer de la tarde (v. 12) y uno se pregunta cómo se las arreglarían los doce, en la obscuridad, para poner orden entre tanta gente y repartirles después los panes y los peces. 

 

Evidentemente no estanos ante un reportaje y carece, por tanto, de sentido preguntarse cómo se han desarrollado exactamente los hechos porque es difícil establecerlo. El evangelista ha desarrollado una reflexión teológica tendiendo como trasfondo un acontecimiento de la vida de Jesús y a nosotros, más que establecer la realidad de lo sucedido, nos interesa captar el mensaje que quiere transmitirnos.

 

La primera clave de lectura que proponemos es el Antiguo Testamento. Los cristianos de las comunidades de Lucas estaban habituados al lenguaje bíblico y captaban inmediatamente las alusiones, que se nos escapan a nosotros, a hechos, textos, expresiones, personajes del Antiguo Testamento. El relato de la distribución de los panes evocaba en ellos: 

– el relato del maná, el alimento dado milagrosamente por Dios a su pueblo en el desierto (cf. Éx 16; Nm 11). También el pan dado por Jesús viene del cielo.

– la profecía hecha a Moisés“El Señor tu Dios te suscitará un profeta como yo, lo hará surgir entre ustedes, de entre sus hermanos; y es a él a quien escucharán (Dt 18,15). Jesús, que repite uno de los signos realizados por Moisés es ese profeta esperado.

– las palabras de Isaías“¿Por qué gastan el dinero en lo que no alimenta y el salario en lo que no deja satisfecho? Escúchenme atentos y comerán bien, se deleitarán con platos substanciosos. Busquen al Señor mientras se deje encontrar, llámenlo mientras está cerca” (Is 55,1-2.6.).

– La multiplicación de los panes realizada por Eliseo (cf.2 Re 4,42-44). El milagro realizado por Jesús parece ser una fotocopia a gran escala del milagro de Eliseo.

 

Estas alusiones al Antiguo Testamento las subraya Lucas por su referencia a la celebración de la eucaristía tal como se realizaba en sus comunidades. Comencemos por el primer versículo (v. 11) que, desafortunadamente, no viene completo en nuestro leccionario. Retomemos la parte que falta: “Jesús los recibió (a la multitud) y les hablaba…”. Solo Lucas dice que cuando la multitud llegó a Betsaida, “Jesús los recibió y les hablaba del reino de Dios”. Se ha retirado aparte con sus discípulos, buscando quizás un momento de quietud; pero la gente, necesitada de su palabra y de su ayuda, le sigue hasta donde estaba y él los recibió, les anuncia la buena noticia del reino de Dios y cura a los enfermos. Recibir significa prestar atención, dejarse envolver por las carencias de los demás, mostrar interés por sus necesidades materiales y espirituales. 

 

En este primer versículo, la referencia a la celebración eucarística es evidente: la liturgia del día del Señor comienza siempre con el gesto del celebrante que recibe a la comunidad, le da la bienvenida, le desea paz y le anuncia el reino de Dios. Como Jesús, también el celebrante recibe a todos. Bienvenidos son los buenos y bienvenidos son los pecadores, los enfermos, los débiles, los excluidos, quienes buscan una palabra de esperanza y de perdón; a nadie se le cierra la puerta. 

 

También Pablo, al concluir el capítulo sobre la eucaristía del que se ha sacado el pasaje de la segunda lectura de hoy, recomienda esta bienvenida a los cristianos de Corinto: “Así, hermanos míos, cuando se reúnan para la cena, espérense unos a otros” (1 Cor 11,33). En el v.12 se indica la hora en la que Jesús distribuye su pan: caía la tarde. 

 

Caía la tarde es una indicación preciosa y conmovedora al mismo tiempo. La encontramos también en el relato de los discípulos de Emaús: “Quédate con nosotros, dicen los discípulos al compañero de viaje, que se hace tarde y el día se acaba” (Lc 24,29). Este detalle nos informa sobre la hora en que, el sábado por la tarde, se celebraba la Santa Cena en las comunidades de Lucas.

 

El lugar desierto (v. 12) tiene también un significado teológico: recuerda el camino del pueblo de Israel que, habiendo dejado la tierra de la esclavitud, se ha puesto en marcha hacia la tierra prometida, siendo alimentado  con el maná durante su travesía del desierto. La comunidad que celebra la eucaristía está compuesta de caminantes que están realizando un éxodo. Han tenido el coraje de abandonar, casas, ciudades, amigos, el estilo de vida que llevaban antes y están de camino para escuchar al Maestro y ser sanados por él. Como Israel, se han adentrado en el desierto rumbo a la libertad. Otros, que también han oído la voz del Señor, han preferido quedarse donde estaban, no han querido correr riesgos. Se han privado, desafortunadamente, del alimento que Jesús da a quien le sigue.

 

Jesús ordena a los doce de dar de comer a la muchedumbre (vv. 12-14). La primera reacción de los doce es de estupor, sorpresa, sensación de haber sido llamados para una tarea inmensa, absurda, imposible. Sugieren una propuesta que contradice el gesto de bienvenida con que Jesús ha recibido a muchedumbre; los discípulos, en cambio, quieren deshacerse de la gente, enviarla a casa, alejarla, dispersarla…y que cada uno se las arregle como pueda.

 

No se dan cuenta del don que Jesús está para entregar en sus manos: el pan de la Palabra y el pan de la eucaristía. No comprenden que su bendición multiplicará al infinito este alimento que sacia todo hambre: el hambre de felicidad, de amor, de justicia, de paz, de descubrir el sentido de la vida, el ansia de un mundo nuevo.

 

Se trata de carencias tan vitales e irrefrenables que, a veces, empujan a llenarse del alimento que no sacia, que incluso puede acentuar el hambre o provocar nausea. Por eso el Maestro insiste: el mundo está esperando alimento de ustedes, denles ustedes de comer.

 

Su palabra es un pan que se multiplica milagrosamente: quien recibe el Evangelio alimentando con él la propia vida, quien asimila la persona de Cristo comiendo pan eucarístico, siente a su vez la necesidad de hacer participar a los demás del propio descubrimiento y de la propia alegría y de comenzar a distribuir, también ellos, el pan que ha saciado su hambre. Se inicia así un proceso imparable de compartir… y las doce cestas estarán siempre llenas y preparadas para recomenzar la distribución. Mientras más aumenten aquellos que se alimentan del pan de la Palabra de Dios y de la eucaristía, más se multiplica el pan distribuido a los hambrientos. 

 

El v. 14 indica un detalle curioso: Jesús no quiere que su alimento sea consumido en solitario, cada uno por cuenta propia, como se hace en un auto-servicio. Tampoco hay que favorecer los grupos demasiado grandes porque las personas no se conocen entre sí, no pueden establecer relaciones de amistad, de ayuda mutua, de hermandad. 

 

En tiempos de Lucas el número ideal de miembros de una comunidad era probablemente alrededor de cincuenta. Recordemos que en los primeros siglos, la eucaristía no se celebraba en iglesias (no se podían construir iglesias porque el cristianismo no estaba aún reconocido por el imperio romano) sino en alguna sala grande (cf. Hech 2,46) de casas particulares, por lo que el número de participantes era necesariamente limitado. Podría ser que una de las razones de la pereza, frialdad, falta de iniciativa de algunas de nuestras comunidades cristianas de hoy sea precisamente el número elevado de participantes. 

 

En el Nuevo Testamento solo Lucas usa, hasta cinco veces, el verbo griego kataklinein, “reclinarse a la mesa” (v. 15). Indica la posición de los hombres libres cuando participaban a un banquete solemne. Los israelitas se reclinaban así alrededor de los alimentos de la cena pascual. Resulta impropio emplear este verbo en una situación  como la descrita en el evangelio de hoy, es decir, referido a gente que se encuentra en el desierto, al aire libre y que habitualmente se sienta con las piernas cruzadas. Si Lucas emplea esta expresión, lo hace por un motivo teológico: para aludir a otra comida, a la de la comunidad cristiana sentada alrededor de la mesa eucarística, consumada por personas libres.

 

La fórmula con que se describe la multiplicación de los panes nos es conocida: “Tomó los panes (y los pescados) alzó la vista al cielo, los bendijo, los partió y se los fue dando… (v. 16). Son éstos también los gestos realizados por el celebrante en la celebración de la eucaristía (cf. Lc 22,19). Parece como si Lucas estuviera profanando un poco las palabras del acto sacramental, confundiendo las cosas de la tierra con las del cielo, las necesidades materiales con las del espíritu. ¿No es peligrosa para la fe esta “mezcolanza” de materia y espíritu? Peligroso es justamente lo contrario: desligar la eucaristía de la vida de los hombres, elevarla a las nubes. Son una mentira las eucaristías que no celebran también el empeño concreto de toda una comunidad para que se multiplique el pan material, de modo que todos puedan comer y que aún sobre. La comunión de bienes está representada en la eucaristía por el ofertorio. Es éste el momento en que cada miembro de la comunidad presenta su oferta generosa para que sea distribuida entre los necesitados.

 

Nos preguntamos frecuentemente: ¿qué ocurrió con los peces? Pues toda la atención parece concentrada en los panes. De hecho, también los peces son, extrañamente, “troceados” y distribuidos juntamente con el pan (v. 16). En las comunidades del tiempo de Lucas el pez se había convertido en símbolo de Cristo. Las letras que componen la palabra griega ichthys (pez) se habían convertido el en acróstico Jesús, Cristo, Hijo de Dios, Salvador. El pez es Jesús mismo convertido en alimento en la eucaristía.

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