El Domingo de la oración en espera y esperanza.
Evangelio: Lucas 18,1-8
En aquel tiempo, para inculcarles que hace falta orar siempre sin cansarse, Jesús les contó una parábola: 18,2: –Había en una ciudad un juez que ni temía a Dios ni respetaba a los hombres. 18,3: Había en la misma ciudad una viuda que acudía a él para decirle: Hazme justicia contra mi rival. 18,4: Por un tiempo se negó, pero más tarde se dijo: Aunque no temo a Dios ni respeto a los hombres, 18,5: como esta viuda me está fastidiando, le haré justicia, así no seguirá molestándome. 18,6: El Señor añadió: –Fíjense en lo que dice el juez injusto; 18,7: y Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos si claman a él día y noche? ¿Los hará esperar? 18,8: Les digo que inmediatamente les hará justicia. Sólo que, cuando llegue el Hijo del Hombre, ¿encontrará esa fe en la tierra? –Palabra del Señor
¿Qué sentido tiene la oración? Ante esta pregunta Jesús responde hoy con una parábola (vv. 1-5) y con una aplicación para la vida de la comunidad (vv. 6-8). La parábola comienza con la presentación de los personajes.
El primero es un juez cuyo deber es el proteger a los débiles y a los indefensos, pero en vez es un insensato, uno que no tiene sentimientos de piedad (v. 2). Él mismo, en su soliloquio, reconoce que la mala fama que se ha hecho está del todo justificada: “Aunque no temo a Dios, ni respeto a los hombres” (v. 40). La descripción que Jesús hace de este hombre es muy realista. Quizás se refiera a un caso de injusticia descarada de la cual ha oído hablar o ha sido testigo.
El segundo personaje es la viuda. En la literatura del antiguo Medio Oriente y en la Biblia es el símbolo de la persona indefensa, expuesta a abusos, víctima de supercherías, que no puede acudir a nadie sino solamente al Señor. El libro del Eclesiástico se conmueve frente a esta condición y amenaza al que abusa de ella: “Dios es justo y trata a todos por igual; no favorece a nadie contra el pobre, escucha las suplicas del oprimido; no desoye los gritos del huérfano o de la viuda cuando repite su queja; mientras recorre las lágrimas por las mejillas y el gemido se añade a las lágrimas, sus penas consiguen su favor y su grito alcanza las nubes” (Eclo 35,15-21).
La parábola pone en escena a una viuda que ha sufrido una injusticia. Quizás ha sido engañada en un asunto de herencia o fue víctima de una trampa, quizás alguien se ha aprovechado de su trabajo; lo cierto es que ha sufrido un agravio y reivindica sus derechos, pero nadie le hace caso. No tiene dinero para pagar a un abogado, no conoce a nadie que se pueda ocupar de su causa, ninguno que la pueda recomendar. Tiene en mano una sola carta y es la que juega: importuna al juez continuamente, con obstinación, a fuer de parecer indiscreta (v. 3).
Luego de haber presentado a los dos personajes, la parábola continúa con el soliloquio del magistrado el cual decide un día darle solución al caso. No porque se haya convertido de su comportamiento incorrecto, sino porque está exhausto y fastidiado por la insistencia de la mujer. Dice: este viuda es muy molesta, me inoportuna, se ha vuelto insoportable (vv. 4-5).
La parábola concluye aquí. Los siguientes versículos (vv. 6-8) contienen una actualización. Los comentaremos más adelante. Primero tratemos de encontrar el sentido del mensaje de la parábola.
¿A quién representa el juez malvado? La respuesta parece evidente, y aun un poco embarazosa: a Dios. Pero no es así. Este personaje es, en realidad, secundario, y es introducido solamente para crear la situación insostenible en la cual está envuelta la viuda. Es sobre esta situación que Jesús quiere llama la atención. Esta es la condición en que los discípulos se van a encontrar en este mundo, que ya está siendo dominado por el maligno y profundamente marcado por la muerte.
En el tiempo de Jesús la injusticia se concretizaba en los sistemas opresivos políticos, sociales y religiosos. Hoy está representado por el abuso, la estafa y daño a los más pobres y por aquellos acontecimientos inexplicables, absurdos que perturban y que son contrarios a nuestro anhelo de vida.
¿Qué hacer en estas circunstancias?
Este es el mensaje de la parábola: orar. Dice el evangelista que Jesús contó esta parábola para inculcar la convicción de que es necesario rezar siempre, sin cansarse (v. 1).
La oración es el gran medio para no perder la cabeza aun en los momentos más difíciles y dramáticos, cuando todo parece conjugarse contra nuestro y contra el reino de Dios.
¿Cómo se hace para rezar siempre? La oración no se identifica con la repetición monótona de fórmulas que enerva al que la recita, al que la escucha y—me imagino—también a Dios que ciertamente se aburre al escucharlas si no son expresión de un auténtico sentimiento del corazón (cf. Am 5,23). Jesús pidió a sus discípulos que no hagan como los paganos que piensan que por mucho hablar serán escuchados (Mt 6,7).
La verdadera oración, esa que no debe ser interrumpida, consiste en mantenerse en constante diálogo con el Señor. Un diálogo con él hace valorar la realidad, los acontecimientos, los hombres con su criterio de juicio. Valoramos con ellos nuestros pensamientos, nuestros sentimientos, nuestras reacciones, y nuestros proyectos.
Orar siempre significa no tomar ninguna decisión sin haberlo antes consultado con él. Si rompemos, aunque sea por un instante, esta relación con Dios, si—para utilizar la imagen de la primera lectura—dejamos caer los brazos, inmediatamente los enemigos de la vida y de la libertad tomarán la delantera. Enemigos que se llaman pasión, impulsos incontrolados, reacciones instintivas. Se crean las premisas para decisiones absurdas.
La oración es la que permite, por ejemplo, controlar la impaciencia de querer instaurar el reino de Dios a toda costa y recurriendo a cualquier medio. Y es la plegaria la que nos impide forzar la conciencia y nos enseña a respetar la libertad de todas las personas.
La conclusión del fragmento (vv. 6-8) es un poco enigmática. La última frase: “Solo que, cuando llegue el Hijo del Hombre, ¿encontrará esa fe en la tierra?” parece insinuar una duda sobre el final de la obra de Cristo. Para comprenderla es necesario verificar quién está hablando y quienes son los destinatarios del mensaje; luego se debe también aportar una corrección a la traducción.
El que toma la palabra es el Señor que en el Evangelio de Lucas indica el Resucitado. Se refiere a los elegidos que son los cristianos perseguidos en la comunidad de Lucas. Se trata de dar una respuesta al interrogante angustiante de ellos.
Estamos en los años 80 y en Asia Menor ha comenzado una persecución solapada y más que violenta. Domiciano pretende que todos le adoren como a un Dios. La institución religiosa pagana, servil y aduladora, enseguida se adecuó a seguir las excentricidades y manías del soberano. Los cristianos no. No pueden—como dice el libro del Apocalipsis (Ap 13)—inclinarse delante de la “bestia” (el divo Domiciano) y por eso sufren acoso y discriminación.
Ahora resulta claro quién es la viuda de la parábola: es la iglesia de Lucas, la iglesia que está privada de su Esposo, es la comunidad que espera su venida, aunque no conoce el día ni la hora de su retorno y que todos los días, con insistencia, implora: “Ven, Señor Jesús” (Ap 22,20).
A esta invocación el Señor da una respuesta consoladora, con una pregunta retórica (Y Dios ¿no hará justicia a sus elegidos si claman a él día y noche?), seguida de una afirmación perentoria (¡Les digo que inmediatamente les hará justicia! Aunque tengan que esperar mucho). Habrán notado que al final desaparece el interrogante. Esto modifica la traducción y hace más coherente el sentido del texto.
La tentación mayor de los cristianos es el descorazonamiento y la desconfianza frente a la larga espera del Esposo que tardará en manifestarse, que cambiará la injusticia.
La última frase: “Cuando llegue el Hijo del Hombre, ¿encontrará esa fe en la tierra?”, no se refiere al fin del mundo, sino a la venida salvadora de Cristo en este mundo.
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