El Domingo de las parábolas de la Misericordia.
Evangelio: Lucas 15,1-10
Todos los recaudadores de impuestos y los pecadores se acercaban a escuchar. 15,2: Los fariseos y los doctores murmuraban: –Éste recibe a pecadores y come con ellos. 15,3: Él les contestó con la siguiente parábola: 15,4: –Si uno de ustedes tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿no deja las noventa y nueve en el campo y va a buscar la extraviada hasta encontrarla? 15,5: Al encontrarla, se la echa a los hombros contento, 15,6: se va a casa, llama a amigos y vecinos y les dice: Alégrense conmigo, porque encontré la oveja perdida. 15,7: Les digo que, de la misma manera habrá más fiesta en el cielo por un pecador que se arrepienta que por noventa y nueve justos que no necesiten arrepentirse. 15,8: Si una mujer tiene diez monedas y pierde una, ¿no enciende una lámpara, barre la casa y busca con mucho cuidado hasta encontrarla? 15,9: Al encontrarla, llama a las amigas y vecinas y les dice: Alégrense conmigo, porque encontré la moneda perdida. 15,10: Les digo que lo mismo se alegrarán los ángeles de Dios por un pecador que se arrepienta. – Palabra del Señor
En el evangelio de esta semana nos vienen propuestas las así llamadas “parábolas de la misericordia”. La tercera, la del hijo prodigo, ha sido ya comentada en el domingo cuarto de Cuaresma. Hoy nos limitaremos a comentar las dos primeras: la de la oveja descarriada y la de la moneda, dos historias aparentemente fáciles de interpretar. Parece como si Jesús las hubiera narrado para invitar a sus discípulos a salir en busca de los pecadores (los ladrones, los corrompidos, los adúlteros…), o bien para conmoverlos y provocar su deseo volver al redil.
En realidad, el motivo principal es otro y, para descubrirlo, es necesario saber quiénes eran los destinatarios de las tres parábolas. El versículo introductorio no deja lugar a dudas: “Todos los recaudadores de impuestos y los publicanos se acercaban para escuchar. Los fariseos y los doctores murmuraban: Éste recibe a pecadores y come con ellos. Él les contestó con la siguiente parábola…” (vv. 1-3).
Los destinatarios, pues, no son discípulos, no son pecadores, sino los fariseos y los doctores de la ley. Los rabinos recomendaban: “No se asocie el hombre con los impíos, ni siquiera para convencerles a seguir la Ley de Dios”. Estaba por tanto prohibido aceptar una invitación para comer en casa de publicanos y pecadores. Pero Jesús “se comportaba” todavía peor: no solo aceptaba las invitaciones de esta gente poco recomendable, sino que los recibía en su propia casa (“recibe a pecadores”).
Los escribas y fariseos no hubieran tenido nada que decir si Jesús hubiera invitado a pecadores que, después de prolongados ayunos, oraciones y penitencias, se hubieran arrepentido y enmendado. También ellos, los fariseos y escribas recorrían mar y tierra para conseguir un prosélito (cf. Mt 23,15). Lo que no comprendían era aquel comportamiento suyo de amigo de pecadores que seguían comportándose como tales (vv. 1-2). Lo acusaban de organizar fiestas para ellos. A un cierto punto, piden a Jesús una explicación.
Según la opinión de fariseos y escribas, cada banquete reflejaba y, en cierto modo anticipaba, la gran cena que sería preparada con ocasión de la venida el reino de Dios, donde no habría puestos para malvados e impíos, sino solamente para los justos. ¿Sabía esto Jesús?, ¿Fingía ignorarlo? ¿Quería desafiar la tradición de los rabinos?
Las tres parábolas son la respuesta, la autodefensa de Jesús. No las cuenta para convencer a los pecadores sino para ayudar a los justos a revisar sus ideas. En cada una de las tres parábolas se habla de “alegría” (de la que no todos participan), y de una casa celebrando una “fiesta” (a la que no todos están dispuestos a entrar). ¿Quiénes son los que están dentro y los que se quedan fuera?
Los pecadores son las “monedas” y “las ovejas perdidas” y, sin embargo –y esta es la sorpresa– ahora se encuentran todos alrededor de Jesús (subrayamos este todos que aparece en el primer versículo. Viven en casa con él, están haciendo fiesta, participan al banquete del reino. Los “justos”, por el contrario, están fuera y corren el riesgo de seguir fuera si no cambian de manera de pensar, si no se dan cuenta de lo que está sucediendo, si no entienden la novedad que Dios está revelando. Es desde esta óptica desde la que hay que leer las parábolas.
La oveja descarriada (vv. 4-7).
Desde sus orígenes Israel ha sido un pueblo de pastores; no sorprende, por tanto, que en la Biblia se hable con mucha frecuencia de corderos, ovejas, cabras (más de quinientas veces) y que muchos textos bíblicos empleen el lenguaje pastoril para describir la bondad, la ternura, las atenciones de Dios para con su pueblo. Baste recordar el célebre Salmo: “El Señor es mi pastor, nada me falta” (Sal 23,1), o la escena conmovedora del regreso de los exiliados de Babilonia: “Como un pastor que apacienta el rebaño, su brazo lo reúne, toma en brazos los corderos y hace recostar a las madres” (Is 40,11).
También Jesús recurre frecuentemente a estas imágenes. Viendo al gran gentío que lo seguía –dice Marcos– “se compadeció porque eran como ovejas sin pastor” (Mc 6,34). En el evangelio de hoy, retoma la misma imagen y narra una parábola que contiene bastantes detalles extraños; por ejemplo: el comportamiento del pastor es poco realista, abandona en el desierto a noventa y nueve ovejas y corre de casa en casa, llama a amigos y vecinos, organiza una fiesta por un incidente más bien banal. A continuación, hay una evidente desproporción entre la parte del relato que se refiere al hallazgo de la oveja y la parte dedicada a la fiesta que ocupa casi la mitad de la parábola.
Estos detalle extraños son los que nos orientan hacia el verdadero significado de la parábola. Los rabinos enseñaban: “El Señor se alegra por la resurrección de los justos y goza por la ruina de los impíos”. Jesús da un vuelco a esta catequesis oficial y anuncia cuáles son los verdaderos sentimientos de Dios. Él –dice– se alegra no por la destrucción, sino por la resurrección de los impíos: “Habrá más fiesta en el cielo por un pecador que se arrepienta que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentirse” (v. 7). “El Padre del cielo no quiere que se pierda ni uno solo de estos pequeños” (Mt 18,14) y organiza una fiesta para gente que no se la merecen.
La doctrina de la justa retribución era un punto no negociable de la teología rabínica. Jesús la rechaza abiertamente, mostrando que la ternura y la bondad de Dios se dirigen no a quienes se lo merecen sino a quienes lo necesitan. Los fariseos se sorprenden de que Jesús no haga referencia a ningún castigo, a ninguna reprensión (algunos pastores rompían la pata de la oveja que tenía la costumbre de alejarse del rebaño), y de que no se presuponga ningún gesto de buena voluntad y de arrepentimiento por parte del pecador.
La recuperación de la oveja perdida es todo ello obra de Dios, quien solamente quiere el bien del que ha errado. No debe ser esto una invitación a hacernos pecadores para ser más queridos por Dios, sino a reconocernos como tales ante Él. Los “justos”, además de poner orden en sus propias vidas (porque todos somos pecadores y es difícil, a veces, definir quién lo es más y quién lo es menos), deben corregir, sobre todo, la idea que tienen de Dios. Las críticas que escribas y fariseos lanzan contra Jesús, las normas de separación que imponen, son fruto de la imagen falsa de Dios enraizada en sus mentes. Una imagen peligrosa porque impide participar en la fiesta. Las noventa y nueve ovejas permanecen en el desierto y solo la descarriada llega a casa porque se ha dejado llevar por el pastor. Es una peligrosa imagen, sobre todo, porque está al origen del fanatismo, de la intolerancia, del rigorismo y del alejamiento de Dios. Para ayudar al pecador a “dejarse encontrar” es necesario decirle –como hace Jesús– la verdad sobre Dios.
Hacerle comprender que Dios no es un juez a quien hay que temer, sino un amigo que ama siempre sin condiciones, cuya mayor alegría es poder abrazar, ver feliz y libre a quien se ha precipitado en un abismo de muerte.
La moneda perdida (vv. 8-10).
Los rabinos solían repetir dos veces sus enseñanzas más importantes para que se imprimieran mejor en la mente de sus discípulos. Es ésta la razón por la que Jesús narra la segunda parábola que contiene un mensaje casi idéntico a la precedente. Encontramos en ella las mismas incongruencias: la explosión de alegría descontrolada de la mujer que encuentra la moneda y la fiesta que organiza a la que invita a amigas y vecinas.
Hay, sin embargo, un elemento nuevo con respecto a la parábola de la oveja perdida: la descripción minuciosa y viva de la preocupación de la mujer, de su esfuerzo, de su paciencia y perseverancia en la búsqueda de la pequeña moneda: “Enciende una lámpara, barre la casa y busca con mucho cuidado hasta encontrarla” (v. 8). Es la imagen de Dios que no se resigna a perder ni una sola de sus criaturas (el número diez es símbolo de la entera humanidad) y que no se sienta a la mesa del banquete eterno hasta que el último de sus hijos no haya regresado a casa.
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