El Domingo de las exigencias del discipulado.
Evangelio: Lucas 14,25-33
14,25: 25 El señor, seguido de una gran multitud, se volvió y dijo: 14,26—Si alguien viene a mí y no me ama más que a su padre y su madre, a su mujer y sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta su propia vida, no puede ser mi discípulo. 14,27 Quien no carga con su cruz y me sigue no puede ser mi discípulo. 14,28 Si uno de ustedes pretende construir una torre, ¿no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla? 14,29 No suceda que, habiendo echado los cimientos y no pudiendo completarla, todos los que miren se pongan a burlarse de él 14,30 diciendo: éste empezó a construir y no puede concluir. 14,31 Si un rey va a enfrentarse en batalla contra otro, ¿no se sienta primero a deliberar si podrá resistir con diez mil al que viene a atacarlo con veinte mil? 14,32 Si no puede, cuando el otro todavía está lejos, le envía una delegación a pedir la paz. 14,33 Lo mismo cualquiera de ustedes: quien no renuncie a sus bienes no puede ser mi discípulo. – Palabra del Señor
Jesús presenta tres exigencias, muy duras: “No puede ser mi discípulo” (vv. 26.27.33). Parece como si quisiera alejar en vez de atraer a aquellas personas. Este pasaje ha sido frecuentemente aplicado a la vocación monástica. En realidad, viene dirigido a todos los que vienen a él con la intención de hacerse cristianos.
Comencemos con una precisión. Jesús dice exactamente: “Si uno viene a mí”, no: “si uno quiere venir detrás de mí” (v. 26). Se trata de una diferencia sutil pero significativa, que revela la intención del evangelista. Lucas quiere dirigir las palabras de Jesús a los numerosos convertidos de sus comunidades que han experimentado la atracción del Maestro, sienten simpatía por él y por su mensaje, pero también tratan de “domesticar” el Evangelio, de hacerlo más llevadero.
Las condiciones que pone Jesús no son negociables.
La primera: “Si alguien viene a mí y no me ama más que a su padre y su madre, a su mujer y sus hijos, y hasta su propia vida, no puede ser mi discípulo” (v. 26). Cuando presenta los requisitos de la vocación cristiana, Jesús usa siempre imágenes muy fuertes. No quiere que nadie se haga ilusiones. Hace algunos domingos le hemos oído decir a quien quería seguirle: “Los zorros tienen madriguera, las aves del cielo nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde recostar su cabeza”…”Deja que los muertos entierren a sus muertos” (Lc 9,57-62). En otra ocasión ha hablado de la necesidad de sacarse el ojo y de cortarse la mano o el pie que escandaliza (cf. Mc 9,43-47). Nunca, sin embargo, había llegado a afirmar que es necesario odiar (como se traduce a veces este versículo) a los propios familiares e incluso a la propia vida. ¿Cómo es esto posible, siendo así que el cristiano debe amar incluso hasta a sus enemigos?
Hay quienes tratan de soslayar la dificultad diciendo que, en la lengua de Jesús, el verbo odiar también significa “amar menos”, “poner en segundo lugar”. Es cierto, pero quizás no sea ésta la solución justa. En primer lugar, el amor no tiene límites, por tanto, cuanto más ama una persona, mejor persona es. Dios no es celoso y considera como dirigido a él mismo todo el amor con que amamos a los demás (cf. Mt 25,40). No hay que tener miedo a exagerar. Por otra parte, reducir las palabras a mera cuestión de cantidad (“amarle un poco más o un poco menos”) quiere decir que no comprendemos a Dios.
Cuando Jesús habla de odio se refiere a los cortes netos que es necesario hacer cuando está en juego la fidelidad al Evangelio. Odiar significa tener el coraje de romper los vínculos más queridos cuando constituyen un impedimento para seguirle a él. Es la invitación dirigida a los cristianos de las comunidades de Lucas a desasociarse, a oponerse de todas las maneras posibles, a aquello que es contrario al Evangelio, aun cuando esto signifique enfrentarse a un amigo, herir la sensibilidad de algún familiar, romper compromisos. Estos comportamientos radicales, este posicionamiento íntegro, pueden ser clasificados como “odio”, sin embargo son gestos valientes de auténtico amor.
La segunda condición: “Quien no carga con la cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo” (v. 27). Esta frase viene interpretada frecuentemente como una invitación a soportar con paciencia las contrariedades, los pequeños o grandes sufrimientos de la vida. Otras veces es comprendida como una invitación a mortificarse, a hacer sacrificios.
Jesús no hace un llamamiento a la resignación, sino al compromiso de dar testimonio, incluso con la propia vida, de la propia fe. El martirio es una eventualidad con la que hay que contar, porque la propuesta de vida nueva –la de las Bienaventuranzas– es incómoda, va contracorriente, puede provocar reacciones agresivas por ser considerada peligrosa para el buen ordenamiento social o religioso, pudiendo desencadenar oposición violenta. Quizás se trate solamente de violencia verbal (insultos, injurias, difamación, desprecio), pero puede degenerar también en discriminación, marginación social o religiosa, prohibición, llegando incluso a la violencia física, a matar, como le ha sucedido a Jesús.
Esta es la cruz que debe esperar todo discípulo. Antes de introducir la tercera condición, Jesús narra dos breves parábolas. La primera habla de un hombre que, queriendo proteger su cosecha de ladrones y animales, decide construir una torre en su campo y poner un guarda. No comienza los trabajos, sin embargo, sin haber calculado antes la suma necesaria para llevar a término la obra, pues está en juego su reputación (vv. 28-30).
La segunda parábola habla de un rey que quiere emprender una guerra. También él se sienta y evalúa la fuerza de su ejército (vv. 31-32). Un dicho popular lo expresaba así: antes de ir a cazar leones, agarra tu lanza en clávala en suelo. Si no logras hacer que penetre en profundidad, renuncia a tu proyecto. ¡Los leones son demasiado fuertes para ti!
Parece como si las dos parábolas fueran más bien una invitación a renunciar a la vocación cristiana. En realidad, ambas pretender dejar clara la seriedad y el compromiso que comporta esta elección. Quien ha escuchado el Evangelio no puede hacerse la ilusión de haberse convertido ya en discípulo; no son suficientes los arrebatos y el entusiasmo inicial, es necesaria la constancia y la fuerza para perseverar.
La tercera condición: “Quien no renuncie a sus bienes no puede ser mi discípulo” (v. 33). No se trata de dar algunos centavos de limosna. Es necesario renunciar a todo. ¡No es broma! Para hacer practicable esta exigencia, se ha ideado una muy pobre solución: son solamente los Institutos de perfección (los religiosos, los monjes, las monjas) quienes –profesando los votos– se comprometen a practicar íntegramente lo que Jesús exige. Los cristianos simples, pueden seguir poseyendo y administrando sus bienes, pero tienen que resignarse a ser cristianos imperfectos. Es decir, la renuncia a los bienes no sería un precepto para todos, sino un todavía más ofrecido solamente a algunos héroes decididos a poner en práctica aun los consejos opcionales del Evangelio.
Se trata de un torpe truco. La exigencia de renuncia total a los bienes no se dirige solamente a algunos sino a toda persona que viene a Jesús. Y para que no haya dudas, Lucas ha referido más de una vez esta condición puesta por el Maestro (cf. Lc 12,33; 18,22…).
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